12 de junio de 2006

EL ARCHIVERO

EL ARCHIVERO

 Si hace tiempo que no actualizo mi blog no es porque haya dejado de leer libros, sino por falta de tiempo para escribir los comentarios. Pero hoy, para celebrar mi cuadragésimo octavo cumpleaños, voy a hacer un hueco y contaré algo de mi trabajo. Como casi todo el mundo sabe soy funcionario. Trabajo en la Delegación del Ministerio de Defensa en Valencia. Pero ya no estoy atendiendo al público, como cuando escribí mi comentario: “¡Información dígame!” , sino en el Archivo del Área de Reclutamiento.
El espacio libre de estanterías del Archivo es un pasillo con una puerta a cada extremo. Una de ellas tiene un muelle que la cierra de forma automática, pero la otra no. Mi perpetua lucha es conseguir que todo el que entre la deje tal y como la encontró, pero no es posible. Ni siquiera sirve de algo poner carteles indicadores, porque la gente no lee los rótulos aunque se encuentren frente a sus narices —es un hecho que he comprobado para mi desesperación—. Pero ¿por qué esa puerta no tiene un triste muelle para cerrarse? Muy sencillo, cuando pedí los muelles sólo instalaron uno. ¿Qué motivo me dieron? Que el Ministerio no tenía dinero para comprarlo. En cambio sí que tuvieron para comprar docenas de caros maceteros con plantas artificiales, que convirtieron en una selva lujuriosa el pasillo del piso de arriba. Ese cálido piso de arriba, con aire acondicionado, por donde pululan los jefes en mangas de camisa todo el año, mientras un servidor —que no debe pertenecer a la raza humana— en invierno sufre un frío del carajo a causa de las corrientes de aire y el frío que entran, desde el patio adyacente, cada vez que alguien abre la puñetera puerta. Pero supongo que los maceteros son muy necesarios, igual que regar el jardín a diario, hacer estúpidos folletos de propaganda y comprar langostinos para que almuerce el ministro. Ya puestos a adornar el pasillo, podían haberse estirado un poco más y haber puesto unos guacamayos y unos monos, que darían algo más de vistosidad al lugar.
Cada día circulan por el Archivo un montón de gente desocupada rumbo a la máquina del café o al patio, único lugar donde se les permite fumar. Aprovecho para dar las gracias al Presidente Zapatero: ¡Gracias Presidente por la prohibición de fumar! Ahora puedo respirar mejor. Antes pasaban mis supuestos compañeros fumando sin ningún respeto por mis pulmones, a pesar de saber que soy alérgico al tabaco.
Pero ahora le pediría a nuestro amado Presidente que hiciese otra ley, una que obligase a ir duchado, perfumado y con abundante desodorante bajo los alerones. Supongo que los políticos, por la necesidad de dar buena imagen, van todos bien lavados y peinados y se cambian de ropa todos los días —aunque siempre parezca que llevan el mismo traje—. Por eso no legislan contra la falta de higiene, porque no tienen que aguantar, como yo, individuos con peste crónica y que huelen como si estuviesen muertos. Con ese olor rancio y denso que sigue a su dueño fielmente dos o tres metros tras él. Olores con personalidad y cuerpo propios que, faltos de otra cosa que hacer, se quedan un rato remoloneando por donde ha pasado su amo, incordiando las pituitarias ajenas. Esos guarros, que huelen como zombis y que no dudan en compartir sus miserias corporales, deberían de estar prohibidos y ser considerados armas biológicas de destrucción masiva.
Pero hay otros seres ambulantes que tampoco desearía soportar: los que al pasar por el Archivo me dan una palmadita, una colleja o que me tocan el culo. ¿No comprenden que violan de forma flagrante mi espacio vital? ¿Por qué no se dan palmaditas en los cojones o le tocan el culo a su puta madre? ¿No les basta con irrumpir violentamente en mi área de trabajo y generar corrientes de aire, o dejar sus estelas de olor a sobaco corrupto, que tal parece que se estén descomponiendo?
Otra plaga que me acosa es la gente que se cree obligada a decirme algo al pasar, cualquier cosa, en general una gilipollez como:
—¿Qué tranquilo estás aquí, no?
—¡Qué bien vives!
—¿Viste el partido de ayer?
—¿Por qué no quemas los expedientes?
—¿Hoy no tienes ayudante?
—¿Hoy te han dejado solo?¿Cómo les digo que no puedo estar tranquilo sentado en un pasillo? Que por eso no vivo bien y que cada día la mala leche me va aumentando a lo largo de la jornada. Que el fútbol me importa lo mismo que las costumbres de apareamiento del mejillón salvaje de la fosa de las Marianas. Que, si fuese posible, ya hace tiempo que habría quemado los expedientes. Que la ayuda que me dan no sirve prácticamente para nada. Que me gustaría trabajar solo y tranquilo “de verdad”. ¡¡Y que me dejen en paz, coño!!
Pero ¿en qué consiste mi trabajo? Esa importante labor por la que me pagan un sueldo de mierda. Pues muy sencillo, básicamente en quitar grapas. El Archivo contiene los ciento veinte mil expedientes de todos los valencianos que no han hecho el servicio militar por cualquier causa: prófugos, objetores, exentos por enfermedad, muerte u olvido. Mi trabajo actual consiste en preparar esos expedientes para su envío al Archivo General, donde dormirán el sueño de los justos por toda la eternidad. Hay que puntualizar que están separados por año y localidad de nacimiento, lo que obliga a unificarlos utilizando una pequeña lista de dos mil quinientas páginas. Pero lo más importante es que ninguno de esos mugrientos papeles debe contener grapas, clips ni objeto metálico alguno. Haciendo unos pequeños cálculos: si cada expediente tiene una media —tirando por lo bajo— de cinco grapas, al final de la movida habré quitado más de seiscientas mil. Si cada día se las quito a trescientos expedientes, me quedan más de cuatrocientos días laborales para eliminarlas todas. Luego queda el resto del trabajo. Entonces la pregunta es: ¿Me jubilaré antes de acabar?
Pero no todo es malo en mi trabajo. Tardo diez o doce minutos en llegar en metro. Está en una avenida bien ajardinada. Tengo un buen horario y compañeros excelentes. Además, mientras quito grapas clavadas con saña —ya sea con un quita grapas industrial o a pellizcos, ya que el papel se queda igual de roto—, puedo pensar y escuchar música. Tengo una radio. Es mía, por supuesto, el Ministerio no tiene dinero para radios —pero sí para que algún ministro en su día tuviese un piano en su despacho—. Mientras oigo la interminable música de M80 Radio, tengo tiempo para pensar y pergeñar mis historias. ¡Qué bien vivo, caramba!

8 comentarios:

Raquel dijo...

Eeesto... pedazo desahogo, ¿no? :)
¡Y feliz cumple!

Innsmouth dijo...

No soy violento, eso lo dejo para mis historias y para los sueños sádicos que me produce mi trabajo... pero si necesitas ayuda para hacerle tragar las grapas a alguien, chico, pide y ya veremos por donde se las metemos.

Bueno, felicidades, muchas felicidades...

y recuerda, siempre nos quedará la literatura, las mujeres y la buena mesa

José María

R. Mármol dijo...

¡¡Felicidades!! (por la onomástica)

El funcionariado cada vez más me parece un ecosistema independiente al resto del universo y cada historia que escucho de sus habitantes me lo confirma.

Me encantan estas entraditas de desahogo que pones de vez en cuando. Supongo que por tu forma de escribir. :)

Sergio Gaut vel Hartman dijo...

Yo no saludo a nadie por su cumpleaños porque pienso que a los amigos se los celebra todos los días. Pero en tu caso voy a hacer una excepción. ¿En qué consiste la excepción? Pues en esto, hombre, ¿no se nota?

Saludos.

Chelo dijo...

Pues muchas felicidades a otro géminis como yo XD

Anónimo dijo...

Hola José, muy feliz cumpleaños y no te amargues por el trabajo ese, siempre nos queda la venganza de convertir a nuestros superiores y algún que otro colateral molesto, en personajes de ficción, je...María del Pilar

mar ferrer dijo...

¡FELICIDADES, José Vicente! :D


Quien lo iba a decir, tanto tiempo por aquí conversando y ahora me entero que tenemos algo más que el taller en común... compartimos profesión, jeje

Un consejito: el mejor quitador de grapas del mundo mundial es el tapón del boli bic (gran herramienta multiusos). No te estreses, pruebalo y ya me dirás.

David dijo...

A ver, ¿qué me ha producido esta entrada? Agobio, risa, vergüenza ajena (no por ti, sino por los olorosos), más vergüenza ajena (esta vez por los gilipoyas que preguntan cosas cuando pasan por tu lado, que no deben tener otra cosa que hacer).

Al final todo depende de tu estado de ánimo, supongo. El día que te levantes benevolente, se te ensanchará la cara con tanta sonrisa forzada; el día que no, chorrito fresco en los cojones hinchados.

Pero tú tranquilo y a vivir, que son dos días.