10 de noviembre de 2010

LA MUSA

LA MUSA
José Vicente Ortuño

El escritor sudaba, desesperado, frente al ordenador. Necesitaba escribir algo, aunque fuese un minicuento para el blog Químicamente Impuro, pero tenía la mente en blanco. Si no hubiese sido ateo se hubiese puesto a rezar. No obstante, necesitaba ayuda, alguien que pudiese inspirarle.
¡Si existiesen las musas! —murmró angustiado—. ¿Cómo se llamaban…? ¡Ah, sí! ¡Por favor Calíope, Clío, Erato, Euterpe… ayudadme!
El sonido de pasos interrumpió sus pensamientos.
¡Es la musa que se aproxima!, pensó anhelante.
—¡Cariño, ya está lista la paella! —dijo la voz de su esposa.
—¡Mierda, otra mañana perdida! —maldijo, y apagó el ordenador.

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