15 de abril de 2011

UN APTENODYTES CON BAÑO

UN APTENODYTES CON BAÑO
José Vicente Ortuño

Salí de la ducha en el momento en que una arruga espacio-temporal atravesaba mi casa. Cuando me recuperé del vértigo y las náuseas, que provocaban las sacudidas en el tejido de la realidad, el baño estaba a oscuras. Todavía aturdido llegué a tientas hasta la puerta y la abrí. Me deslumbró una luz cegadora. El Sol casi rozaba el horizonte, pero su luz anaranjada reverberaba en una infinita planicie de hielo. Aunque continuaba desnudo no sentí frío.
Me di cuenta de que se escuchaba un gran alboroto de voces. Rodeé mi baño, una estructura anacrónica en medio del páramo helado, y busqué su origen.
Comprendí lo que había sucedido. Al principio me alarmé, luego lo medité bien y reparé en que no era tan grave. Además, soy afortunado, por ser el único pingüino emperador de toda la Antártida que tiene baño privado.

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