7 de marzo de 2010

ANUNCIACIÓN

ANUNCIACIÓN
José Vicente Ortuño

—¡Despierta María, despierta! ¡Tengo algo muy importante que comunicarte!
La joven se incorporó en la cama sobresaltada y con el corazón a punto de saltarle del pecho. A la luz de la Luna, que entraba por el ventanuco de su dormitorio, distinguió a un joven a los pies de su lecho. Asustada se cubrió con la manta hasta la barbilla. El hombre parecía emitir un leve resplandor. A pesar del susto y lo extraño de la situación, pensó que aquel hombre era demasiado bello para ser real. La actitud del sujeto no parecía intimidatoria, sin embargo, que se hubiese colado en su habitación sin siquiera llamar a la puerta la puso furiosa.
—¿Qué…? ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado…? —preguntó ya completamente despierta.
—Soy Gabriel, el heraldo del Señor —dijo el joven con voz suave pero profunda.
—¡Me importa un cuerno quién seas, fuera de mi dormitorio! ¡Salga de inmediato o gritaré!
—Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
—Pero, ¿qué dices? ¡Estás borracho! ¡Largo de aquí, mamarracho!
—No temas María. Gracias a tu vida virtuosa y a la pureza de tu corazón, has encontrado el favor de Dios. Mientras dormías Él, con su infinito poder, ha concebido un hijo en tu seno. Cuando des a luz le pondrás por nombre Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.
La muchacha se quedó con la boca abierta, pasmada, anonadada y horrorizada al escuchar la parrafada grandilocuente del Heraldo Divino.
—Pero… pero… No puede ser… Es imposible, porque jamás he yacido con varón alguno —balbució María con un tembloroso hilo de voz—, ¡ni pienso hacerlo! —añadió gritando fuera de si.
—Para Dios nada es imposible, María —respondió el ángel—. Su poder ha descendido sobre ti; por eso el niño que nacerá será llamado Hijo de Dios y cuando nazca será adorado por todos, incluso por unos magos muy sabios que vendrán del lejano oriente guiados por una estrella y que…
—¿Se puede saber quién le ha dado permiso a Dios para preñarme? —gritó María saltando de la cama—. ¡Yo no quiero tener ningún hijo! ¿Entiendes?
—Bueno… esto… —vaciló el ángel—, pues eso ya no tiene remedio, estás encinta y como todavía no se ha aprobado la ley del aborto, pues…
—¡Será cabrón! —gritó haciendo aspavientos—. Sarah pensará que la he engañado, ¡y con un hombre, qué asco!
—¿Sarah…? —el ángel hizo una mueca de no comprender nada—. ¿Quién es Sara?
—¡Es mi novia, pedazo de burro!
El ángel, confuso, sacó una nota que llevaba escondida en la túnica y la leyó varias veces.
—Pero si tu prometido se llama José, es carpintero y…
—¡Idiota, te has equivocado, “esa” María es la que vive en la casa de al lado! ¡Zoquete!
La joven agarró el orinal que había junto a su cama y se lo arrojó al ángel, que lo esquivó por lo pelos, yéndose a estrellar contra la pared.
—¡Maldito asexuado con alas! —gritó fuera de si—. ¿No te has dado cuenta de que yo soy lesbiana? ¡Me has jodido bien jodida!
El ángel Gabriel, abochornado, salió de la casa de forma precipitada, desplegó las alas y se elevó hacia el cielo nocturno. Mientras se alejaba siguió oyendo los gritos de María adjetivando su incompetencia.
—¡Maldita sea la puta costumbre de llamar María a todas las vírgenes! —masculló aleteando más deprisa.

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