2 de enero de 2010

PRIMA, ESO TE PASA POR LEER TANTO

PRIMA, ESO TE PASA POR LEER TANTO
José Vicente Ortuño

Conchi se despertó al sentir que la cama se sacudía como si hubiese un terremoto. Palpó a su lado buscando a Manolo, pero no estaba. Buscó el interruptor de la lámpara sobre la mesilla de noche y no lo halló.
—¡Manolo, enciende la luz! —exclamó.
La luz se encendió, pero no había nadie más en su habitación, lo cual no era de extrañar, pues tampoco estaba en su dormitorio. Confusa recordó que se había quedado dormida leyendo en su portátil unos relatos Breves-No-Tan-Breves. El ordenador tampoco estaba y eso le molestó más que la ausencia de su marido, al fin y al cabo, cuando se quedaba a ver un partido de fútbol, se dormía en el sillón viendo las “jugadas más interesantes” hasta el amanecer, mientras que ella se entretenía con el Facebook.
—¿Manolo dónde estás? —insistió.
Una voz varonil, que salía de algún lugar en el techo respondió:
—El teniente Brotóns está viendo el partido, capitana.
—¿Qué partido ni que niño muerto…? —se interrumpió—. ¿Has dicho “capitana”?
—La final de la Copa del Sistema Solar, señora. Se enfrentan el Real Marte contra el Atlético de Ganímedes.
—¿Y tú quién eres, si puede saberse?
—El ordenador central de la nave, capitana.
—Debo de estar soñando —dijo en voz alta.
—Es poco probable, capitana, sus ondas cerebrales indican que se encuentra en estado de vigilia —dijo la voz del ordenador.
Conchi soltó un bufido y se levantó de la cama. Entonces se llevó otra sorpresa pues, en lugar de ir vestida con su bata favorita de estar por casa, llevaba un uniforme, parecido a un pijama, que recordaba haber visto en una película de ciencia ficción.
—Seguro que estoy soñando. La culpa la tienen mi primo y sus amigotes escritores, que escriben esas cosas tan raras —añadió disgustada—. ¡Cuando lo pille le voy a estirar de una oreja y…!
En ese momento la habitación se volvió a sacudir y Conchi estuvo a punto de rodar por el suelo.
—Atención capitana, acuda al puente de mando —dijo otra voz distinta por el oculto sistema de megafonía—. Capitana se requiere su presencia en el puente de mando.
—¡Eh, esa debo de ser yo! —exclamó halagada por ser la capitana de… ¿de qué? ¿Un barco? ¿Un submarino?—. ¿Y por dónde rábanos se va al puente ese?
La puerta se corrió a un lado dejando a la vista un pasillo, pulcro y bien iluminado, por una pared se deslizaba una línea de puntos luminosos que parecía indicarle hacia donde debía de ir. Corrió en aquella dirección.
El puente de mando estaba lleno de gente con uniformes-pijamas de colores chillones: azules, rojos, amarillos... en todas las combinaciones posibles. Aquello seguía recordándole una película. Para ser un sueño esto está muy conseguido, pensó.
—¡Capitana en el puente! —gritó a su lado un tipo pálido tan estirado que parecía haberse tragado un paraguas.
En el centro de la sala había un sillón, que dominaba el recinto. Fue hasta él y se sentó. Justo enfrente había una serie de pantallas panorámicas en las que parecía que estaban emitiendo una película de ciencia ficción. En una de ellas una nave espacial de aspecto terrorífico disparó dos rayos de color verde… y la sala se sacudió, haciendo trastabillar a todos los que estaban en pie.
—¡Capitana —exclamó una joven morena, con aspecto oriental y orejas puntiagudas. En la pechera de su uniforme, junto a los que parecían galones militares había un nombre: Alférez T’Resa—, deberíamos devolver el fuego!
—¿Fuego? ¿Dónde? —dijo volviéndose hacia los lados.
—¡Que deberíamos dispararle, señora! —A pesar de la urgencia de sus palabras la chica no parecía agitada.
La nave atacante disparó de nuevo y todos rodaron por el suelo. Las luces parpadearon y saltaron chispas por todas partes.
—¡Capitana, han alcanzado el sistema de armamento! —dijo un joven con la piel de color azul y dos trompetillas por orejas.
—¡Estamos perdidos! —gritó al borde de la histeria una muchacha, que a Conchi le pareció la telefonista, porque tenía un pinganillo enchufado en la oreja.
—¿Qué coño estáis haciendo? —brotó la voz de Manolo por un altavoz—. ¡No me cortéis la luz, que no puedo ver el partido!
—¡Capitana —exclamó T’Resa—, la nave atacante nos llama!
—¿Y qué nos llama? —dijo Conchi bastante confusa.
—Nos llama por radio, señora —respondió la muchacha.
—Pues a ver qué quiere.
La imagen de la pantalla central mostró la cara de un alienígena, que se parecía a mucho su perrito Ronie, si este hubiese medido dos metros de altura y se hubiese vestido con un traje de samurai, claro.
—¡Ronie! —exclamó la capitana al verlo.
—¡Soy el capitán Ron Gos-Pelut! —bramó el desconocido—. No te atrevas a burlarte de mi utilizando ese un diminutivo ridículo o no tendré piedad y os lanzaré al espacio sin traje de vacío.
—¡Usted perdone, señor capitán Ronn…! ¡Ron, sólo Ron! —exclamó Conchi con su mejor sonrisa—. Es que se parece mucho a alguien que conozco y...
—Capitana, es Ron “Cara de Perro” —le susurró la alférez—, el pirata más cruel del Cinturón de Asteroides. Si no le damos lo que pide destruirá la nave.
—Bien señor… capitán Ron “cara de… ¡Caray! —exclamó cuando la orejuda le pellizcó en un brazo—. ¿Qué es lo que quiere?
—¡Quiero su cargamento! —ladró el alienígena—. Y sin trucos, le advierto que no habrá más disparos de advertencia, si no abre de inmediato la bodega para que mis muchachos saquen la carga, convertiré su nave en confeti espacial.
—No, por favor, no más disparos que luego hay que llevar la nave al chapista y cuesta un pico.
—¡Déjese de cháchara y abra la bodega! —bramó el pirata.
—Es que… la carga… ¿Está seguro que la quiere toda? —necesitaba ganar tiempo, aunque no sabía para qué.
—¿Qué parte no ha entendido capitana, la de abra la bodega o la de la nave reducida a confeti espacial?
—¡Vale, vale, un momento, que estamos buscando las llaves…! —dijo y se volvió hacia la alférez—: ¡Oye… —miró el letrero en el uniforme— …Teresa…
—T’Resa, capitana.
—Pues eso, vale… esto dime, ¿qué carga llevamos?
—Comida para perros marcianos, capitana.
—¡Ah, entonces está claro que ese Ron tiene hambre! —dijo Conchi y se rió a mandíbula batiente.
—No debe tomarse a broma las amenazas de Ron “Cara de Perro”, señora —le susurró la orejuda.
—Se acerca otra nave, señora —dijo el de las trompetillas por orejas.
—¡Rábanos, ahora sí que estamos perdidos! —exclamó Conchi.
En una pantalla lateral apareció una nave, fea pero robusta, que se acercaba a una velocidad suicida haciendo acrobacias para evitar los disparos de la nave pirata.
—Capitana —dijo la telefonista—, recibimos una transmisión muy extraña de la nueva nave.
—¡Más extraña que todo lo que está pasando desde que me desperté no puede ser! —exclamó Conchi poniendo los ojos en blanco—. ¡Ponlo que se oiga!
El puente de mando se llenó de música o no, según se mire.
—¿Qué es eso? —preguntó la capitana—. ¿Es música de misa?
—Son cantos gregorianos, señora —respondió alguien.
Las naves piratas se disparaban entre si y parecía que se habían olvidado de su presa, sin embargo, estaba claro que se estaban disputando quién saquearía la nave de carga.
—¡Qué bonito, parecen fuegos artificiales! —exclamó Conchi.
—Desde un punto de vista estético tal vez —dijo la alférez—, pero el potencial energético de los rayos Flasser es de diez elevado a ciento setenta y cinco electrón voltios.
—Pues quedan muy chulis —insistió la capitana. La alférez suspiró resignada. No soportaba a los humanos, eran unos seres imprevisibles y caóticos.
—¡Eh, ya está bien de jugar! —exclamó la voz de Manolo—. ¡Me estáis haciendo interferencias en la tele justo ahora cuando van a tirar los penaltis!
¡Otro que tal!, pensó la alférez, ¿por qué el alto mando me enviaría a una nave de locos como esta? En primer lugar el nombre de la nave: “Botijo Errante” era ridículo. En segundo lugar la tripulación parecía sacada de una comedia de serie B.
En la pantalla la primera nave pirata puso los motores en marcha y se alejó, perseguida por la otra nave.
—Pues creo que es hora de irnos —le dijo la alférez T’resa a la capitana en voz baja.
—¡Vaya que sí! Vámonos de aquí cagando leches —dijo Conchi—. ¡A todo trapo timonel!
—¿Eh? —preguntaron a la vez media docena de tripulantes.
—La capitana ordena que pongamos rumbo 7-2-5 punto 3, a medio impulso y warp en veinte segundos —aclaró la alférez.
—¡Ah! —respondió la media docena de tripulantes.
Se encendieron los motores de la nave, que salió disparada a toda la velocidad que era capaz de desarrollar, es decir, no la suficiente para huir de los piratas que se disputaban el botín.
—¡Capitana, los piratas han dejado de pelearse y vienen juntos a por nosotros! —gritó el tipo azul con las orejas de trompetilla.
—¡Pues darle caña al güarp ese de una puñetera vez! —exclamó agarrándose a los brazos del sillón.
—¡Pero capitana —exclamó alguien— el condensador de fluzzo no aguantará tanta presión!
—¡Pues te sientas encima y lo aguantas! —ordenó Conchi, como si estuviera segura de lo que decía.
La nave comenzó a traquetear, amenazando con desarmarse de un momento a otro, sin embargo…
—¡Nos disparan torpedos de protones! —exclamó el mismo alguien de antes.
—¡Velocidad warp en cinco segundos! —informó el encargado de informar esas cosas en momentos de crisis.
—¡Nos alcanzan los torpedos! —informó el operador del radar.
—¡Warp en: tres, dos, uno…! —contó la alférez T’resa.

Aquí debemos hacer un alto en la narración para que el lector comprenda lo que sucedió a continuación, pero sería una explicación larga y tediosa, por lo que sólo diremos que, al tiempo que el “Botijo Errante” entraba en velocidad warp, la onda expansiva de la explosión los torpedos de protones generó una onda de choque que, desplazándose en cinco dimensiones y media, impactó en un ángulo obtuso-confuso contra la ola de espacio-tiempo, que se plegaba sobre sí misma en la décimo octava dimensión para franquear el paso a la “Botijo Errante” al hiperespacio. El efecto resultante, llamado “Efecto de la gelatina de fresa sobre un zapato de claqué en trayectoria de impacto contra una coliflor en el campo del Mestalla en día de rebajas” —por favor, que nadie pregunte por qué se le denominó así—. Así fue como una milmillonésima de segundo después…

—¡¡Manoooolo, los torpedooooos! —gritó Conchi con tanta fuerza que se quebraron algunos cristales y al canario del vecino le dio un infarto.
—¡Pero qué pasa! ¿Estás loca? ¡No grites más, que no me dejas ver los penaltis! —Manolo entró en tromba vestido con unos gallumbos con el escudo del Hércules C.F. y un bote de birra en la mano.
—¡¡Torpedoooos!! —volvió a gritar Conchi y del susto Manolo espachurró el bote de birra, que le saltó a la cara.
—¡Pero qué torpedo ni que niño muerto! ¿Y qué haces vestida con ese pijama tan ridículo! —dijo Manolo limpiándose la cerveza de la cara.
—¿Pijama? —Conchi se miró de arriba abajo, se quedó pálida y se sentó en el suelo—. Esto es mi uniforme de capitana… —balbució anonadada.
—¡Anda, vete a la cama y no leas más cuentos del grillao de tu primo José Vicente, que luego te dan pesadillas! —dándose media vuelta Manolo volvió a su televisión y sus penaltis—. ¡Y no te compres más pijamas raros en bazar chino de la esquina!
Tras él fue el perrito Ronnie, lamiendo las gotas de cerveza que caían al suelo.

¿Habrá sido realidad o sólo un sueño? ¿Volverá Conchi a capitanear el Botijo Errante? ¿Conseguirá Ron “Cara de Perro” el botín que con tanta ansia desea? No se pierdan el siguiente capítulo de esta apasionante saga.

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