21 de marzo de 2010

PUTREFACCIÓN

PUTREFACCIÓN
José Vicente Ortuño

Sonó el timbre. Alberto, visiblemente molesto, se levantó del sofá y fue a abrir. Llevaba en la mano el mando a distancia de la televisión y mascullaba maldiciones en arameo. "Sea quién sea se va a enterar, ¡mira que irrumpir a la hora del Barsa-Madrid!", gruñó. Al acercarse a la puerta sintió un olor nauseabundo como una bofetada, lo que hizo que se le revolviesen las tripas y le dieran arcadas, aunque pudo contener el vómito. Respiró hondo intentando recuperar el control, pero la peste no se lo permitió. Abrió la puerta y el olor se hizo tan intenso que casi no pudo soportarlo. En el rellano había un hombre vestido con un traje gris y corbata de colores chillones. Parecía un vendedor de enciclopedias y la cartera que llevaba en la mano confirmaba dicha hipótesis.
—¿Qué desea? —preguntó Alberto conteniendo las nauseas.
—¡Hungg...! —comenzó el visitante, pero al abrir la boca su lengua cayó al suelo y chapoteó al chocar contra este. Alberto miró alternativamente al hombre de gris y al sangriento trozo de carne que se retorcía, saltaba y reptaba sobre las losas con movimientos convulsos sin poder cerrar la boca. Un grito de horror quedó ahogado en su garganta cuando los macarrones, que había ingerido ese mediodía, salieron despedidos en un poderoso vómito multicolor. Quiso cerrar de un portazo mientras se limpiaba los restos de comida a medio digerir con la manga, pero el otro trató de impedirlo estirando el brazo para retener la puerta, sin éxito, porque la mano se le rompió a la altura de la muñeca y fue a reunirse con la lengua, que seguía saltando y retorciéndose alocadamente entre los vómitos, y luego, las dos juntas, comenzaron a reptar hacia el interior de la casa. Alberto no pudo resistir el horror de aquella visión, perdió el conocimiento y el control de sus esfínteres, lo que no ayudó en nada a mejorar la calidad del aire.
Al recobrar el sentido, se encontró sentado junto a la puerta, aunque ya no se sentía el olor pútrido que antes impregnaba el ambiente. El hombre del traje gris yacía tirado en el suelo del rellano, dividido en pedazos gelatinosos que intentaban escapar del interior del traje, reptando en direcciones opuestas. Pensó que debía hacer algo, llamar al 112, por ejemplo. Al levantarse vio que sobre la moqueta había una nariz, le pareció conocida, la recogió y comprobó que era la suya propia. Con su apéndice nasal en la mano se dirigió al teléfono pero, antes de llegar al salón, se le desprendió una pierna y cayó al suelo. Afortunadamente estaba cerca de la mesita donde reposaba el teléfono. Pudo alargar el brazo y coger el aparato, pero al apretarlo se le troncharon los dedos. Teléfono y dedos cayeron lejos de su alcance y estos últimos comenzaron a retorcerse en el suelo como gusanos regordetes. Para colmo de males el brazo en el que estaba apoyado se rompió a la altura del codo, con un ruido parecido al de una rama de apio al quebrarse, haciéndole caer de espaldas. La cabeza se estrelló contra el suelo sonando como una sandía madura, abriéndose como un huevo y desparramando masa encefálica, viscosa, pútrida y palpitante. De resultas del impacto también los ojos se le salieron de las órbitas junto con sus respectivos nervios ópticos, rebotaron por el suelo y se fueron reptando en direcciones opuestas, como sangrientos espermatozoides macrocéfalos, uno para reunirse con la mano y la lengua del hombre del traje gris, que venían reptando por la moqueta; la mano ganaba la carrera por una falange. El otro ojo fue al encuentro de la nariz y los dedos de Alberto, que correteaban alrededor del teléfono mientras su pierna intentaba, salir del canal del pantalón, entre histéricas y torpes convulsiones.
En ese instante salió la vecina que vivía en el piso de enfrente, vio los restos dispersos del vendedor de enciclopedias y gritó horrorizada. La lengua se le cayó al suelo y sus ojos saltaron de las órbitas...
Días después, dos raticulianos, que patrullaban el sector, observaron perplejos que de la humanidad sólo quedaban viscosos órganos que reptaban, saltaban y se retorcían por todas partes.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Flip.
—¡Corrupción! —respondió Flop enarcando su única ceja.
—¡Vaya, sabíamos que en este planeta había muchísima, pero no tanta! —exclamó Flip ondulando sus antenas, signo inequívoco de perplejidad entre los raticulinianos.
—No hay nada que hacer —sentenció Flop—. Vayámonos a invadir a otra parte.

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