7 de febrero de 2010

MAESE RASPUTILA (1)

MAESE RASPUTILA (1)
José Vicente Ortuño

Unos pasos pesados y siniestros, que hacían temblar el suelo, se aproximaban a la puerta del Taller Siete. Los alumnos, sorprendidos en tareas poco provechosas y nada didácticas, corrieron a sentarse ante sus pupitres. La manija giró y el recio portón de roble se abrió con un gruñido estremecedor. Un hombre alto y fornido entró en el aula. Vestía una pesada toga de color negro y lucía cabellera y barba de hirsuto cabello gris.
—Buenos días, don Rasputila —dijo Olga, una joven repipi con coletas sentada en la primera fila—. ¡Ya me aprendí el uso de los guiones!
El maestro la miró con un ojo inyectado en sangre, mientras que con el otro observaba al travieso Miguel, que pretendía introducir una rana en la mochila de la modosa María Pilar.
—¡Quieto Dorelo —bramó—, o le flagelaré con la Metodología del Taller encuadernada en piel de culo de hipopótamo de pata negra!
—¡Yo no he sido! —exclamó el niño con insolencia, escondiendo la rana en el bolsillo.
Pendientes todos del maestro, el aula se sumió en un silencio denso, sólo roto por el gruñir de las tripas del alumno Saurio, que tenía flato por comer las extrañas recetas que inventaba.
—¡Examen sorpresa! —bramó el profesor de pronto.
La temperatura de la sala bajó varios grados y hasta cesaron los gruñidos de tripas. El educador soltó una carcajada sádica, que le cortó la respiración incluso al curtido Giorno, el único que todavía no retenía el aliento porque estaba masticando un trozo de pizza.
—Ahora, que ya he conseguido toda su atención —dijo—, voy a dar el resultado del último ejercicio.
Fue hasta el escritorio, fingiendo no ver en la pizarra una caricatura del director Hartmanovich en actitud sumamente indecorosa. Se sentó en el sillón, que crujió de forma lastimera, y abrió la carpeta sobre la mesa. Carraspeó.
—Saurio, ¿qué se supone que ha escrito usted? ¡Dije que debía desarrollar una “Mitología Apócrifa” y no “Cómo Meter en Lejía una Mecanógrafa”. ¡Suspendido por pasarse de listo!
El aludido, lejos de sentirse mal por el suspenso, sonrió con gesto ladino mientras se hurgaba la nariz con deleite.
—María Pilar —continuó el docente—, felicidades, su cuento está muy bien elaborado, el lenguaje es bello y descriptivo, y la historia increíblemente romántica. Sólo tiene un defecto, ¡que tenía que escribir un cuento de zombis, sangre y vísceras! ¡Suspendida por sentimental!
La alumna fingió hacer pucheros, pero su mirada artera delataba su oculta satisfacción.
—Dorelo, Giorno y Costantini —prosiguió el pedagogo—, ustedes han rizado el rizo de la provocación. ¡Los tres han presentado el mismo cuento! Si pensaban que podían engañarme deberían de haber sido más originales poniendo los títulos, porque “La venganza de la Pizza”, “El ataque de la Pizza” y “El regreso de la Pizza”, son patéticos. ¡Suspendidos por tragaldabas!
Los tres alumnos sonrieron satisfechos y se felicitaron mutuamente chocando las palmas. Al maestro le rechinaron los dientes.
—A ver —continuó—, ¿quién escribió un relato sobre el Síndrome de Diógenes?
En la última fila levantó la mano una muchacha pecosa con gafas de pasta.
—¿Cómo se llama? —preguntó el maestro.
La presunta estudiante se encogió de hombros.
—Ya veo, no firma sus trabajos porque no sabe su nombre. Tampoco sabe como se utilizan los guiones de diálogo, ni conoce la ortografía y... —tomó aire—. No ha leído la consigna del ejercicio, ya que lo que ha escrito nada tiene que ver con lo que se pedía.
La alumna volvió a encogerse de hombros en silencio, pero una sonrisilla tonta afloró en su rostro. Al maestro se le ensombreció el semblante y golpeó con el puño sobre el escritorio, el tablero se quebró con un crujido.
Como catedrático de ficción especulativa y narrativa conjetural por la Firecracker University, se había curtido en las más duras lides literarias, sin embargo, no podía soportar más tiempo el desinterés de sus alumnos.
—Está bien —suspiró profundamente—, ustedes ganan, esto es superior a mis fuerzas. ¡No puedo más, ustedes quieren volverme loco!
Los alumnos contuvieron su regocijo. Rasputila se puso en pie muy lentamente y barrió con su mirada a los asistentes, la mitad de los cuales no participaban, simplemente se sentaban a mirar.
—He decidido presentar mi dimisión al director Hartmanovich —añadió—. Me marcharé a un lugar muy lejano para dedicarme a mis propios asuntos. Y tal vez encuentre alguien interesado en aprender —dicho esto, con paso firme abandonó el aula para no volver jamás.

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