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29 de noviembre de 2012

YA SE ARMÓ EL BELÉN

YA SE ARMÓ EL BELÉN
José Vicente Ortuño


¡NO A LOS RECORTES!Soy poco creyente, bueno, en realidad ateo convencido y recalcitrante, pero corren tiempos nefastos que deprimen y desesperan a la mayor parte de la gente, sobre todo a los que sufrimos la crisis en nuestras propias carnes. En las navidades de este funesto año 2012, gracias a los recortes del gobierno, mi familia, como otras miles, no podrá disfrutar de comidas y cenas extraordinarias, y de regalos sorpresa esperados durante todo el año, además, nos resultará imposible tapar esos agujeros que aparecen en la economía doméstica y que se venían cubriendo con la hoy difunta paga extra de navidad. Por todo ello pensé hacer algo para animar a mis seres queridos: decidí montar el Belén.

Como ya he dicho, no soy seguidor de ninguna religión o secta, pero la costumbre de montar el Belén me parece bonita o, como dicen en los telediarios, entrañable. Recuerdo con agrado como de niño esperaba ilusionado el momento en que mi madre sacaba la caja con las figuritas y me dejaba colocar todo ese micro mundo que representa el Belén. Era como representar un cuento, que, día a día, yo modificaba cambiando de sitio los pastores o los Magos que, montados en sus camellos, se acercaban al Portal. Más tarde, mientras mi hijo fue un niño, yo daba la caja de las figuritas. Él disfrutaba tanto como yo lo había hecho escenificando el cuento de la Navidad.

Tras hacer equilibrios sobre una silla, conseguí rescatar de un altillo la vieja caja de cartón con las figuras. Después despejé un rincón en suelo del salón para colocar el Belén.

Contraviniendo lo dicho por el Papa Benito 16, coloqué a María, José y el pequeño Jesús en un establo, junto con el burro y la vaca (o quizás fueran una burra y un buey, pero como están sentados, jamás pude hacer averiguaciones respecto a su sexo). Con papel de aluminio hice un río, sobre el que puse el puente, que pasaba frente al palacio de Herodes. Delante de éste una formación de soldados romanos que hacía su ronda. Más allá el molino, un pozo, una granja con pollos y cerdos, y una montaña con casitas, que parece una urbanización de la Costa Blanca. Frente al establo unos pastores, que llevaban regalos o quizás pedían el aguinaldo. Sobre el portal un ángel en actitud solemne y en el cielo una Estrella (fuese súper nova, cometa o nave extraterrestre, queda elegante). En el extremo, más allá del catalán cagando, se aproximaban los Magos de Oriente, acompañados de sus respectivos pajes. Para terminar distribuí animales y algunos pastores por los espacios libres, y di por terminada mi obra.

Mi familia acudió a mi llamada para contemplar el Belén, que con tanta ilusión había montado, pero fue acogido con frialdad y desinterés. Lo comprendo, cuando los problemas nos agobian es difícil animarse. Las malditas figuritas no iban a pagar el crédito que debía al banco, ni me iba a descongelar el sueldo, ni a devolver la paga extra, que tanta falta nos hacía. Es cierto que había quien lo estaba pasando peor. Lo sabía y sentía terror al verme avanzar de forma inexorable hacia el mismo precipicio. La angustia y la congoja me ahogaban, así que me tomé una pastilla para dormir y me fui a la cama. Esperaba al menos no tener pesadillas con los recortes del gobierno.

Pero no tuve tanta suerte. Soñé que el presidente Mariano Merkel (un espantoso engendro de pesadilla, con cabeza de Rajoi cuerpo de Merkel y con un bolso enorme incluido) decía que los españoles debíamos dar más todavía y se sacaba de la manga un decretazo más, según el cual cada español debía donar tres libros de sangre al mes. Yo gritaba que ya no podía más. Que me habían quitado el sueldo, el trabajo, la casa; había aprendido a no comer y a no respirar; me negaba a darles mi sangre a los banqueros. Entonces una horda de policías zombis me perseguían para majarme a palos y devorarme.

Me desperté sudando, mareado, con taquicardia, temblores, bajada de azúcar y exceso de colesterol. Me levanté y con cuidado de no despertar a mi esposa, fui a beber agua, pero escuché ruido en el salón y me dirigí hacia allí. Encendí la luz y…

Casi pierdo el conocimiento del susto. Las figuritas del Belén estaban esparcidas por todas partes. Cuando digo esparcidas no quiero decir que se hubiesen caído, sino que corrían de un lado al otro gritando. Algunos se peleaban entre si. Otros desfilaban con pancartas.

Mareado, me apoyé en el marco de la puerta. Las piernas apenas me sostenían. Pensé que estaba soñando, que no me había despertado, sino cambiado de pesadilla. Sin embargo, la dureza y frialdad de la madera en la que me apoyaba, me parecieron lo bastante reales como para convencerme de que no dormía, lo cual tampoco podía ser cierto, porque los personajes del Belén seguían correteando y dando gritos por todo el salón, cosa que no me pareció demasiado lógica, salvo que estuviese soñando.

A pesar de mi estupefacción decidí averiguar qué sucedía. Me senté en mi sillón favorito (tan perjudicado y venido a menos como su propietario) y observé:

El Establo estaba siendo precintado por unos agentes judiciales. María, con el niño en brazos, lloraba desconsolada. José discutía con un soldado romano, que le empujaba con la lanza. Mientras tanto, un grupo de personas portaban pancartas en las que se decía: “Stop a los desahucios” y "Desahucian al obrero, indultan al banquero". El ángel ya no estaba sobre el Portal, sino sobre la Estrella, junto a los pajes de los Magos de Oriente, todos ellos vestidos con túnicas negras en las que se podía leer “¡Basta de recortes!”, mientras pitaban y lanzaban eslóganes como: “¡A ti que estás mirando, también te están recortando!” y “¡El próximo parado, que sea un diputado!”.

Junto a la mesa del televisor un grupo de figuras con túnicas verdes enarbolaban una pancarta en la que rezaba: “¡Escuela Pública de tod@s para tod@s!”, recibían palos de los antidisturbios romanos, enviados por Poncio Pilatos, el Delegado del Gobierno Romano.

Bajo una silla se manifestaba un grupo de pastores con banderas independentistas, que proferían gritos de: “¡Roma e Israel nos roban, independencia de Samaria!” y “¡Samaria is not Israel!”.

El catalán que cagaba seguía intentándolo, quizás víctima de colitis o estreñimiento, pero ahora enarbolaba una pancarta que rezaba: “L'Honorable President ens ha retallat fins al paper higiènic i tinc que netejar-me el cul amb una pedra.” (1)

Vi a los Magos de Oriente desfilar con túnicas blancas y pancartas que decían: “¡No a la sanidad privada”, "Esto no es una crisis, es una estafa" y “No hay pan para tanto chorizo”.

De la estupefacción pasé al asombro y de este a la comprensión. Los tiempos de felicidad se habían acabado incluso en el mundo feliz del Belén navideño. Me acerqué a la ventana y la abrí. No pensaba tirarme por ella, estaba desesperado, pero no soy idiota, solo quería tomar el fresco. En la calle un tipo escarbaba en el contenedor de basura. Cuando sacó la cabeza vi que iba vestido de Papá Nöel. Se montó en lo que parecía un trineo destartalado, le gritó al escuálido ciervo que tiraba del mismo: “¡Vamos a casa Rodolfo!” El animal lo miró de reojo y emitió un carraspeo. “Vale, vamos al albergue de la beneficencia Rodolfo, ya no recordaba que nos habían embargado.” El pobre bicho arrastró el trineo, que se alejó traqueteando.

Todo estaba perdido, solo me quedaba sentarme a esperar el fin del mundo, si este también falla no sé qué voy a hacer.


(1) El Honorable Presidente nos ha recortado hasta el papel higiénico y tengo que limpiarme el culo con una piedra.