29 de junio de 2013

REGRESO A CASA

REGRESO A CASA
José Vicente Ortuño

Guiado por un instinto ciego y un hambre atroz, excavó con furia la tierra húmeda y salió de su tumba. Se puso en pie tambaleándose sobre sus piernas descarnadas, a duras penas cubierto con un traje que odió en vida, su traje de boda, con el que lo habían amortajado y que, ahora, tras haber atravesado excavando dos metros de tierra, le colgaba hecho jirones. No le importó que cayesen finos copos de nieve, que se iban depositando sobre su lápida.
La mente de un muerto viviente no destaca por su lucidez ni rapidez de respuesta. Por eso, cuando miró la losa sepulcral, le costó un tiempo comprender el significado de las sencillas palabras que allí había grabadas: “Tanta paz lleves, como descanso dejas”. Una avalancha de recuerdos, espesos y brumosos, acudieron a su mente. Sin embargo, fueron suficientes para hacerle sonreír, aunque la mueca que apareció en su rostro putrefacto distaba mucho de parecer una sonrisa.
“Sí, María, fui un maldito cabrón que te maltrató de palabra y obra” —reconoció, aunque sus cuerdas podridas vocales fueron incapaces de emitir sonido alguno—. “En varias ocasiones pude haberte matado y no lo hice. Es hora de terminar lo que comencé.”
Salió del cementerio renqueando, junto con cientos de cadáveres que, como él, habían vuelto a la vida y buscaban saciar ese hambre que los corroía por dentro y los guiaba hacia la carne palpitante.
Las calles estaban repletas de muertos que deambulaban arrastrando los pies en busca de personas vivas. A veces tenían suerte y encontraban a alguno que se atrevían a salir de su escondrijo en busca de comida, aunque solían ir armados de cualquier cosa que sirviese para cortar o aplastar las cabezas y vendían caras sus vidas.
El hambre le obligó a sumarse al desmembramiento de un pobre imprudente, que no había cerrado bien la puerta de su escondite. La carne palpitante se deslizó por su reseca tráquea, pero el hambre atroz quedó insatisfecha a pesar de engullir una buena porción. Cuando no quedó nada que comer, algunos cadáveres ambulantes se marcharon, otros se quedaron quietos, con la mirada perdida, a la espera de que algo vivo se pusiese a su alcance.
Llegó a su antiguo hogar, si tal nombre se puede dar a un sitio donde la violencia y el sufrimiento eran cotidianos hasta que él falleció de un infarto. Recordó que su esposa lo vio morir y no hizo nada, ni siquiera llamó a urgencias. “¡Puta desagradecida!”, rugió.
La puerta estaba abierta. “¡Zorra inútil!”, farfulló. Durante unos instantes se sintió desorientado. La casa había cambiado. Las paredes estaban recién pintadas, había muebles nuevos. “¡La furcia ingrata no me ha guardado luto!”, gruñó. Entró en el salón. Su viuda leía sentada en un sillón. Esperaba que ella se pusiese a gritar aterrorizada al verlo entrar de nuevo. Sin embargo, simplemente levantó la vista del libro.
—Te estaba esperando, hijo de puta. Has tardado más de lo que esperaba, se ve que ahora eres más idiota que cuando estabas vivo, si ello es posible —dijo con un tono de voz tan frío, que hubiese helado la sangre de alguien que no fuese un zombi, y añadió con ironía—. Ya ves, pensaba que al fin estaba viuda y ahora tengo que pedir el divorcio.
El hambre le cegaba el corto entendimiento que puede tener un cerebro podrido. En el fondo de su mente ardió el deseo de golpear a aquella mujer hasta hacerla sangrar, como tantas veces lo había hecho, sin embargo, el hambre le imprimía un único pensamiento: ¡Morder, desgarrar, devorar!
Avanzó hacia su viuda. Ésta, sin inmutarse dijo:
—Te presento a mi abogado —levantó la mano, que hasta entonces había mantenido escondida, en ella sostenía un revolver.
Lo último que vio el zombi fue el dedo que se tensaba en el gatillo y el tambor del revolver que giraba…

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