28 de marzo de 2010

UNA HISTORIA DE NARICES

UNA HISTORIA DE NARICES
José Vicente Ortuño


Telesforo Nápiez nació en el seno de una familia humilde. Su padre trabajaba en algo que nadie recuerda, pero que le permitía sostener precariamente a una esposa ludópata y a un hijo raro. No es que Telesforo tuviese alguna tara física o mental, sino que tenía la peculiar costumbre de meterse cosas en la nariz. Antes de nacer, en la primera ecografía que realizaron a su madre, el feto se hurgaba la nariz con el dedo índice. En las sucesivas, repetió la hazaña con los dedos gordos de los pies.
Recién nacido le cubrieron manos y pies con calcetines para evitar sus prospecciones nasales. Sin embargo, como todos los niños, sentía una curiosidad sin límites y, conforme crecía, dedicaba todos sus esfuerzos a explorar y experimentar su entorno, lo cual incluía introducirse en la nariz cuanto objeto o sustancia le intrigase.
Cuando comenzó a gatear descubrió el placer de aspirar mientras gateaba y así fue como descubrió las pelusas, esos seres errantes que se generan de forma espontánea en los rincones y que al ser aspiradas le producían variadas sensaciones. Las esquivas pelusas de sofá, que se esconden entre las costuras de los cojines, le proporcionaban un agradable cosquilleo detrás de los ojos. Las pelusas rodantes, que anidan bajo los muebles, le provocaban orgásmicos estornudos que le hacían ver lucecitas. Había otros productos que gustaba de aspirar, como la caspa del abuelo, las migas de pan del mantel o los polvos de talco, pero las pelusas siempre fueron su debilidad.
En el colegio aspiró tiza y virutas de goma de borrar, una combinación que le hacía tener visiones caleidoscópicas. Además, sus compañeros del comedor escolar siempre le retaban a que aspirase un plato de sopa de menudillos o los garbanzos del cocido, pero eso para él sólo eran fruslerías, pues aspiraba a aspirar algo mucho más… impactante.
En el servicio militar creyó encontrar lo que buscaba el día que probó la pólvora. Ésta lo dejó inconsciente tres días, durante los cuales alucinó con bellas huríes a las que aspiraba las pelusas del ombligo. Fue entonces cuando se apercibió de la existencia de las mujeres, esos seres misteriosos a los que había ignorado porque, aunque en general olían bastante bien, no les encontraba utilidad. Buscó su mujer ideal con ayuda de Internet y la encontró.
Eusebia era virgen por accidente genético. Es decir, que como era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado, no había habido valiente que se le acercase. Tenía el atractivo físico y la pelambre de un mandril y su total desidia en el vestir y la ausencia de higiene la hacían repugnante para cualquier mamífero macho, excepto quizás para los lujuriosos bonobos, pero ninguno tuvo oportunidad de tirarle los tejos.
Telesforo encontró en ella una fuente inagotable de elementos aspirables. Su grasienta cabellera expulsaba a diario medio kilo de caspa de alta calidad, así como largos e hirsutos cabellos, que casi parecían tener vida propia. En las cerdas de sus sobacos anidaban sendas colonias de piojos, que habían desarrollado tecnología nuclear y mantenían entre si una tensa relación de guerra fría. Sus pelos púbicos daban refugio a dos millones de perezosas ladillas, gordas como cerdos. Estos insectos eran filósofos seguidores del camino del Tao. Vivían en paz y armonía, alimentándose de la sangre de Eusebia, hasta que llegó la nariz de Telesforo y comenzó a aspirarlas.
Las pobres ladillas abducidas hallaron en las vellosidades nasales un lugar óptimo para prosperar, aunque tuvieron que adaptarse al nuevo medio, pues las corrientes de aire y objetos voladores perturbaban su tranquilidad. Pocas generaciones después su conducta había cambiado de forma drástica. Así fue como los científicos, que las estudiaron tras la muerte de Telesforo, llegaron a la conclusión de que eran una especie desconocida y la llamaron Phthirus pubis mobilis o ladilla hiperactiva.
¿Y por qué contamos la historia de dos seres tan repugnantes? Pues porque si Eusebia y Telesforo hubiesen tenido un hijo, dada su peculiar combinación de genes, hubiese sido el primero de una raza de mutantes que, en pocas generaciones, habría desbancado a la humanidad de la faz de la Tierra. Unos científicos dicen que eran genéticamente incompatibles, otros que híbridos estériles. Según fuentes fidedignas —la portera de su edificio—, jamás consumaron un coito porque, a causa de la espesa pelambre de ella, Telesforo no encontró por donde realizarlo. Fuese como fuese, la especie humana se libró por los pelos… de Eusebia.

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