4 de diciembre de 2005

Trilogias y comidas.

Después de unos días de recuperación postoperatoria, casi vacacionales, recupero la finalidad principal de esta bitácora, el comentario de libros. Como no hay mal que por bien no venga, me he pasado muchas horas tumbado leyendo, placer que, como el sexo, nunca se practica suficiente. Como sabía que iba a tener tiempo libre, acometí la largo tiempo pospuesta lectura de los dos últimos volúmenes de la trilogía de Lyonesse de Jack Vance, La perla verde y Madouc.
Así como el primer volumen, El jardín de Suldrun, me pareció realmente bello con esa triste historia de amor entre Suldrun y Aillas, el segundo entretuvo y mantuvo interesado con las aventuras y batallas de Aillas y Shimrod el mago. Pero el mejor es el tercero, protagonizado por la traviesa e irreverente princesa Madouc que, en busca de su ignoto linaje, lucha contra todos los obstáculos que se le ponen por delante con su especial forma de ver el mundo.
Es sabido que no he leído demasiada fantasía, soy más de ciencia ficción, pero tras las últimas lecturas de George R.R.Martin y Jack Vance, he descubierto el motivo por el cual las sagas fantásticas se extienden por trilogías y trilogías de trilogías: la comida. Sí, he dicho la comida. Si los autores no se empeñasen en describir con extremo detalle todo lo que desayunan, comen, meriendan, cenan y pican entre horas los personajes, los libros serían mucho más cortos. No diría lo mismo de las descripciones de los vestidos o la apariencia de los mismos, ya que eso nos ayuda a conocerlos, pero ¿de qué nos sirve saber que el protagonista ha desayunado? Especialmente si son menús como este:
“Salmón remojado en vino, un guiso de pitorra, cebollas y cebada; cabeza de oveja hervida con perejil y pasas; patos asados con un relleno de aceitunas y nabos; un anca de venado en salsa roja; y un postre a base de quesos, lengua en salmuera, peras y manzanas.” (Fragmento de Madouc).
Evidentemente los argumentos se verían seriamente afectados si no hubiese párrafos como este:
“Durante días llegaron carromatos de todas las procedencias, cargados con sacos, tiestos y cajas, bacías de pescado en salmuera; bastidores con salchichas, jamones y tocino; barriles de aceite, vino, sidra y cerveza; canastos cargados de cebollas, nabos, repollos, puerros; también paquetes de plantas, perejil, hierbas dulces y berro. Las cocinas trabajaban día y noche, y las estufas jamás se enfriaban. En el patio de servicio, cuatro hornos construidos para la ocasión cocían crujientes hogazas, panecillos de azafrán, tartas de fruta, así como pasteles mechados de pasas, anís, miel y nueces, e incluso canela, nuez moscada y clavo de olor. Uno de los hornos sólo preparaba pasteles y tortas, rellenas de carne y puerros, o liebre condimentada y bañada en vino, o puerco con cebollas, o lucio con hinojo, o carpa en una salsa de eneldo, mantequilla y setas, u oveja con cebada y tomillo.” (Fragmento de Madouc).
En fin, me alegro de no haber vivido en aquellos míticos tiempos heroicos, so pena de acabar con una indigestión tras otra.

El próximo comentario lo dedicaré a El anacronópete de Enrique Gaspar, la novela que en 1887 describió por primera vez una máquina del tiempo.


1 comentario:

Fran Ontanaya dijo...

A mí me encantaron. Vance tiene una forma de escribir no muy profunda pero muy hábil y carismática. No me canso de releerlo.