6 de junio de 2010

EXTRAÑO DONANTE

EXTRAÑO DONANTE
José Vicente Ortuño

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó la enfermera del centro de donación de sangre—. No tiene buen aspecto, está lívido.
El hombre alto delgado y pálido, que acababa de entrar, no tenía apariencia de donante, sino de necesitar una transfusión.
—Por supuesto, que no le engañe mi aspecto, me encuentro muy bien —respondió él—. Vengo a donar mi sangre.
—Claro, siéntese por favor —le indicó la camilla—, voy a tomarle la tensión arterial, súbase la manga, por favor.
Le colocó el tensiómetro evitando tocar aquella piel enfermizamente pálida. Observó la pantalla del aparato y se aseguró varias veces de que funcionaba correctamente.
—¡Es imposible, su corazón no late! —exclamó al fin—. Usted debería estar… —se interrumpió azorada.
—¿Estar qué? —preguntó el hombre enarcando una ceja. El gesto, que en otra persona hubiese parecido cómico, a la enfermera le provocó un escalofrío.
—Mu… mu… muerto —balbuceó la mujer, que templaba confusa.
—Debería estar no, señorita —rió el hombre—, “estoy” muerto. ¿No ve que soy un zombi?
—Zo… zom… —volvió a balbucear todavía más confusa que antes—. Enton… Entonces… ¡Usted no puede donar sangre! —exclamó con esa voz aguda que emite alguien que está al borde de la histeria.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó el muerto viviente con expresión de disgusto. El gesto erizó los cabellos a la enfermera de forma tan brusca, que sintió como si le clavasen una aguja en cada folículo piloso de su cuerpo.
—Pues… —pensó alguna excusa rápida—. ¡Sólo pueden hacerlo las personas sanas! —una vez dicho se dio cuenta de que era una tontería, pero ya no podía rectificar.
—Yo no estoy enfermo sino muerto —replicó el zombi utilizando un tono de voz grave, cavernoso, casi siniestro, pero irónico a la vez—. Usted es enfermera y debería conocer la diferencia.
—No… digo sí, pero… —estiró sus palabras buscando una excusa para que el cadáver ambulante se marchara—, pero su sangre estará… —hizo un gesto de repugnancia.
—Mi sangre está perfectamente, la he cuidado durante ciento cincuenta años —dijo el zombi, ofendido por el desprecio que le hacía aquella mujer—. Además, quiero donarla toda —añadió, lo que aumentó el espanto de la enfermera—, hay gente que la necesita más que yo.
—¡Sí, pero… un muerto no puede donar sangre! —chilló la mujer a punto de pasar de la histeria a la psicosis.
—No soy un “muerto”, señorita, soy un zombi —aclaró—. Es decir, un muerto viviente, que no es lo mismo.
—¡Pues eso, un muerto! —exclamó jadeante la enfermera al borde del colapso nervioso.
—Se equivoca, los zombis estamos clínicamente muertos, sin embargo, como puede comprobar no nos descomponemos.
—¡Me importa un pito, señor Muerto! ¡Váyase de aquí ahora mismo! ¡No queremos gente como usted aquí! —gritó mientras forcejeaba intentando abrir la puerta, aunque no sabía si era para que saliera el zombi o para escapar corriendo.
—¡Su actitud es racista! —exclamó el zombi muy ofendido—. Sepa que voy a poner una reclamación por trato discriminatorio.
—¡Sí, seguro que le harán mucho caso a un cadáver putrefacto… que debería estar enterrado! —gritó asomada al abismo de la locura—. ¡Márchese ahora mismo o llamo a la policía y lo denuncio por violación!
Abatido, el zombi salió del centro de donación de sangre. En sus ciento cincuenta años de no-vida jamás lo habían tratado de esa manera. Podía comprender que los campesinos de la Transilvania decimonónica hubiesen querido quemarlo, pero en plena era de la información esperaba algo más de comprensión y toleracia.
Se le acercó un tipo que parecía haber estado esperándolo, vestía un elegante traje de Armani y lucía, zapatos, gafas de sol y reloj a juego.
—Ya te dije que los mortales no querrían tu sangre —susurró—. No saben apreciar una sangre con solera, ¡nada menos que cosecha de 1859! —se relamió los afilados colmillos que mostró de forma fugaz.
—Tenías razón Ivan —dijo el zombi—. ¿Sigue en pie tu oferta?
—¡Naturalmente! El conde Ivan Ivanovich Drakulovsky von Hunsterblich siempre mantiene su palabra —afirmó poniéndose la mano en el corazón con gesto serio.
—¡De acuerdo, mi sangre a cambio de tu Testarossa! —exclamó con un suspiro—. Pero una vez que te la bebas no me pidas que te lo devuelva.
—La duda ofende, querido amigo Boris —replicó el vampiro.
—Hecho, vayamos a tu castillo, pero yo conduzco, que tú vas como loco y yo todavía quiero no-vivir muchos años más.

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