3 de agosto de 2013

TAUROMAQUIA ZOMBI

TAUROMAQUIA ZOMBI
José Vicente Ortuño

El torero-zombi salió de su tumba vestido de luces y enrollado en un capote, tal como lo habían enterrado sus devotos seguidores. En su menguado intelecto, un poco superior al que había disfrutado en vida, sólo giraba una idea: regresar a la plaza y hacer la mejor faena de su vida.
Aunque las calles eran un campo de batalla, llenas de cadáveres destrozados y coches en llamas, nadie lo detuvo. Entró a la plaza de toros. Las gradas, como se decía en el argot taurino, estaban llenas de zombis hasta la bandera. En el albero un toro intentaba cornear a los que se escondían tras los burladeros. A los que conseguía cornear los destripaba y pisoteaba sus restos, hasta convertirlos en pulpa que se fundía con la arena amarilla.
El torero-zombi desplegó el capote, dispuesto a lucirse y matar al toro de una certera estocada. Entonces el público lo ovacionaría y le concederían las dos orejas y el rabo, tras lo cual lo sacarían a hombros por la puerta grande.
El toro-zombi observó al torero y lo reconoció, era aquel humano que lo había torturado clavándole en el lomo repetidas veces unos objetos cortantes, que había provocado muchísimo dolor. Luego él había empitonado al humano y le había sacado las tripas. Había disfrutado devolviéndole el dolor que le había inflingido. Luego otro humano vestido de verde lo había matado a él con un objeto que sonaba como un trueno. Sin embargo, ahora estaba vivo, ambos estaban vivos de nuevo, y la escena parecía que iba a repetirse otra vez.
La figura renqueante desplegó el capote y citó al toro:
—¡Eh, toro! ¡Eh!
El toro-zombi sintió el impulso irrefrenable de embestir contra aquel trapo de color rojo, pero los recuerdos de la agónica tortura que había sufrido le hicieron contenerse un instante.
—¡Eh, toro! ¡Eh! —repetía el torero haciendo oscilar el capote, que lo tentaba con sus movimientos hipnóticos
El toro-zombi embistió. Sin embargo, cuando el torero se hizo a un lado para engañarlo, no siguió la tela roja, sino que continuó derecho hacia el torero, embistió con todas sus fuerzas y le clavó un cuerno por debajo de la barbilla. El pitón le atravesó el cráneo y la montera, pero era tal la fuerza de la embestida que le arrancó la cabeza.
Los miles de zombis que llenaban las gradas aullaron y aplaudieron enardecidos, mientras el toro-zombi daba la vuelta al ruedo luciendo su trofeo ensartado en el asta.

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