15 de abril de 2010

EL LIBRO


EL LIBRO
José Vicente Ortuño
H.G. WELLS

—Señor Wells —dijo el desconocido—, tengo que decirle algo muy importante.
—Estoy muy ocupado señor…
—Profesor Policarpo Úcronos —dijo el individuo—, de la Universidad Politécnica de Valencia.
—No he oído hablar de dicha universidad —dijo Herbert George Wells mientras intentaba dejar atrás al extraño personaje que lo seguía desde hacía un rato.
—Bueno es que… como le diría yo —dudó el profesor—, es que todavía no existe.
—¡Ah bien! —exclamó Wells—. Pues avíseme cuando la construyan, estaré encantado de dar unas charlas en la inauguración. Adiós, buenos días.
—Déjeme que le cuente algo —insistió el profesor—, luego le dejaré en paz, se lo prometo.
—De acuerdo —cedió Wells cansado—, nos sentaremos en aquel banco unos minutos, tengo que volver al trabajo, ¿sabe?
—Gracias señor Wells, no le haré perder su precioso tiempo —el profesor Úcronos rió como si hubiese dicho algo gracioso.
Una vez sentados el científico del futuro explicó:
—Verá señor Wells, vengo del futuro, del siglo XXV. Sé que en 1895 usted publicará un libro titulado La máquina del tiempo. Esta novela se convertirá en la inspiración para los científicos de los siglos venideros.
—¿De verdad? —dijo Wells interesado en apariencia.
—Por supuesto. Yo mismo, desde que la leí siendo un niño, no he cejado en el intento de construir una máquina similar. Al fin lo conseguí y he venido para conocerlo en persona y darle las gracias.
Wells se levantó sonriente y estrechó la mano del visitante del futuro.
—Gracias profesor. Le agradezco que se haya molestado en venir desde tan lejos… en el futuro. Le tendré presente cuando escriba mi novela —dijo con amabilidad y se marchó dando grandes zancadas.
El profesor Úcronos, satisfecho de haber conseguido uno de sus sueños, volvió al siglo XXV. Envuelto en un aura de felicidad científica, se sentó ante a su escritorio, sobre el que había dejado un ejemplar de La máquina del tiempo, pero al mirarlo se quedó estupefacto, el título había cambiado, ahora en la portada rezaba: “Recetas de cocina para gente fina”. El viejo científico rompió a llorar, desconsolado.

1 comentario:

Carmen dijo...

Que encuentro más curioso, el profesor no pudo imaginarse un resultado así. Ya lo vemos en las películas de ciencia ficción, si algo así se pudiese hacer, habría grandes consecuencias en el presente si se altera el pasado. Tal vez esperaba ver una dedicatoria a su persona pero no un listado de ingredientes.

Saludos