20 de abril de 2010

EL SUPERHÉROE

EL SUPERHÉROE
José Vicente Ortuño


Creo que lo que me ha sucedido es porque, si se desea algo con intensidad, tarde o temprano se hará realidad. No puede haber otra explicación pues, por increíble que parezca, mis sueños se han hecho realidad.
Desde niño, para evadirme de la triste realidad en que vivía, me gustaba leer cómics. A pesar de saber que todo era producto de la imaginación de los guionistas, siempre quise ser uno de aquellos superhéroes. Me fascinaban sus superpoderes y habilidades extraordinarias, y deseaba poseer súper fuerza, invisibilidad o el poder de trepar por las paredes. Me chiflaban sus ajustados y coloridos uniformes, que realzaban su musculatura; aunque su superpoder no lo requiriese siempre tenían un cuerpo perfecto. Por supuesto que también hubiese querido ser tan esbelto como ellos, en lugar de la amorfa bola de sebo que soy. No importa que la vida privada de la mayoría ellos fuese lamentable y careciesen de una existencia normal, al fin y al cabo ya también me he sentido siempre socialmente marginado. O quizás por eso me identifico con ellos y sus solitarias vidas... cuando no están salvando el mundo, claro. Por lo tanto, sólo me faltaban los superpoderes. Tal vez podrían considerarse poderes mi habilidad para eructar la tocata y fuga de Bach y la de mover las orejas, pero como superpoderes resultaban patéticos e inútiles. Para convertirme en superhéroe hacía falta algo más que aerofagia musical o abanicar con las orejas. Necesitaba adquirir superpoderes de forma digna, como ser nativo de un planeta lejano. Pero nací en Villarrastrojo del Pedregal, provincia de Cuenca, que puede resultar interesante si te gustan los bichos y las piedras, pero no es un planeta exótico.
Otra opción era heredar una mutación natural. Para ello mis progenitores debían de haberse visto afectados por contaminación radiactiva o biológica. Tampoco en eso tuve suerte, el producto más peligroso con el que se contaminaron mis viejos fue el vino que fabricaba mi abuelo —tan fuerte que servía para desatascar desagües—, pero que no contenía ningún poderoso mutágeno.
Descartando todo lo anterior, sólo me quedaba la opción de ser mordido por un animal radiactivo o con los genes alterados por algún científico loco. Desde que deduje que éste era mi último recurso, he andado buscando por los rincones una araña o una mantis religiosa fugada de un siniestro laboratorio. También me hubiese podido servir un cocodrilo hambriento, un gorila cabreado o un mandril en celo. Pero lo que no esperaba es que me mordiese Spoky, mi mascota.
El caso es que el bueno de Spoky nunca ha tenido mal carácter, todo lo contrario, siempre ha sido adorable. Además, no tenía motivos para morderme. He sido muy cuidadoso con él, nunca le ha faltado la comida ni el agua, lo he tratado con cariño y no he descuidado la higiene de su habitáculo. Pero nuestras mascotas, por muy inteligentes y cariñosas que nos parezcan, son animales irracionales y, aunque convivan con humanos, en su interior no dejan de ser bestias salvajes, que esperan el momento oportuno para morder la mano que les da de comer. A pesar de todo no le guardo rencor a mi Spoky, pues hasta cierto punto puedo comprender su actitud.
Yo sólo salgo de casa de vez en cuando para comprar latas de cerveza y bolsas de ganchitos de queso. El resto del tiempo me lo paso en mi cuarto viendo la televisión, leyendo cómics y jugando a la videoconsola. Spoky es mi amigo, el único que no me ha despreciado nunca, bueno, hasta anteayer. Sin saber por qué, cuando fui a ponerle la comida, se lanzó sobre mi mano y me mordió. No fue un gran mordisco, pero sí lo suficiente como para inocularme alguna sustancia desconocida, que me produjo fiebre alta y delirios durante toda la noche. Por la mañana, cuando desperté, mi cuerpo había cambiado. He adquirido las habilidades de Spoky. Sí, al fin he conseguido superpoderes, justo como siempre había soñado. Pero no esperaba que mis poderes consistieran en dormir durante todo el día escondido en un rincón. Por la noche acaparar montones de comida en los carrillos, roer cosas y correr dentro de una rueda. Eso sí, cuando me miro al espejo y me veo esos ojillos tiernos y esa naricilla rosada con graciosos bigotes, me encuentro adorable.
¡Quién me mandaría a tener un hámster como mascota!

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