11 de enero de 2009

¡QUIERO MI PISTOLA DE RAYOS!

¡QUIERO MI PISTOLA DE RAYOS!

Carta desde más allá del futuro.

José Vicente Ortuño

Hace miles de años, en la lejana edad de piedra, a uno de nuestros antepasados dijo a su familia que a la mañana siguiente saldría de caza y que mataría un gran bisonte del que podrían comer carne durante meses. Esa noche, sentado junto a una hoguera, asaba la escuálida liebre que había atrapado —los bisontes no se habían dejado cazar—. Sin embargo, a pesar del fracaso y la magra presa cobrada, nuestro troglodita estaba emocionado. Había estado pensando en que, un día no muy lejano, sus descendientes dispondrían de armas que matasen de lejos, que les permitirían cobrar las piezas sin peligro. Sus familiares y vecinos de tribu se rieron de él. Sabían que, por muchas piedras que le lanzasen a un bisonte, jamás podrían matarlo. Pero nuestro amigo los llamó ignorantes y comenzó a explicar que esas hipotéticas armas se lanzarían a mucha velocidad y se clavarían en el animal, hiriéndolo de muerte. Entonces el cazador podría cobrar su presa sin riesgo alguno.

No sabemos si al final nuestro cazador cavernícola consiguió inventar la lanza o algún otro más espabilado le plagió la idea, pero sí que sin proponérselo había concebido la ficción especulativa.

Cuando leí “La pistola de rayos” (The Zap Gun), escrito por Philip K. Dick en 1967, me asaltaron recuerdos de infancia, reminiscencias de libros, películas y series de televisión de los años sesenta —del siglo XX, claro—, que especulaban con distintas visiones del futuro. Pero lo que me resultó chocante de “La pistola de rayos” fue se desarrolla en el año 2004, un futuro muy lejano en 1967, pero algo ya caduco para nosotros. ¡Mira por donde, si ya vivimos en el futuro! Pero, ¿es este el futuro que habíamos imaginado? ¿Qué ha pasado, dónde está ese mundo maravilloso que debía rodearme? ¿Me equivoqué al doblar alguna esquina y estoy en el universo equivocado?

En el año 1967 yo me preguntaba cómo sería el año dos mil y calculaba cuántos años tendría en ese lejano futuro. Entonces sólo tenía nueve años y me encantaban las series de televisión: Star Trek, Viaje al fondo del mar, Thunderbirds, Meteoro submarino, Capitán Escarlata, El túnel del tiempo, etc. En ellas se nos revelaba un futuro lleno de maravillas tecnológicas, que excitaron mi imaginación.

Hoy repasé mis recuerdos de infancia, los comparé con el presente, y descubrí que, en algunos aspectos, hemos rebasado las expectativas tecnológicas de la literatura de anticipación de los años sesenta.

El futuro ideal con el que soñaba era el de en la serie de dibujos animados “Los Supersónicos” (“The Jetson”): casas automatizadas, ropas con alerones, aros y antenas, chacha robótica, videoteléfono, aeromóvil, aceras rodantes, armas energéticas y otras mil cosas alucinantes. Veamos algunas de esas maravillas que las historias de anticipación conjeturaban y comprobemos cuales se han hecho realidad.

En la década de los sesenta se creía que en el siglo XXI andaríamos todos vestidos con trajes de astronauta —preferiblemente plateados y ajustados—. Nunca llegué a saber para qué puñetas los íbamos a necesitar. Aunque tal vez deberíamos llevarlos en la actualidad para defendernos de la polución, la radiación ultravioleta, los virus que pululan por la atmósfera y el olor corporal ajeno en los transportes públicos. En las películas veíamos a la gente del futuro con ropa ajustada, escasa de tela, de colores chillones y formas estrafalarias, con enormes hombreras, casco, botas y accesorios a juego. La verdad es que no me imagino un vagón de metro actual, en hora punta, atestado de gente con hombreras puntiagudas y casco con antenas. Por fortuna la comodidad ha prevalecido. La ropa ajustada, aunque está de moda, es opcional y sólo la suelen llevar quienes tienen buena figura; o no les importa ir enseñando la barriga cervecera. Particularmente agradezco que los cuarentones con exceso de peso —como un servidor—, no nos veamos en la obligación de llevar uniforme de la Flota Estelar. Claro que cuando me miro en el espejo vestido con mis bermudas y mi camiseta de La Legión del Espacio, veo que en cuanto a ser estrafalarios nos hemos superado.

Si hay un complemento perfecto para el traje futurista es, sin lugar a dudas, la pistola de rayos. En las novelas y películas hemos visto distintos modelos: el clásico láser, el startrekiano fáser o la consabida pistola desintegradora, sin especificar si de protones, de rayos gamma o alguna otra exótica emisión de energía. No vamos a hablar de las improbables espadas láser, puesto que las películas en las que aparecen pertenecen a las siguientes décadas. Sobre la posibilidad de existencia de este tipo de artilugios de destrucción, y según he visto recientemente en un documental —¡gran invento la televisión por cable!—, las investigaciones están todavía en pañales. Se han construido cañones láser que distan mucho de ser útiles en la práctica y cuyos resultados, por suerte, dejan mucho que desear. Hay armas de pulsos electromagnéticos pero tampoco parecen ser demasiado útiles. Recordemos que en la ficción las armas de rayos servían para defenderse de los malvados alienígenas feos y viscosos, que abrían invadido la Tierra con intenciones malévolas, como secuestrar mujeres esculturales de escotes generosos y muslos bien torneados. Es posible que estos seres ya anden pululando por aquí —últimamente veo por mi barrio algunos tipos bastante extraños—, aunque dudo mucho que a ninguna raza extraterrestre le apetezca visitarnos —más que nada por miedo a pillar la gripe del pollo o la enfermedad de las vacas locas—. Pero, si se les ocurriese hacerlo, no creo que representen para la humanidad un peligro mayor del que somos nosotros mismos. Recordemos que hay bastantes armas por el mundo como para destruir el planeta entero varias veces.

Pensando en las armas me causa pavor imaginar a un vetusto Charlton Heston enarbolando un fusil desintegrador, arengando a los miembros de la “Asociación Nacional de Chulos Pistoleros y Matones de Mierda Norteamericanos”.

Pero mejor cambiemos de tema. Me decepciona haber llegado al futuro y que todavía no disfrutemos de coches voladores, que han sido uno de los recursos más utilizados en la ficción especulativa. Es raro el autor que no los haya introducido alguna vez en sus historias; aunque sea de pasada. Estaría bien tenerlos, pero reconozco que no serían demasiado prácticos. El principal inconveniente sería que, el caos que hoy en día se desarrolla en el asfalto, se trasladaría sobre nuestras cabezas. Miedo da pensar en un aeroatasco o en lo que sucedería si a uno de esos vehículos se le calara el motor y cayese en picado. Además, es escalofriante imaginar en como los pilotarían esos jovenzuelos que hacen chirriar las ruedas al salir de los semáforos, mientras aturden al prójimo con ese ruido insoportable llamado reggaetón en su equipo de 5000 vatios a todo volumen. También aumentarían el número de víctimas respecto a los vehículos de superficie, pues en un accidente de aeromóvil no valdrían de mucho ni el ABS ni los air bags. La campaña de la Dirección General de Tráfico sería: “No podemos ponernos el paracaídas por usted”. Aunque tal vez, en lugar de paracaídas, en los aeromóviles vendría de serie un chaleco salvavidas; como en los aviones. Y sería tan inútil como en estos.

De todas formas —y a pesar de los inconvenientes—, es deprimente que, en pleno siglo XXI, los automóviles se vean obligados a arrastrarse sobre el suelo quemando combustibles fósiles y jodiendo la atmósfera. De acuerdo, parecen platillos volantes si los comparamos con los de la década de los 60. Cualquier utilitario tiene ordenador de abordo, que lleva un control del consumo de gasolina y de los kilómetros recorridos. Indica si hay alguien sentado en un asiento y si se ha abrochado el cinturón. Si en el asiento del pasajero no hay nadie desactiva al air bag de ese lado. Si hay una puerta abierta, o estás tan despistado que intentas bajarte con el cinturón puesto, lo indica con luz y sonido. Si es de noche se encienden las luces de forma automática y si llueve se activa el limpiaparabrisas. Y otro montón de gadgets que hacen feliz y a veces desconciertan al propietario. Pero todo ello está orientado hacia el confort y la seguridad, de forma que en caso de accidente los daños sean mínimos. Sí, todo eso está muy bien, pero no vuelan.

Hablando de accidentes y sustancias perjudiciales para la salud, ¿quién recuerda esa especie de “salero con lucecitas” que usaba el Dr. McCoy en Star Trek? Como sufrido usuario de la Seguridad Social estoy deseando que pronto alguien invente ese maravilloso artilugio, que permitirá diagnosticar y curar cualquier enfermedad sin necesidad de tener que rajar a la gente y hurgarles en las tripas. ¿Y para cuándo ese aparato para poner inyecciones sin aguja? ¿Veremos pronto el tricorder médico, que haga innecesaria la molesta extracción de muestras para análisis, las radiografías, las resonancias y demás? ¿Cuándo podré sustituir a mi antipático e inepto médico de cabecera por un Dr. Holográfico? Si mi HoloDoctor me recetase pastillas para el flato para mi hernia inguinal —como me hizo el matasanos de carne y hueso—, podría desconectarlo, borrarlo o reprogramarlo. Indudablemente sería más elegante que usar una motosierra para librar a la humanidad del legado genético del incompetente galeno de carne y hueso.

Pero mejor dejo mis sádicas fantasías de venganza sanitaria y vuelvo a poner mis pies en la tierra, o en otro de los inventos muy comunes en las novelas de anticipación: las aceras rodantes. Sería una forma de desplazarse cómoda y sin esfuerzo. Todo muy bonito, pero les encuentro un inconveniente: Si las aceras normales y corrientes se ven minadas por millones de cagadas de perro, no me gustaría que las aceras rodantes las paseasen por toda la ciudad. Por ahora puedo andar relativamente tranquilo, con mi sentido anti-caca conectado, aun a costa de desplazarme como si tuviera el baile de san Vito, para evitar las “minas”. Sería terrible que el “campo minado” se moviese y al pasar de una acera rodante a otra, tuviésemos que hacer acrobacias para esquivar las “gracias” de los chuchos.

Pero mejor que las aceras rodantes sería poder trasladarse de forma instantánea de un lugar a otro con otro de los ingenios cienciafictícios que echo de menos: el teletransportador. Muy bonito pero, si lo pienso detenidamente, no me haría demasiada gracia que desintegraran mi cuerpo para mandarlo a otro sitio convertido en partículas subatómicas. Me estremezco con sólo pensar en ser transmitido por banda ancha, junto con archivos mp3 y videos porno. ¿Y si se mezclasen los datos por el camino? Aunque tal vez no me disgustaría que me reintegrasen con los atributos de Rocco Siffredi y la voz de Tom Jones.

Otro factor en contra del teletransporte sería que perderíamos los grandes placeres inherentes a los viajes, como ver el paisaje por la ventanilla o parar en un área de descaso para echar una meada. En la “La pistola de rayos” los personajes, utilizan fantásticos aviones que vuelan a varias veces la velocidad del sonido. En pocos minutos viajan de parte a parte del planeta. Hoy no hemos llegado a tanto, pero es indudable que la velocidad y la capacidad actual de transporte de pasajeros es impresionante. Sin embargo, para hacer un viaje de treinta minutos, todavía tenemos que perder ocho horas haciendo colas en el aeropuerto, ya sea para facturar el equipaje, para recogerlo, o para reclamar que nos lo han perdido. Si en la actualidad se pudiese viajar a la Luna, a Marte o a los satélites de Júpiter, ¿dónde iría a parar el equipaje que se pierde? ¿Al cinturón de asteroides, a la nube de Oort o al cúmulo globular Akasa-Puspa? Para calcular los retrasos en las salidas, ¿habría que tener en cuenta la dilatación relativista del tiempo? ¿Los auxiliares de vuelo serían tan antipáticos? ¿Habría gravedad artificial en los retretes de las naves de pasajeros? ¿Nos explicaría también la azafata la forma de ponernos los chalecos salvavidas, por muy inútil que resulte uno de ellos en el vacío del espacio? ¿El menú sería tan malo como el de los aviones actuales? ¿Sería también comida sintética o replicada.

Hablemos del Replicador, ese gran invento que nos provoca otro montón de dudas: ¿Nos atreveríamos a comer algo integrado por átomos procedentes de basura reciclada, de pelusas aspiradas de debajo de la cama, de uñas cortadas o de esas albondiguillas que se generan entre los dedos de los pies? ¿El pollo replicado podría pillar la gripe aviar? ¿Se podría programar en el replicador una paella con socarrat? ¿Provocaría flato la fabada replicada? Por si acaso yo prefiero un buen bocadillo de jamón y queso hecho a la manera tradicional.

El Replicador simplificaría mucho el equipamiento de las cocinas del futuro y por extensión del resto de la vivienda. No tendríamos que bajar la basura, sino desintegrarla y guardar la energía resultante para hacernos la cena. En lugar de gastar un montón de litros de agua cuando vamos al retrete, recargaríamos las baterías un poco más, ya que, al contrario que en la actualizad, sería mucho más ecológico tener colitis crónica que estreñimiento pertinaz.

Pero dejemos la escatología futurista y repasemos como deberían de ser nuestras viviendas, vistas desde cuarenta años atrás. Se suponía que íbamos a vivir en ciudades cubiertas por enormes cúpulas geodésicas. No digo que no queden bonitas, pero imaginaros lo que sería vivir siempre en una pecera con aire acondicionado, y en lo que subirían los impuestos para pagar la limpieza de tantos cristales. ¡Una lata! También nos describían ciudades subterráneas, semejantes a hormigueros —ideales para los agorafóbicos—, o bajo el mar, de nuevo bajo cúpulas de cristal.

Por fortuna no existen todavía esos edificios monstruosos de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick. Las juntas de vecinos se parecerían manifestaciones antiglobalización y serían más caóticas que una sesión del parlamento coreano. Pero lo más llamativo sin duda podrían ser las ciudades flotantes y las estaciones espaciales. Creo que todos soñamos alguna vez con visitar la bonita “rueda” que Arthur C. Clarke describe en “2001 Odisea Espacial” Pero viendo los precios de las viviendas en la actualidad, más vale no pensar qué nos cobrarían por un apartamento en la Luna o un adosado en una ciudad submarina con vistas a un banco de atunes.

Pero para construir todas esas obras inmensas no bastarían los inmigrantes, procedentes de lejanos sistemas solares, que irían llegando a nuestro planeta a bordo de pateras y cayucos espaciales. Por muy bien preparados que viniesen no estarían capacitados para trabajar en el vacío del espacio o las procelosas profundidades del océano. Para ello necesitaríamos robots.

Aquí tenemos otro fallo de la literatura de anticipación: la robótica. En la actualidad no hay —ni se espera que los haya en breve— robots como los que veíamos la película “Planeta prohibido”, en la serie “Perdidos en el espacio” o en las novelas de Isaac Asimov, Philip K. Dick o Barrington J. Bayley. Lo más parecido a ellos son unos tristes remedos con menos inteligencia que un pez de colores. Artefactos cuya única utilidad es hacer demostraciones en las ferias de tecnología y que sólo causan asombro entre los que ignoran que, a la Inteligencia Artificial, sería más correcto denominarla Estupidez Artificial.

Lo cierto es que ninguno de los robots actuales se parece al fiel R. Daneel Olivaw de Asimov, o al sabio Jasperodus de Bayley. Pero por suerte tampoco se asemejan a los temibles replicantes de Philip K. Dick. Como no es probable que se construya ninguno como esos por ahora, seguiremos haciendo las cosas por nosotros mismos; nos cansaremos más, pero tendremos una excusa para dormir la siesta.

¡Pero todo no son decepciones tecnológicas! Mientras circulamos con nuestros vehículos terrestres, andamos por aceras de hormigón o utilizamos el horno de microondas, disfrutamos de muchas maravillas. Las telecomunicaciones sí que han superado lo esperado. No tenemos el transmisor subespacial pero en cambio casi todo el mundo lleva un teléfono móvil en el bolsillo. Ese pequeño artefacto ha dejado en ridículo al patético comunicador de las series de Star Trek, ese cacharro que parecía el cruce entre una polvera y un colador, o a esa triste insignia que había que golpear para que se activase.

El teléfono móvil ha superado incluso lo previsto para el siglo XXV. En el mismo aparato, que cabe en la palma de la mano, llevamos cámara de fotos, de video, reproductor y grabador de audio, televisor, radio, juegos y un puñado de servicios más o menos útiles, mientras que los aguerridos exploradores de Star Trek no tenían más que la simple chapa-comunicador, sin cámara de fotos o video, ni mp3, ni politonos, ni videoconferencia, ni nada de nada. ¡Un asco vamos! También se quedó obsoleto el dispositivo de manos libres que utilizaba la teniente Uhura de Star Trek, aquella alcachofa cromada que llevaba metida en la oreja. Semejante mostrenco se ha visto convertido en una pieza de museo ante los actuales dispositivos manos libres bluetooth, pequeños, bonitos y con luces maravillosamente futuristas.

No merece ningún comentario el obsoleto laringófono que utilizaban en la serie Viaje al fondo del mar y que no creo que nadie con buen gusto haya querido usar jamás.

Pero hay otro artilugio interesante utilizado en las series de Star Trek, es esa especie ordenador de portátil que llamaban PADD (Personal Access Display Device) y que, según datos fiables, será utilizado por la Flota Estelar a partir del año 2151. Pues bien, como todo el mundo sabe, en 2007 tenemos los Ordenadores Personales Portátiles, los PDA, los Pocket PC, etc. Todos ellos han superado las expectativas de la narrativa conjetural de los años 60. Los PDA no sólo son pequeños ordenadores de bolsillo, sino que integran Teléfono, Internet, GPS, juegos, agendas, etc. ¡Cuántos aventureros de película, perdidos en planetas desiertos, hubiesen querido tener uno de estos! Pues, si bien no les hubiese sacado de apuros, al menos se habrían distraído jugando al Sudoku o escuchando su música preferida; mientras morían de forma miserable en algún planeta lejano.

Casi se me olvidaba hablar los dispositivos de almacenamiento. En la serie original de Star Trek utilizaban unas enormes fichas de colores, que introducían en ranuras como buzones, que había junto a los terminales del ordenador. En otras películas veíamos, como lo último en tecnología futurista, gigantescos ordenadores semejantes a una convención de armarios roperos. Esos catafalcos informáticos usaban fichas perforadas o rollos de cinta magnética del tamaño de una pizza. Por fortuna hemos superado las tarjetas perforadas y las cintas magnéticas, también los disquetes en sus múltiples variantes y tamaños, así como los dispositivos de almacenamiento ópticos. Hoy casi todo el mundo lleva su memoria USB portátil en el bolsillo, ya sea para tener a mano las fotos de la familia o del perro, el último video porno descargado con el e-mule o, como en mi caso, la base de datos de mis libros y las estupideces que escribo.

Para terminar este paseo por el futuro comentaré un último detalle: mi ordenador, aunque es capaz de emitir sonidos, es incapaz de hablar por sí mismo. Eso no sé si me decepciona porque —aunque me encantaría que me hablase con la seductora voz de Marjel Barret— es posible que prefiera el silencio de la máquina, a que me recrimine por mis errores humanos o que me recuerde con ironía que el software que tengo instalado es ilegal.

En resumen, que he llegado al anhelado futuro de mi infancia. No sé si alegrarme o sentirme defraudado pues, aunque podemos disfrutar de muchas maravillas tecnológicas, no son lo que yo esperaba. Pese a todos los electrodomésticos que llenan nuestra casa, mi esposa echa de menos la chacha robótica, que se suponía iba a encargarse de las faenas de casa. Yo tengo un automóvil más inteligente que quien lo conduce, equipado con un centenar de gadgets bastante útiles, sin embargo, todavía no vuela. Pero sobre todo, lo que más me gustaría es tener mi propia pistola de rayos.

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