29 de marzo de 2013

VISITANTES DE DORMITORIO

VISITANTES DE DORMITORIO
José Vicente Ortuño

1

Abrió los ojos y allí, a los pies de la cama, una figura oscura con rostro inexpresivo y mirada tétrica, lo observaba inmóvil. Los ojos brillaban fríos en la penumbra.
Sintió pavor, pero su mente se hallaba en equilibrio entre la vigilia y el sueño, y se hundió en el abismo de las pesadillas, sabiendo que aquella figura misteriosa seguiría allí, acechándolo, mientras él estuviese dormido e indefenso.

2

Abrió de nuevo los ojos. Se sobresaltó al comprobar que aquella figura todavía se erguía frente a él, inmóvil, tal vez esperando a que despertase… o a que se volviese a dormir. Intentó moverse, pero no pudo. Pensó que soñaba, sin embargo, el aire que entraba por la ventana y el tacto de las sábanas le parecieron muy reales, y aquel ser no podía serlo; ¿o sí? Horrorizado se sumió de nuevo en el sueño repetitivo y agobiante que lo tenía atrapado aquella noche.

3

Abrió los ojos por tercera vez. El primer resplandor grisáceo del amanecer iluminaba el dormitorio, pero la terrorífica figura continuaba plantada a los pies de su cama, sumida en un halo de oscuridad. Entonces la figura se movió.

4

Abrió los ojos. A los pies de la cama había una mujer, tan pálida que parecía brillar en la oscuridad y vestida con una túnica vaporosa. Ella sonrió. La sonrisa lo aterrorizó. Quiso levantarse, pero no pudo.
La túnica de la misteriosa dama cayó sin que ella hiciese ningún movimiento. A pesar del miedo, él se excitó. Ella se le aproximó flotando sobre la cama. La noche era muy cálida, pero aquella mujer parecía emanar frío.
Ella le acarició alrededor del sexo erecto y él se estremeció. Se sentó a horcajadas sobre él. La penetración no fue cálida y suave, sino muy fría; gélida. Luego lo cabalgó con ferocidad, hasta que él eyaculó de forma salvaje. Cuando recuperó el aliento la mujer ya no estaba, pero él todavía tiritaba de frío cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana.

5

Abrió los ojos. Alrededor de su cama había varias figuras humanoides de color gris. Estaba harto de visitas nocturnas. Primero un fantasmón siniestro y luego un súcubo extremadamente libidinoso. Ahora les tocaba el turno a los alienígenas cabezones de color gris. ¡Era otra maldita pesadilla! Cerró los ojos.
Abrió los ojos de nuevo. No se encontraba en su cama ni en su dormitorio, sino en un quirófano que parecía diseñado por Calatrava. Al menos una docena de alienígenas manipulaban extraños artefactos de aspecto inquietante. No se dejó impresionar, pues estaba convencido de que era un sueño. Un hombrecillo le colocó un instrumento sobre la frente y se durmió.
Abrió los ojos. Había amanecido. Al levantarse notó una molestia en la nuca. Se miró utilizando dos espejos. Tenía una pequeña cicatriz. ¿Le habrían insertado un implante los alienígenas o era un grano?

6

Abrió los ojos. Una mujer vestida de sevillana con las manos en jarras lo miraba desde los pies de la cama.
—¿Quién eres tú? —preguntó irritado.
—¡Soy Lola Flores!
—¿Qué?
—¡Lola Flores! ¡Lola de España! ¡La Faraona, caramba!
—No si... quiero decir…
—¡¿Y cómo me las maravillaría yo?! —cantó la folclórica haciendo molinetes con los brazos, tocando las castañuelas y dando taconazos.
—Perdone doña Lola…
—¡No me interrumpas, chiquillo!
—Perdón, ¿qué hace usted en mi dormitorio a estas horas?
—Pregúntale a mi representante, él busca los bolos y yo actúo, ¿vale?
—¡Si usted lleva muerta muchos años!
—Quillo, la vida en el más p’allá está muy achuchá y hay que currar, que luego Hacienda… —la cantaora retomó su actuación—. ¡¡Achilipú, apú, apú!!
No cerró los ojos, sino que disfrutó del espectáculo, más que nada por respeto al fantasma de La Faraona.

7

Abrió los ojos. Un enano con una txapela tan grande como la tapa de una alcantarilla, lo observaba sentado a los pies de la cama.
—¿Y tú quién eres? —preguntó incorporándose.
—¿No se me nota, pues? —dijo el enano con acento de Bilbao.
—Déjame adivinar… ¡el fantoche que me va a incordiar esta noche!
—¡Adivinaste, pues! Me llamo Patxi.
—Nunca he oído hablar de ti, ¿eres un fantasma, un íncubo, un E.T…? —suspiró—. ¡No iras a hacerme un número folclórico!
—No… Es que… —dudó el enano—, soy nuevo visitando dormitorios y no traigo nada preparado.
—Entonces te largas y me dejas dormir, ¿vale?
—No puedo, me despedirían, pero tengo una idea…
Despertó con una horrible resaca. El enano no podía levantar piedras o cortar troncos, y como dantzari era un verdadero desastre, pero se conocía todas las tascas de Bilbao.

8

No abrió los ojos. Se negó a hacerlo porque estaba muy cansado. Había pasado las últimas noches en vela, pero esta vez no pensaba caer en la trampa de ningún fantasma, aparecido o espíritu estrafalario. Estaba dispuesto a resistir con los ojos cerrados hasta el amanecer o hasta que el fantoche de turno esa noche se cansase. Tenía que ser fuerte, al fin y al cabo ya se estaba acostumbrando esas visitas indeseadas en su dormitorio. Pero, ¿y si fuera alguien peligroso de veras? El fantasma de Jack el Destripador o el del Sacamantecas. Escuchó con atención, mientras contenía la respiración. Pudo sentir que había alguien junto a su cama. Aterrorizado abrió los ojos.
—¡Ay vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzooooo! —cantó el fantasma de El Fari a voz en grito.

9

No abrió los ojos. Esta vez se dijo que aguantaría hasta el amanecer, oyese lo que oyese, sintiese lo que sintiese. Algo frío le rozó la cara. Abrió lo ojos.
Junto a su cama había un individuo pálido, vestido con una túnica de seda.
—¡¿Eh, quién eres tú?! —graznó intentando incorporarse, pero volvía a estar paralizado.
—Soy un íncubo, ¿no se me nota? —dijo el extraño en tono ofendido, acariciándole la mejilla con una uña larga y afilada.
—¡Pe… pero los íncubos sólo visitan a las mujeres!
—¡Oh, qué enterado estás! —dijo el demonio.
—¡Entonces vete y déjame dormir!
—Pero estarás… tan solo… hum.
—Pu… pues entonces que venga tu compañera… la tía pálida de la otra noche.
—¿No serás homófobo, verdad? —dijo el diablo lamiéndose los labios con su lengua bífida—. Relájate, que esta noche vas a disfrutar nuevas sensaciones...

10

Abrió los ojos. El psiquiatra lo miraba desde su sillón.
—Doctor, desde hace algún tiempo me visitan por la noche personajes extraños, ¿puede ayudarme?
—¿Qué cree que son esas visiones? —dijo el psiquiatra con voz profunda.
—¡No son visiones, son reales!
—¿Cree que forman parte de la casuística de los visitantes de dormitorio?
—¡Qué sé yo! El caso es que esos fantasmones no me dejan dormir.
—¿Le ha visitado algún político?
—No, todavía no.
—¿Y algún eminente psiquiatra?
—Hasta esta noche no.
—Bien, en ese caso no le cobraré por ser la primera visita —dijo el doctor Jiménez del Oso—. Ahora puede volver a dormirse.
—¡Por favor, dígame cómo puedo acabar con esta maldición!
—Debe encontrar la fuente y origen de las visitas —respondió el doctor y desapareció.
Buscar la fuente y el origen... pensó mientras cerraba los ojos y se dormía.

11

Abrí los ojos. A los pies de mi cama había un tipo con el ceño fruncido.
—¿Quién coño eres? —le pregunté levantándome dispuesto a partirle la cara.
—¿No me reconoces? ¡Joder, qué morro tienes!
—Dime quien eres antes de que te parta la cara —dije con frialdad.
—O sea, yo tengo que aguantar que cada noche me envíes un personaje estrafalario a incordiarme, y a ti te molesta que venga en persona.
—¡Ah, cojones! —dije yo en un alarde de locuacidad nocturna—. Eres mi personaje, el de los “Visitantes de dormitorio”.
—¡Premio para el caballero! —exclamó irónico.
—¿Y qué quieres?
—Que te olvides de mi para siempre.
—De acuerdo —dije.
Lo olvidé y desapareció en la nada. Una lástima, porque le estaba tomando aprecio y pensaba darle un nombre en el siguiente relato.

12

Abrí los ojos. Junto a mi cama había un sindicalista.
—Represento al Sindicato de Personajes Literarios —dijo sin más.
—¿Eso le da derecho a entrar en mi dormitorio? —le increpé.
—Según el Convenio de Personajes Literarios, artículo…
—¡Vale, vale…! —interrumpí—. ¿Qué quiere?
—Ha trasgredido los derechos de un personaje, utilizándolo sin contrato previo y olvidándolo después.
—¡Pero si fui su creador!
—¡Los escritores se creen con derecho a todo!, pues no va a salirse con la suya, le va a caer una demanda que se va a cagar.
—Pero si yo no sabía…
—¡No se puede alegar ignorancia de las leyes!
—Lo lamento, ¿puedo remediarlo?
—Si firma este contrato…
Me tendió unos papeles, que leí a conciencia, firmé y devolví, quedándome una copia. Luego el sindicalista desapareció.
—Se va a enterar ese personajillo de mierda —mascullé volviendo a la cama.

13

Abrió los ojos. En su dormitorio no había nadie. Estaba solo.
—¡Oye autor! —gritó a la oscuridad.
—¿Y ahora qué quieres? —dijo una voz profunda.
—¿Esta noche no viene nadie?
—¿Para que luego me venga amenazando el sindicalista, eh?
—¡Pero has firmado un contrato!
—Que dice que saldrás en mis historias y tendrás un nombre.
—¿Y cómo me llamo?
—Nepomuceno.
—¡Es el nombre más feo que he oído nunca!
—¡Ah, se siente! —dijo el autor con retintín—. El contrato no estipula ese punto, por lo tanto te puedo llamar como quiera.
—¡No es justo!
—Sí, la vida es muy triste —la voz soltó una carcajada.
—Bueno, vale —dijo Nepomuceno resignado—. ¿Qué hago en esta historia?
—He sido muy duro contigo, así que hasta “Visitantes de dormitorio 500” dormirás a pierna suelta.
—¡Noooooo…! —gritó el personaje, pero poco después roncaba plácidamente.

¿FIN?

No hay comentarios: