30 de abril de 2010

TIERRA CALCINADA

TIERRA CALCINADA
José Vicente Ortuño

El cielo, anaranjado por el polvo en suspensión, brillaba cegadoramente. Tonet estaba sentado sobre la peña del mirador de Rebalsadors, que se alzaba a setecientos metros sobre el nivel del mar en lo alto de la sierra Calderona. Desde allí tenía a la vista más de cien kilómetros de costa: desde el histórico castillo romano de Sagunt, hasta el monte sobre el que aún se distinguía, medio borrado por la erosión, el nombre de Cullera, la ciudad que se había erigido a sus pies y que ahora descansaba bajo el mar. Las aguas del Mediterráneo seguían teniendo su característico y precioso color verde azulado, tal como lo vieron los fenicios o los romanos, pero había una gran diferencia, el mar que Tonet tenía ante sí estaba muerto; al igual que las costas desérticas que bañaba. Según los últimos estudios realizados por los ecólogos de Nueva Valencia, sus aguas ya no eran capaces de albergar ningún rastro de vida, nada sería capaz de sobrevivir en su ponzoñoso seno.
Un siglo antes —a principios del siglo XXI—, el bisabuelo de Tonet ya vaticinaba cómo sería España en el futuro. En aquella época los incendios forestales asolaban la península ibérica verano tras verano, quemando los bosques y calcinando la tierra, convirtiendo un vergel paradisíaco en desierto polvoriento. Era previsible y, sin embargo, nadie puso freno a semejante desatino.
Tras el calentamiento global y la fusión de parte de los casquetes polares, el nivel del mar había subido y el agua había anegado varios kilómetros de costa, obligando a sus habitantes a abandonar las ciudades costeras. Pero la ausencia de lluvia y los incendios forestales acabaron con los bosques. Las pesadillas del bisabuelo de Tonet se convirtieron en una realidad más allá de su imaginación. El aire se fue haciendo irrespirable, pues no había plantas que lo renovaran, acabando con la mayor parte de los habitantes de la Tierra.
El joven Tonet cogió una piedra y la arrojó al abismo. El casco de su traje protector amortiguó el sonido que produjo al caer y rodar por la pendiente. Miró en derredor y recordó los hologramas que había visto en la escuela, en los que se veían bosques de pinos maravillosamente frondosos. Él siempre había deseado saber cómo olían los árboles. Seguramente mejor que las verduras de las granjas hidropónicas. Pero ahora sólo quedaba tierra desnuda. Ya no había rastro de vida animal o vegetal. La península ibérica, que hasta unos siglos antes una ardilla podía cruzar sin bajar al suelo, era un desierto estéril y sus habitantes se veían obligados a vivir en ciudades subterráneas. La atmósfera tóxica y la radiación ultravioleta hacían inhabitable la superficie. Sólo el alto desarrollo tecnológico había logrado salvar, de momento, a la raza humana. El sol proporcionaba energía eléctrica para el sustento de las ciudades y el alimento se generaba en granjas hidropónicas, donde se cultivaban las pocas plantas que se habían salvado de la extinción, para luego procesarlas en factorías y convertirlas en raciones para el consumo humano.
Se puso en pie con cuidado de no rasgar su traje protector. Verse expuesto a la atmósfera era extremadamente peligroso. Caminó unos pasos hacia el sur y observó el desierto que se extendía a sus pies. En apenas un siglo la erosión casi había borrado del paisaje las huellas de la humanidad. Si se sabía dónde mirar, todavía era posible encontrar el lugar donde antaño habían estado situadas poblaciones como Lliria, Casinos o Marines. La antigua autovía de Ademuz estaba erosionada y cubierta de arena desde varias décadas atrás, aunque todavía asomaban restos de puentes y pasos elevados, como huesos erizando la tierra.
Anduvo sobre la peña intentando retener en su memoria la belleza muerta de la sierra Calderona, superponiendo en su mente las imágenes de los hologramas educativos que le habían enseñado en la escuela: densos bosques de pinos mediterráneos, enormes y frondosos, cada uno como un poderoso tótem protegiendo el ecosistema, alimentando a las graciosas ardillas, a las innumerable aves, a millones de insectos. Sobrevolados todos ellos por las águilas, como centinelas celestes.
Una ráfaga de viento lo empujó de costado, volviéndolo a la realidad; miró al cielo tras él y vio que se acercaba una tormenta de arena; tendría que darse prisa en bajar antes que la ventisca lo atrapase allí arriba. El vehículo todo terreno que llevaba, impulsado con energía solar, era capaz de soportar la tormenta si estaba al resguardo de alguna roca pero, si permanecía en la cima de Rebalsadors, podría verse arrastrado por ráfagas de viento de más de trescientos kilómetros por hora y lanzado montaña abajo; tal vez hasta el mar. Recorrió los cien metros que lo separaban de su vehículo. Antes de entrar en él se volvió de nuevo a contemplar el inmenso paisaje desértico. Como siempre que salía al exterior sintió tristeza por la vida perdida y rabia contra sus antepasados, que no evitaron la catástrofe ecológica que había condenado a la humanidad a vivir bajo tierra. Entró en el vehículo y cerró la escotilla.
No presurizó el habitáculo, el viaje sería corto y no quería desperdiciar aire puro. Se sentó en el asiento del conductor, se ató los cinturones de seguridad y tras activar los motores eléctricos, comenzó el descenso por la pendiente. Los fortísimos vientos habían erosionado el terreno y a duras penas se distinguía lo que cien años antes era una transitada senda de cicloturismo. Tenía que poner atención al camino para no volcar el vehículo en el último tramo, tremendamente empinado, antes de llegar a la Font del Poll. Hasta un siglo antes los excursionistas hacían un alto para abastecerse de agua fresca, pero de la fuente ya sólo quedaba el nombre grabado en la piedra desgastada, la pila estaba seca y llena de arena, del caño oxidado ya no brotaba agua. En su archivo familiar recordaba haber visto una fotografía de su bisabuela sentada en la fuente, vestida con una camiseta y unos pantalones cortos. Toda su vida Tonet, al ver esa foto, había querido saber qué se sentía al recibir en la piel la luz del sol y el aire libre, sin filtros ni trajes especiales.
Giró a la izquierda y prosiguió el descenso por el camino sinuoso y abrupto. Entre las grietas de las rocas todavía asomaba algún tronco calcinado, los últimos vestigios de los árboles muertos décadas atrás y que, poco a poco, se irían convirtiendo en piedra o cediendo a la erosión. El camino de descenso era monótono, lento, aparentemente interminable, pero al fin se abrió al valle. Tonet detuvo el vehículo para observarlo. La tormenta se cernía sobre él, oscureciendo el cielo y azotando el vehículo con latigazos de arena. Pero todavía tenía tiempo para echar un último vistazo. En la ladera opuesta, frente a él, aún se mantenía en pie lo que fuera la antigua Cartuja de Porta Coeli. Un lugar de recogimiento y oración, donde los monjes, manteniendo su voto de silencio durante siglos, habían cultivado su huerto con esmero. Tonet, como otras veces, paseó la vista sobre el edificio en ruinas, pero esta vez algo le llamó la atención. Se apeó del vehículo y, apoyándose en la carrocería, enfocó sus prismáticos a un rincón de las ruinas. Se quedó estupefacto. Una pequeña mancha verde sobresalía entre la arena que se acumulaba en un rincón del antiguo huerto. Excitado volvió al vehículo y continuó el descenso, tal vez iba demasiado rápido, pero quería comprobar que lo que veía era cierto antes de que la tormenta lo alcanzara. En la bifurcación tomó el camino de la izquierda, el que llevaba directo a la Cartuja, pero también el más abrupto. El viento arreciaba, la tormenta de arena pronto desataría toda su furia, no debía perder tiempo. Le quedaban apenas doscientos metros para llegar a la derruida arcada que había sido la puerta del huerto, cuando súbitamente el terreno cedió bajo las ruedas del vehículo y éste se precipitó ladera abajo.
Tonet salió arrastrándose por una ventanilla destrozada, las medidas de seguridad del todo terreno lo habían protegido, pero aún así se había herido una pierna rasgándosele el traje protector. Apresuradamente se cubrió la herida y el desgarrón con cinta adhesiva, que todo explorador debe llevar en el exterior para parchear cualquier rotura. Confió que al mismo tiempo se obturase la herida o se desangraría; luego ya se preocuparía de las infecciones. El viento lo zarandeó, los granos de arena que arrastraba lo golpearon como granizo. Poniéndose en pie se dirigió renqueando al interior del huerto, luchando contra las fuertes ráfagas, que estuvieron a punto de hacerlo caer varias veces, pero al fin, en un rincón junto a la tapia más alejada de la puerta, halló lo que había venido a buscar.
—Santa Mare de Deu! [1] —exclamó Tonet para sí, cayendo de rodillas frente a su descubrimiento—. ¡Es una Cynara scolymus!
No daba crédito a sus ojos, sacudiéndose por la furia del viento, una pequeña planta asomaba de la arena. Las hojas tenían un color verde claro en el haz, y en el envés estaban cubiertas por unas fibrillas blanquecinas que le daban un aspecto pálido. Tonet la protegió de la furia de la tormenta usando su cuerpo como paravientos y rodeándola con las manos.
—¡Atención Base Delta! —llamó por la radio de su traje— ¡Atención Base Delta! —nadie respondió.
Volvió a repetir la llamada durante varios minutos, sin obtener respuesta. La electricidad estática generada por la tormenta interfería las comunicaciones con la estación botánica de Nueva Valencia —la macro ciudad subterránea situada bajo la Sierra Calderona—. Tonet comenzó a desesperarse, no podía arrancar la planta y ponerse a cubierto, así lo único que conseguiría sería matarla. “Es una Cynara scolymus, una alcachofera —pensó recordando sus clases de botánica—, la evolución mediante cultivo del cardo salvaje”. Sabía que durante milenios el hombre la había utilizado como alimento y como planta medicinal. Había visto fotos en los libros de botánica. Desgraciadamente había sido declarada extinta cincuenta años antes, después de que la última guerra biológica ayudara a matar todo lo que el cambio climático no había borrado de la faz de la Tierra.
Tenía que hacer algo, la tormenta seguía arreciando, a duras penas se podía mantener erguido, y no quería dejar la pequeña planta abandonada a su suerte. De alguna manera había brotado, tal vez de una semilla arrastrada por el viento o que había permanecido enterrada en estado latente. Fuera como fuese sabía lo importante que era el descubrimiento, si llevaba la alcachofera al laboratorio podrían volver a cultivarla y eso supondría un gran cambio en la dieta de la gente, por no decir en medicina. No recordaba las propiedades medicinales de la Cynara scolymus, pero sabía que tenía muchas.
El dolor de la pierna herida lo sacó de sus pensamientos cuando otra fuerte ráfaga cargada de arena y grava lo hizo caer sobre la pequeña planta. Por fortuna logró que su cuerpo no la aplastarla. Sabía que no podría aguantar demasiado allí a la intemperie; necesitaba hacer algo y rápido.
Comprobó que la radiobaliza de su traje estuviese activada y emitiendo su señal. Mientras durase la tormenta era imposible que la captaran en la Base Delta, pero esperaba que lo hicieran cuando ésta amainase.
Se dio cuenta de que el viento le había enterrado las piernas en arena y gravilla, que se iba amontonando a su espalda. Desesperado tomó una decisión. Las lágrimas le empañaban la visión cuando se desprendió del equipo de soporte vital del traje. Lo llevaba sujeto al pecho y se encargaba de filtrar el aire exterior y hacerlo respirable, para luego bombearlo al interior del casco por un tubo flexible. Con sumo cuidado y luchando contra el viento, que ya debía de superar los ciento cincuenta kilómetros por hora, lo enterró en la arena junto a la pequeña planta. El aparato podría extraer el aire respirable contenido entre los granos de arena, estaba previsto para casos de emergencia. Luego, respirando hondo, soltó los cierres del casco y se lo quitó.
La atmósfera tóxica le abrasó los ojos y las partículas arrastradas por la fiera tormenta amenazaron con despellejarle la cara y arrancarle el pelo. No podría aguantar la respiración mucho tiempo, debía actuar rápido. Sujetando fuertemente el casco, para que no se lo llevase el viento, lo colocó sobre la alcachofera y, sin pensarlo más, se dejó caer sobre él; protegiéndolo con su cuerpo. Luego hundió los brazos en la arena y pegó la cabeza al suelo. Con un poco de suerte en pocos minutos quedaría enterrado totalmente y la planta estaría a salvo hasta que viniese el equipo de rescate. Para entonces él ya estaría muerto, pero pensó que su sacrificio valdría la pena.
“Esta planta parece haberse adaptado al veneno de la atmósfera, los botánicos de Nueva Valencia podrán reproducir de nuevo la especie”. Con éste pensamiento en la mente, Tonet respiró hondo y el aire mortífero le abrasó los pulmones. Jadeó y tosió, pero siguió sin moverse a pesar de estar asfixiándose. Mientras perdía la conciencia sintió como la tormenta lo enterraba, pero en sus labios había una sonrisa.

[1] Nota del autor: En valenciano “¡Santa Madre de Dios!”.

Publicado en:
Antología DESDE EL TALLER
“Nueva narrativa hispanoamericana”
Ediciones Desde la gente (Argentina)

1 comentario:

El Mostro dijo...

Dramático futuro! Muy bueno.