15 de diciembre de 2005

INFORMACION DIGAME

¡INFORMACIÓN DÍGAME!
(o un día en la vida de un funcionario)

© 2005 José Vicente Ortuño

Esta historia está totalmente basada en hechos y dichos reales, aunque la identidad de las personas ha sido preservada y algunos hechos ajustados para formar una historia casi coherente.

08:30 horas. Delegación de Defensa en Valencia. Centro de Reclutamiento.

—¡Información dígame! —Dice el funcionario llevándose el auricular al oído.
—Eh... Ah... Uh... ¿Es… Es el ejército? —dice una voz insegura.
—Sí, aquí es —responde el veterano funcionario torciendo el gesto.
—Verá... es que yo... Yo quería apuntarme a lo del ejército.
“Otro bobo —piensa el funcionario—, ¡bien empezamos el día”
—¿Conoce las vacantes que han sido publicadas? —continúa en tono profesional.
—¿...lo cualo? —replica la voz insegura.
—Las vacantes, las plazas... —indica el funcionario.
—¡Ah... sí! Ya fui un día, antes de navidad —añade la voz balbuceante.
—Pero eso era otro ciclo, ¿conoce las vacantes de este ciclo? —replica el empleado público manteniendo la compostura.
—¡Yo quiero ir a lo de los caballos! —dice la voz cambiando de tema.
—Actualmente en caballería no se usan caballos —informa pacientemente.
—¿Ah... no? —responde sorprendido el interlocutor.
—No, hace tiempo que fueron sustituidos por carros de combate.
—¡Pues yo quiero ir donde los caballos! —vuelve a insistir el sujeto.
—Le digo, que ya no se usan caballos en el ejército.
—Pues ¡quiero hablar con el que más manda!
“Lo clásico —piensa el funcionario soltando un suspiro mental—, siempre lo mismo, piensa que si habla con el jefe le informará mejor, ¡ignorantes!”.
—Mi jefe le va a decir lo mismo, no hay caballos. —replica el funcionario y cambia el tono de la conversación— Oye ¿no te molan los tanques, tío?
—Es que no tengo carné de conducir —responde el indeciso.
—Es igual, allí te enseñan. ¿Te doy cita? Mañana mismo, si quieres.
—¿Y qué hace falta?
—Carné de identidad, título de Graduado Escolar...
—Es igual..., ya llamo mañana —interrumpe la voz.
—De acuerdo —el sufrido empleado público cuelga el teléfono poniendo los ojos en blanco.
Mientras atendía el teléfono un joven de mirada ausente se ha sentado frente a su mesa y le tiende un puñado de papeles.
—Que me dé cita —dice el joven.
El funcionario recoge los papeles que le tiende y añade:
—El D.N.I., por favor.
—¿Eh?
—¿Me dejas el D.N.I.?
—No lo tengo. Pero tengo el permiso de la moto.
—No me vale —responde el funcionario.
—Es que no sé dónde lo tengo —indica el de la mirada ausente.
El funcionario desiste y, confiando en que los datos con que el joven a cumplimentado los impresos sean ciertos, comienza la escribir en el ordenador. Mira el impreso y manteniendo el gesto impertérrito, se dirige a su cliente:
—Te llamas Juan... ¿qué más?
—Juan.
—¿No tienes apellidos?
—¿Eh?
—¡Apellidos!
—¡A sí! Giménez Pelufo.
—Giménez con ge o con jota.
—¿Eh?
—Que si es Giménez con ge ó Jiménez con jota.
—Con ge... no con jota...
—Con jota.
—Vives en la calle Submarino ¿número?
—¿Lo qué?
—¿Vives en la calle Submarino?
—No... sí, sí.
—¿Qué número?
—Seis, no... siete.
—Siete. ¿Código postal?
—Eh... no sé.
El funcionario, pacientemente saca un callejero de la ciudad, busca el código postal de la calle Submarino y continúa cumplimentando los datos del joven en el ordenador.
—O... oiga —le interpela de pronto el joven de la mirada ausente.
—¿Sí? —responde suspendiendo el feroz tecleado de datos.
—¿Esta cita para qué es?
El empleado público siente que pierde la paciencia y le dan ganas de darle dos bofetadas al sujeto que, con cara de bobo, permanece frente a él. Pero responde en tono firmemente profesional:
—Está usted en el Centro de Selección y Reclutamiento, y esta cita es para hacer las pruebas de acceso para Militar de Tropa Profesional. ¿Ha venido a eso, no?
El sujeto lo mira con la misma mirada que podría tener un cordero muerto y contesta:
—S... sí.
El funcionario pulsa la tecla F6 y comienzan a salir varias hojas impresas por la impresora. Las coge y le tiende una al cliente junto con un bolígrafo.
—Firma aquí —señala el hueco en blanco donde pone “firma del interesado” y el nombre del mismo abajo.
El “interesado” mira el papel como si nunca hubiese visto uno y dice:
—¿Dónde?
—Aquí —le responde poniendo el dedo en el espacio en blanco.
El joven posa el bolígrafo justo en el punto que el funcionario ha señalado y con caligrafía temblorosa escribe: Juan. Luego le devuelve el impreso al funcionario. Éste, mientras tanto, le ha sellado otro de los impresos y le ha añadido una rúbrica.
—Tienes cita para el día cinco —dice poniendo el impreso ante el cliente y subrayando con el bolígrafo la fecha y la hora—, a las 8:30 de la mañana...
—¿No puede ser más tarde? —dice el joven.
—No —responde rotundamente el empleado público.
—Es que a esa hora estoy durmiendo. Si vengo más tarde no pasa nada. ¿Verdad? —suelta una risita estúpida.
—Si no estás a la hora quedas rechazado.
—Ah, vale.
—Tienes que traer el DNI —continúa la explicación en tono rutinario—, el Certificado ó Título de Estudios...
—¿Lo del colegio?
—Sí.
—No sé dónde lo tengo.
—Pues ya te apañaras, si no lo traes quedas rechazado.
El joven con la mirada de cordero muerto calla y el funcionario continúa su explicación:
—Tienes que traer el DNI, el Certificado ó Título de Estudios y el Certificado de Penados y Rebeldes...
—¿Lo qué?
—El Certificado de Penados y Rebeldes —repite y le tiende un plano dónde se indica la situación del lugar dónde se adquiere dicho documento—, tienes que ir aquí con el DNI y te lo hacen.
—¿Y no puede ser en mi pueblo?
—Tú tráelo —exclama suspirando pacientemente—, sino quedas rechazado.
—Ah, bueno, vale.
—También tienes que traer un bolígrafo para rellenar los impresos, ropa deportiva para hacer las pruebas físicas, ropa para cambiarte y útiles de aseo, para ducharte después de las pruebas físicas...
—Jeeee... —interrumpe el joven con una risilla de cabra— ¿Ducharse pa’ qué?
El funcionario suspira.
—Por comodidad y por respeto hacia las otras treinta personas que se examinan contigo.
—¿Y dan toalla?
—No, te acabo de decir que hay que traérsela de casa.
—Ah, vale —dice el sujeto con otra risilla idiota.
El paciente funcionario le entrega todos los impresos al joven de mirada de cordero muerto.
—¿To’ esto es pa’ mí?
—Si, todo —responde y observa desalentado como se marcha el aspirante a militar.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el teléfono de nuevo. Lo descuelga:
—¡Información dígame!
—Yo quería apuntarme —dice una joven voz femenina.
—¿Conoces las vacantes?
—Eh... Umm... Yo, es que ya estuve apuntada —responde la candidata a soldada—. Pero es que tenía el carné de identidad caducado.
—Muy bien, deme el número del carné de identidad.
—Begoña González.
—El número del carné de identidad, por favor.
—¡Ah... si... —se le oye rebuscar en las profundidades de su bolso, mientras continúa hablando—. Es que este número no me lo sé, como el carné es nuevo este número no me lo sé todavía —dice totalmente convencida.
—El número del DNI es siempre el mismo —le informa el funcionario.
—¿Eh?
—Que el número del carné de identidad no cambia, es siempre el mismo, aunque se renueve el carné.
—¿Ah, sí? —y añade en voz baja, apenas audible—: Ahora me entero.
El funcionario reprime la carcajada y continúa la cita.

Pasan unos minutos y el funcionario continúa con la redacción de un fax que, si no deja de sonar el teléfono, le va a durar toda la mañana.
Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Interrumpe el teléfono de una vez más. Lo descuelga:
—¡Información dígame! —Responde alargando la última sílaba.
—¿Dónde llamo?
—Usted sabrá.
—Es que tengo una llamada perdida de ustedes.
—Esto es la Delegación de Defensa, concretamente la sección de Información del Centro de Reclutamiento.
—Huy... ¿Y qué quieren?
—Y yo que sé, aquí hay al menos un centenar de personas. ¿No conoce a nadie aquí?
—No.
—Ah, bien.
—Bueno, adiós.
—Adiós —cuelga y vuelve al trabajo.

Uno de los soldados le trae un nuevo cliente que, siguiendo las indicaciones del mismo, toma asiento frente al funcionario.
—Me dejas el D.N.I., por favor.
El sujeto escarba en los bolsillos del pantalón y arroja de forma chulesca una cartera mugrienta sobre la mesa.
—Eso no es DNI. El carné de conducir no me vale —informa alejándose del pegajoso objeto.
El personaje, un joven de entre dieciocho y veinte años, con el pelo en parte rapado, en parte despeinado caóticamente, lo mira sonriente; como perdonándole la vida. El curtido funcionario no se deja amedrentar y lo mira fijamente.
—Eh... No lo tengo. Es que me lo robaron el otro día —responde algo más suavemente.
—Pues el día de las pruebas tienes que traerlo —responde el funcionario.
—¿Y por qué? —pregunta con cara de idiota.
—Porque sino, no sabemos si eres tú ó es un vecino tuyo el que viene a hacer las pruebas.
El funcionario, resignado, continúa rellenando las sucesivas pantallas de formularios en su ordenador. Al fin, tras hacer firmar al sujeto le explica:
—Tienes que traer el DNI, el Certificado ó Título de Estudios y el Certificado de Penados y Rebeldes...
—¿Eso qué es?
—El Certificado de Penados y Rebeldes —repite y le tiende un plano dónde se indica la situación del lugar dónde se adquiere dicho documento—, tienes que ir aquí con el DNI y te lo hacen. Es para saber si has estado en la cárcel alguna vez.
El sujeto cambia de color y se ve visiblemente nervioso.
—También tienes que traer un bolígrafo para rellenar los impresos —prosigue el funcionario como si nada—, ropa deportiva para hacer las pruebas físicas, ropa para cambiarte y útiles de aseo para ducharte después de las pruebas físicas —se fija que el joven tiene pequeñas quemaduras en la ropa y añade sádicamente—. Para el análisis de orina no es necesario que vengas en ayunas.
—¿Análisis, pa’ qué? —dice el sujeto poniendo cara de idiota.
“¡Te pillé! —piensa el funcionario.”
—Puro formulismo, es para ver si consumes algún tipo de droga —espeta con evidente regodeo.
—Je, je,... —vuelve a cambiar de color—. No, no, yo no tomo nada, je. ¿Es necesario hacerlo?
—Si, claro —continúa regodeándose sádicamente—, si te niegas quedas rechazado —y añade—: Hay gente que quiere hacer trampa y se traen la orina de otra persona metida en un condón o en una botella, pero los pillamos a todos. Hay que orinar delante de un soldado para comprobar que nadie hace trampa.
El sujeto recoge los papeles y se marcha a toda prisa sin despedirse. El funcionario lo observa marchar y sabe que ese no se presentará el día de la cita.
Vuelve al abandonado fax y consultando su reloj, se da cuenta que la hora del almuerzo se ha pasado. Se levanta y se dirige al aseo. Al llegar a la puerta atisba cuidadosamente el interior, no le gusta entrar y encontrarse con un puñado de candidatos desnudos, si al menos fuera en el aseo de las féminas. Entra y se encamina a lavarse las manos. Sobre uno de los lavabos alguien se ha dejado unos calzoncillos visiblemente usados. Mira la papelera: hay dos preservativos. Se lava las manos en el otro lavabo y vuelve a su mesa. Comienza a pelar una manzana con la esperanza que no suene el teléfono mientras se la come.

12:00 horas.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... El maldito teléfono suena de una vez más. Aparta la manzana a medio comer, se limpia las manos en un papel usado y lo descuelga:
—¡Información dígame! —no disimula que está masticando.
—¡Yo quiedo id a la legión! —dice una voz gangosa.
—¿Ha visto las vacantes? —pregunta rutinariamente, aunque ha reconocido la voz y sabe que es un joven retrasado que repite las pruebas casi todos los meses y siempre falla en el test psicotécnico.
—¡Yo quiedo id a la legión! —repite el gangoso—. Pa’ matad a Binladen.
—En este ciclo no hay vacantes para matar a Bin Laden, llame a partir del quince de febrero.
—¿Y habdrá pa’ la legión?
—Posiblemente.
—Grdracias —dice el interlocutor—, ya llamadé.
Cuelga el auricular y continúa con la ingestión de la manzana que, poco a poco comienza a oxidarse, perdiendo el poco aspecto apetitoso que tenía.
Al acabar la manzana continúa con el fax.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena por enésima vez el condenado aparato de comunicación a distancia.
—¡Información dígame! —responde a la llamada tomando aire.
—¡Capitaaaaaaán! —grita un tipo de forma estentórea en el auricular.
—Pues no —responde apartándose el auricular del oído—, esto es el Centro de Reclutamiento.
—Perdón, yo llamaba a mi capitán —cuelga.
El funcionario cruza una mirada resignada con su compañero que, en la mesa de enfrente, atiende a un aspirante colombiano y le explica que en España no hay que pagar para entrar en el ejército y que a él tampoco hay que pagarle nada por darle la cita.
Vuelve a su trabajo, pero una soldada se acerca seguida por un individuo de aspecto desaliñado.
—¿Atiendes a este señor para Reservista Voluntario?
—Sí, claro. Siéntese por favor —dice dirigiéndose al individuo.
El hombre se sienta y el funcionario se siente azotado por una vaharada alcohólica procedente del aliento del fulano. Manteniendo una prudente distancia con su interlocutor, le pregunta:
—¿Sabe en que consiste la Reserva Voluntaria?
—Si, no,... le cuento...
—No —le interrumpe el funcionario viéndoselas venir—, yo le explicaré...
—No verá... estuve aquí el domingo pero estaba cerrado —dice el individuo.
—Claro, es que los domingos nos quedamos en casa ¿sabe?
—¿Y por la tarde tampoco están?
—Pues no, a los funcionarios nos gusta dormir la siesta en casa.
El individuo se ríe, aunque el funcionario no sabe sí de él o de su propia estupidez.
—Yo... (continúa el extraño personaje(, es que los domingos vengo al club de veteranos de la Legión.
—¿Hizo usted la mili en la Legión? —pregunta, pero piensa: “Otro zumbao”.
—No, no... yo... —el personaje duda y bajando la voz continúa—. Me declararon exento... por una tontería...
—No importa. ¿Fue usted objetor de conciencia?
—No, no —responde algo ofendido el sujeto—. Yo siempre he querido servir a la Patria, por eso al enterarme de esto de la Reserva...
El funcionario ha ido desplazando su silla hacia atrás, hasta tropezar con la pared a su espalda, huyendo de la halitosis alcohólica y el horrible olor corporal que, de forma despiadada, emana el individuo que tiene enfrente.
—Bien, no hay problema —continúa muy profesionalmente el empleado público, respirando lo menos posible—. La Reserva Voluntaria no es una salida laboral.
—¿Eh?
—Que no es un empleo, que sólo se cobra cuando se está incorporado.
—Ah, bueno. No importa, lo que yo quiero es que me den caña.
El funcionario suspiraría, pero no quiere respirar más atmósfera contaminada de la necesaria.
—Pues como comprenderá —continúa su explicación—, los reservistas no ocupan puestos operativos.
—¿Opera... qué?
—Operativos, no hacen maniobras, no manejan armas…
—¿No manejan armas? ¿Ni de oficial tampoco?
—No.
Visiblemente decepcionado el apestoso individuo duda unos instantes.
—¿Y en los Boinas Verdes?
—Pues no, para las unidades especiales hace falta gente joven y entrenada.
—¿Y dónde podría ir para que me dieran caña? (insiste.
—¿Ha probado en un club de esos en los que la gente hace guerras disparándose con bolas de pintura?
—Eso está bien, ¿dónde hay un sitio de esos?
—No tengo ni idea, busque en la guía telefónica.
La conversación termina con algunas estúpidas frases más y el apestoso se marcha. El funcionario abre una ventana y respira el aire de la calle, cuando vuelve a entrar la peste del individuo sigue allí. Abre todas las ventanas, se sienta y bebe agua de la botella que se trae de casa todos los días.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el pérfido teléfono con alevosía manifiesta.
—¡Información dígame!
—¡Capitaaaaaán! —el grito le taladra el oído.
—Pues no, esto sigue siendo el Centro de Reclutamiento.
—Perdón, se han vuelto a cruzar las líneas —cuelga y vuelve al abandonado fax.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el diabólico artefacto telefónico.
—¡Información dígame! —responde fatigado.
—Oiga ¿es eso del ejercito? —dice una voz de mujer.
—Si señora, aquí es.
—Verá... no sé con quien tengo que hablar...
—Dígame usted.
—Yo... mi hija... —una voz de joven cuchichea cerca del micrófono—, mi hija tiene que ir el lunes a eso del ejército...
—¿Al Centro de Formación?, sí dígame.
—Eso, sí... quería preguntar... ¿Allí les dan ropa?
—Allí les dan ropa de militar, sí señora, pero para salir a la calle tienen que llevarse ropa civil.
—¿Y cuantas mudas tengo que ponerle?
—Pues depende de la costumbre que tenga su hija de cambiarse de ropa, allí va a estar dos meses.
—¿Y se tiene que llevar detergente o hay allí?
—Mire, le paso con una soldada y ella le explicará, un momento por favor.
Dejando el teléfono sobre la mesa se levanta y le hace una seña a una Cabo.
—Por favor Ana, ¿eres tan amable de informar a esta madre...? —Señala el teléfono con una mueca de desagrado.
La joven pone los ojos en blanco, coge el teléfono e inicia la conversación.
El funcionario, todavía de pie, observa por la ventana y ve con espanto como un individuo zarrapastroso se cuela por el control de entrada.
“Oh no, otra vez ese tío” —piensa angustiado.
Un individuo de aspecto astroso, flaco y sucio, se acerca a la puerta. Es un viejo conocido de los empleados del Centro de Selección que, ignorando el control de entrada irrumpe en la sección de información.
—¿Qué desea? —le intercepta un aguerrido miembro de la brigada paracaidista del tamaño de un armario ropero. El sujeto lo esquiva y gritando se dirige al teniente jefe de la sección.
—¡Me envía el rey! —suelta a bocajarro—. ¡Porque yo soy amigo del rey y como con él todos los días!
El teniente recula ante la peste que emana del mugriento individuo e intenta continuar la conversación por unos cauces más adecuados.
—¿En qué puedo ayudarle, caballero? —le dice pacientemente.
—¡Yo soy militar profesional y me ha dicho el rey que me den mi expediente! —y no contento con eso continúa—: ¡Pero quiero que me den el expediente gordo! —añade señalando con los dedos lo grueso que a él le parece que debería tener su expediente.
Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el teléfono, interrumpiendo la escena.
—¡Información dígame! —responde, siguiendo el desarrollo de la conversación con el yonki.
—¡¡Bomberos!! —grita una voz femenina terriblemente aguda.
—Eh... No —dice retirándo el auricular de su dañado oído—, esto es el Centro de Reclutamiento.
—¿Me puede decir el número de los bomberos? —insiste la voz chirriante.
—Pues no —responde irritado—, como le he dicho esto es el Centro de Reclutamiento, y nosotros no nos ocupamos de eso.
—Vale gracias.
—No hay de que —cuelga irritado.
Vuelve su atención a la escena del loco. El teniente le indica al zarrapastroso individuo que se siente mientras él va a buscar su expediente, y se marcha al archivo. El tipo va a sentarse a la mesa del teniente, pero el funcionario, con voz firme le dice:
—¡Eh, ahí no! Siéntese allá —le indica señalándole las sillas dispuestas para el público.
—¿Y por qué? —pregunta el yonki con mirada extraviadamente perversa y mostrando una dentadura asquerosa y mellada.
—Porque allí se sientan las visitas —responde firmemente el funcionario.
—¡Yo no soy una visita! —responde enfadado el individuo—. ¡Yo soy militar profesional, que me lo ha dicho el rey!
—¡Pues siéntese allí —responde el funcionario con sangre fría, encarándose al extraño personaje—, que es donde se sientan los militares profesionales cuando vienen de visita!
El yonki, mirándolo de manera recelosa obedece y se sienta donde le han indicado, pero sin perder de vista al funcionario, éste a su vez observa de reojo al mugriento y desarrapado individuo.
Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el teléfono rompiendo la tensión.
—¡Información dígame! —responde todavía controlando de reojo al yonki.
—¿Delegación de Hacienda? —grita una voz masculina con acento de Cuenca.
—No señor, esto es el Centro de Reclutamiento.
—¿Cómo? —vuelve a gritar la voz. “¿Por qué todos los que se equivocan de número gritan desaforadamente?”, piensa el funcionario.
—Que esto es el Centro de Reclutamiento.
—¡Ah, pues m’equivocao! —dice la voz colgando sin disculparse.
El teniente vuelve con una copia del expediente del yonki y se lo entrega. Éste se pone violento, gritando que ese ya lo tiene, que el rey le ha dicho que le den el gordo. Amenaza y gesticula violentamente. El teniente llama a dos fornidos soldados y agarrándolo de los brazos se lo llevan a la calle en volandas, mientras grita como un poseso que él es amigo del rey y que come con él todos los días.
Todos suspiran aliviados al deshacerse del loco, pero temen que pueda quedarse en la puerta.
Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Ulula el teléfono persistentemente.
—¡Información dígame! —responde el funcionario retrepándose en la silla.
—¡Póngame con los caballos! —dice una voz carajillosa.
—¿Con Cría Caballar? —responde el funcionario.
—Sí, con lo de los caballos —responde el carajilloso.
—Un momento, le paso —pasa la llamada y cuelga.

El funcionario vuelve al olvidado fax, pero entra uno de los que guardan la puerta y le entrega una carta.
—Toma, la ha dejado el loco de siempre.
El sobre, escrito con caligrafía irregular, literalmente va dirigido:

“A la Atención de El Ejercito de Tierra, Departamento de desactivación de explosivos.”

Abre el sobre, extrae la carta y lee con faltas de ortografías incluidas:

“A 1-2-2,005.
A la Atención de El Ejercito de Tierra, Departamento de desactivación de explosivos (minas antipersonas)
Me ofrezco como voluntario.
A mis 40 años, tengo entendido que se me pasa la edad, aunque e oido decir que tambien, hacen excepciones, y a mi me gustaria entrar a servir desmontando minas para ustedes.
Por que a un chico mas joven le puede pasar algo, (tachón) A ver si me pueden preparar y mandar al Senegal. O para soldado raso tambien me ofrezco, Soy un poco s........ (probablemente suicida, ya que lo decia en otra carta anterior)
Mi dirección; (dirección del sujeto)
Mi tel (número de teléfono móvil) no sms de 10 a 22 h.
Tambien me e ofrecido en El Parque de Bomberos y/o Protección Civil para trabajar de Voluntario en la extinción de incendios forestales, aquí en la Comunidad Valenciana.
Me llamais por favor.”

Vale, buen elemento, la vez anterior quería que lo enviasen a Iraq a matar a Sadam Huseín, además, solicita que le impidan suicidarse.


Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el teléfono, como siempre, de manera imprevista.
—¡Información dígame! —responde el funcionario tomando aire.
—¿Centro de Reclutamiento? —dice una voz de mujer mayor.
—Si, aquí es —responde el cansado empleado público.
—Yo quería preguntar... no sé si llamo al sitio correcto...
—Dígame usted.
—Es que mi hijo tiene que presentarse a hacer la instrucción...
—Sí, dígame.
—A ver si me podían decir cuantas mudas de ropa tengo que ponerle.
—El periodo de formación dura dos meses, pero salen a la calle vestidos de paisano, póngale ropa para estar fuera de casa dos meses.
—¿Y cuantos calzoncillos tengo que ponerle?
—¿Su hijo se cambia de calzoncillos todos los días?
—¡Sí... claro —dice la mujer dudosa.
—Pues usted verá cuantos tiene que ponerle.
—Venga, gracias.
—Adiós —cuelga y suelta una maldición en arameo, idioma muy usado en la administración desde tiempos inmemoriales.

Un nuevo cliente aparece sentado frente a su mesa.
—El D.N.I., por favor.
—¿Cualo?
—¿Me dejas el D.N.I.?
—Me lo robaron el otro día.
—Vale —responde el funcionario y comienza a rellenar los campos del formulario—. ¿Nombre de tu padre? —pregunta.
—¿Cuál?
—Tu padre.
—El biológico o el que vive ahora con mi madre.
—¿Cuál es tu padre?
El joven duda.
—Manolo —dice el joven.
—Manolo —escribe el funcionario.
—No, no —interrumpe el joven—, Antonio.
—Antonio —corrige en el formulario, pensando en que no volverá a rellenar ese campo jamás, así evitará conversaciones estúpidas.
Acaba de dar la cita y vuelve al fax, que al fin termina y lanza por la impresora. Se levanta y se lo entrega a su jefe.

Uuuuululululululululululu... Uuuuululululululululululu... Suena el teléfono por enésima vez y con evidente mala leche.
El funcionario mira la hora: son las 14:15. Se encara al teléfono y exclama haciendo un corte de mangas al aparato:
—¡A la mierda! —Pulsa el interruptor del ordenador y lo apaga.

A las 14:30 sale a la calle, otra maravillosa jornada laboral al servicio de la patria ha terminado. Camina rumbo a la estación del metro satisfecho del deber cumplido.

FIN


Valencia, 08 de febrero de 2005

2 comentarios:

[Viajero] Milan Banjanin dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
David dijo...

Jo macho, vaya tela...