28 de noviembre de 2005

Crónica de una operación anunciada.


Ante todo agradecer los buenos deseos que he recibido de todos mis amigos, gracias a ellos he aguantado las vicisitudes acaecidas en mi corto, pero intenso, paso por el Hospital Universitario “La Fe” y me recupero rápidamente.

Todo comenzó el pasado lunes 21. Pasé la mañana en ayunas, esperando para entrevistarme con el anestesista. Una vez efectuado el periplo de salas de espera, una enfermera bajita —a modo de guía turística— nos reunió a los que íbamos a ingresar esa misma tarde y nos acompañó por los pasillos y ascensores atestados de pacientes. Una vez en la séptima planta —cirugía torácica—, nos introdujo en la salita destinada a que los familiares de los enfermos puedan comer o esperar pacientemente. Tanto yo como otro hombre al que también iba a operar de hernia, esperábamos junto a nuestras esposas —también en ayunas las pobres—. Pronto vinieron algunas personas con sus fiambreras y como si de un picnic se tratase, comenzaron a comer como lobos. Los jugos gástricos hicieron rugir mi estómago como una manada de leones furiosos, pero aguanté el tipo mirando por la ventana hacia el aparcamiento del hospital. Al rato vino un nuevo paciente, pero a este le trajeron una bandeja de comida que nos volvió a joder con su delicioso olor.
Sobre las cuatro de la tarde me adjudicaron una habitación y me hicieron vestir —por llamarlo de alguna forma— uno de esos indignos camisones abiertos por la parte de atrás, que parecen hechos para que no te puedas escapar de sus garras por miedo a hacer el ridículo enseñando el culo. Tras asegurarse de que me había afeitado convenientemente la zona a intervenir, me la untaron de Betadine y me indicaron que ya no debía moverme de la cama hasta que me llevasen al quirófano.
¡Pero de pronto llegó él! Era el tipo al que le habían llevado la comida antes de ingresarlo. Como más tarde averigüé para mi pesar se llamaba Alfonso, tenía 67 años y era natural de Manises. ¡Mira por donde un paisano! Y aquí empezó la odisea. El señor Alfonso al enterarse de que tenía más hambre que un naufrago, se puso a describir su forma de hacer la paella, entrando en detalles que rayan en la morbosidad más absoluta y el sadismo más perverso. Después de la paella siguieron desfilando otros tipos de arroz, potajes, embutidos, etc. Me entraron ganas de asesinarlo pues, a pesar de mis protestas, no paró de hablar de comida hasta que vinieron a recoger para operarme.

18:00 horas.
Un simpático camillero empujó mi cama por pasillos y ascensores hasta el quirófano. Al entrar en el mismo me recibieron alegremente el anestesista y dos enfermeras, una rubia y una morena, que se dedicaron a usar mi mano derecha como alfiletero:
—No encuentro las venas —dijo la rubia amenazando el dorso de mi mano con una aguja.
—En las piernas tengo varices como los túneles del metro, si te valen —dije yo intentando ayudar.
—Mira —le dijo el anestesista—, hay un truco.
Me dio unas palmadas en el dorso de la mano y las venas, totalmente mosqueadas, hicieron su aparición. La rubia volvió al ataque, me clavó la aguja pero…
—¡Huy, se ha roto! —dijo refiriéndose a mi vena.
Mantuve la compostura estoicamente y no hice comentarios sobre su habilidad.
—¡Déjame a mí! —dijo la morena excitada cual vampira.
Mientras ésta hacía puntería la otra se disculpaba.
—Oye perdona ¿te he hecho daño?
—No, nada en absolu… ¡huy, eso sí que ha dolido! —exclamé cuando la morena clavó despiadadamente la aguja en el dorso de mi mano. Bizqueando de concentración me insertó la aguja para los goteros.
Después ambas me agradecieron el haberlas dejado practicar conmigo.
—De nada —respondí—, ha sido un placer hacer de cobaya. —Las dos se rieron y se marcharon a otros menesteres, dejándome solo junto a un curioso armario lleno de instrumental de aspecto siniestro.
Volvió el anestesista y hablamos de qué tipo de anestesia me iba a poner. Al fin se decidió por la epidural.
—Puede que sientas presión y tacto, pero no dolor —me dijo—. Verás como no es lo mismo que con la anestesia del dentista.
—Vale, así podré enterarme de todo —le respondí.
La verdad es que yo mismo estaba asombrado de lo tranquilo que me sentía. Esperaba estar temblando de nervios y, en cambio, a pesar de estar en cueros en un frío quirófano rodeado de gente, estaba muy tranquilo.
Me senté en la mesa de operaciones en una postura humillante y me inyectaron la anestesia, pinchándome entre dos vértebras en la base de la espalda. La inyección dolió un instante, luego sentí como un chorro de líquido caliente cayese por la base de mi columna. Al momento siguiente ese calor se extendió por las piernas dejándolas semidormidas.
Me tumbaron sobre la mesa de operaciones y mientras mis piernas comenzaban a dormirse me cubrieron con sábanas, me pusieron sensores pegados al pecho y en un dedo, así como un tensiómetro que, automáticamente, me tomaba la tensión de vez en cuando. Mientras duraba el proceso yo movía los pies para asegurarme de que todavía no se había dormido. Así, cuando los cirujanos se pusieron manos a la obra uno de ellos exclamó dirigiéndose al anestesista:
—¡El paciente mueve los pies!
—No pasa nada —respondió éste—, ya no siente nada.
—Pues noto que me tocan —dije yo.
—¿Sientes esto? —me dijo el cirujano—. ¿Y esto?
Tuve que decir que no, evidentemente ya me había rajado y yo no me había enterado. De lo que sí fui consciente fue de los tirones y zarandeos que me daban. De vez en cuando notaba cosquillas bajo el ombligo. Lo encontré divertido y me dediqué a curiosear los aparatos a los que estaba conectado. Una bonita pantalla con líneas de colores que emitía un pitido cada vez que mi corazón latía. Pronto descubrí que si movía el dedo en el que tenía el sensor, el latido desaparecía durante unos instantes, llegando a mosquear al anestesista. En cambio si aspiraba profundamente el corazón aceleraba su ritmo y el tensiómetro se ponía en funcionamiento.
Así fue transcurriendo la operación. De vez en cuando me chamuscaban con el bisturí eléctrico, en otras oía como cosían. Luego pidieron un cono, tras una discusión sobre si era tamaño pequeño o grande se decidieron por el mediano. Luego colocaron el cono y la malla de polipropileno. Hablando vulgarmente: un parche.
Desde mi puesto acostado en la mesa de operaciones y con una barrera tapándome la visión de la intervención, sólo podía ver a unos de los cirujanos, pero había otro al que no podía ver y que luego comprobé que era por su escasa estatura. Bueno pues el mini cirujano fue sustituido por una alegre voz femenina:
—Ves cosiendo —le indica el cirujano a la cirujana novata, y esta se pone manos a la obra—. ¿Te gusta la cirugía? —la interroga.
—Sí, me encanta —dijo alegremente.
—¿No te impresiona? —siguió preguntando el cirujano.
—¡No, qué va! —exclamó la interpelada—. Me gusta eso de tocar las tripas, palparlas —explicó con deleite.
En esos momentos estuve a punto de decirle que, por favor, no me palpase mis tripas, pero me contuve para no desconcentrarla.
—Fíjese —continuó—, que hace unos días estuve en una operación de corazón y hasta que no lo toqué no me quedé a gusto. ¡Qué sensación más guay eso de notar como se mueve!
—El motoret ¿eh? —indica el cirujano—, es el motoret.
—Sí es emocionante —dice la aprendiza de cirujana.
—Ahora ponle las grapas —dijo el cirujano.
Acto seguido oí el ruido repetido de una grapadora. Después comenzaron a retirar el parapeto que me había ocultado la visión y dos enfermeras procedieron a curarme y a colocarme un inmenso esparadrapo sobre el vientre.

19:30 horas.
Después de traspasarme de nuevo a mi cama me llevaron a la sala de reanimación, donde una simpática enfermera me abrigó y me colocó un calefactor que introducía aire caliente bajo las mantas. Fue un alivio después del frío del quirófano. Cuando se me despertó la pierna izquierda me llevaron de vuelta a mi habitación. Eran las 20:00 horas
Cargado de gotero me dediqué a esperar a que se despertase el resto de mi cuerpo, puesto que debía eliminar la anestesia por la orina.
Pero el señor Alfonso estaba allí. No había parado de hablar y no tenía intención de hacerlo. Durante los dos días que estuve ingresado sólo paraba de hablar de 23:30 a 07:00 y durante ese lapso se dedicaba a roncar como una perforadora, intercalando aullidos, gruñidos y otros sonidos desagradables de procedencia digestiva. No solamente habló de comida, nos instruyó en las artes de la cerámica, explicando detalladamente la fabricación de platos, lebrillos, tazas de water y otros artilugios cerámicos. Incluyendo el funcionamiento del los hornos y muflas para cocerlos. Lo soportamos todo estoicamente y con una resignación tensa. No había forma de escapar. Pero cuando comenzó a hablar de política y se le ocurrió decir que: “esto con Franco no pasaba”, salté al fin:
—Franco era un hijo de puta asesino que dejó huérfano a mi padre —exclamé furibundo, explicándole las atrocidades que mis padres vivieron de primera mano. Evidentemente al haber nacido durante la Guerra Civil, no había conocido de primera mano nada más que la posguerra. Pero una posguerra un tanto “ligera”, ya que al ser hijo de agricultores no le faltó comida.
Así continuó, sin descanso, incluyendo temas tan apasionantes como su vida sexual o que su hijo tiene una plantación de marihuana en su casa.

Volviendo a mi “despertar”, hay que añadir que el dolor de la operación fue haciendo su aparición, pero el dolor de hambre del estómago siempre lo superaba. Pedí comida, pero me la negaron.
Al fin pude orinar utilizando esa extraña botella hospitalaria. Cuando a la 01:00 del día 22 aparecieron dos enfermeras dispuestas a sondarme para que orinara y les dije que ya lo había hecho se pusieron muy contentas y bailaron con los brazos en alto —cual si de una jota se tratase— exclamando: “¡Bien, bien, bien!”. Momento bizarro donde los haya, lo juro.

04:00 horas.
Después de mucho rogar me dieron un pequeño zumo de manzana que me supo a gloria. La noche trascurrió entre cambios de gotero, meadas en la botella y los ronquidos del señor Alfonso. Mi mujer acechaba los goteros presta para llamar a las enfermeras. Oíamos la radio para pasar el tiempo, la música de la M80 me animaba. Ella en su aparato escuchaba un programa tipo “Sola en la noche”, ¡vaya rollo! Todo el mundo contando sus penas, ¡cómo para animarme!

Amanece el día 22.
Trajeron los desayunos pero se olvidaron de mí. Reclamé mi derecho a desayunar, pero dijeron que hasta que lo autorizara el médico nada de nada. Vinieron los cirujanos en bandada, me miraron el apósito y les pareció que había que cambiarlo por que el esparadrapo era demasiado grande. Les reclamé algo de comer y me dijeron que dejarían instrucciones. Añadieron que podía ir levantándome de la cama.
Mi mujer bajó a desayunar y me trajo un yogur. A pesar de su buena intención, me lo trajo blanco, desnatado, sin azúcar, sin grasa, sin na de na. No me supo a nada y seguí desesperado de hambre.

Vinieron a cambiar las sábanas e hicieron que me levantase. Entonces vino una experiencia nueva en mi vida. Haciendo las más extrañas y dolorosas contorsiones conseguí poner los pies en el suelo. Noté que una lipotimia se cernía sobre mí, pero como siempre había conseguido dominarlas no me preocupó demasiado. Miré la silla que me espera entre las dos camas y dije:
—Llevo el camisón desabrochado.
—No pasa nada, estamos en un hospital —dijo una de las auxiliares a mis espaldas.
—No es por que se me vea el culo —dije yo—, es que la silla debe de estar muy fría.
Consigo sentarme sufriendo terribles dolores y afirmo:
—La silla está muy fría.
Lo siguiente que recuerdo son unos sueños delirantes y llenos de dolor. Entraba y salía en ellos, confuso. En lugar de estar apoyado en el respaldo me encontraba en equilibrio precario en el borde del asiento y varias manos me sujetaban. Un pensamiento cruzó la confusión de realidad y alucinación: “He perdido el conocimiento”. Decidí despertar y lo conseguí. Me pusieron una palangana delante para que vomitase.
—Tengo el estómago vacío, ¿qué coño voy a vomitar? —exclamé recuperando las fuerzas—. Si hubiese comido algo no me habría desmayado.
Cuando ya me encontraba mejor me ayudaron a subir a la cama y me pusieron los pies en alto. Sudaba como si estuviese en una sauna, pero tenía frío.

Mediodía.
Llegó la comida. ¡Albricias, al fin podría comer! Abrí la bandeja. Parecía que se han olvidado de poner la comida. Sólo había una taza de caldo espeso de color amarillo y una pequeña manzana asada. Reclamé el segundo plato, pero me dijeron que el medico había dicho que tenía que tomar “dieta blanda”. ¿Cómo coño voy a recuperarme si no me dan de comer?
A mi vecino le trajeron un plato de paella y croquetas, que se comió a mi lado con evidente recochineo.
No volví a intentar levantarme, la herida me dolía a rabiar y la falta de alimento me hacía sentir débil.

Seguimos soportando la cháchara del señor Alfonso con infinita paciencia. Lo sabía todo. Explicaba con todo detalle la forma de hacer uno de esos recipientes redondos de barro que usamos para hacer el arroz al horno. Un compañero suyo era un artista haciéndolos, a pesar de que los grandes entrañan gran dificultad. Pero da la casualidad de que el artista en cuestión estaba dotado con un pene monstruoso. La perorata derivó hacia sus aventuras de puticlub. Mi hijo, que estaba haciéndome compañía esa tarde, y yo deseamos fervientemente que se lo trague la tierra o que le caiga un rayo. Desgraciadamente le suspendieron la operación, era nuestra única esperanza para poder descansar de él.

Hora de merendar.
Me trajeron un yogur blanco. Afortunadamente con nata, azúcar y unas galletas, que mojé con deleite. Me animó bastante y el estómago rugió de nuevo, sintiéndose defraudado. Seguí sin atreverme a levantarme de la cama.
Mi vecino de cama siguió contándonos su vida. Cómo su hijo había encontrado una planta de marihuana y se había montado un pequeño huerto con ella, añadiéndole riego por goteo programado. Un filigrana el tío.

Hora de cenar.
Abrí la bandeja: taza de sopa de estrellas y manzana asada. Ruego desesperado a la auxiliar que me trajo la comida. No le imploré de rodillas por que no podía levantarme. La mujer se apiadó de mi cara de perrillo apaleado y me trajo un plato con un trozo de tortilla francesa —fría—, un trozo de queso manchego y un panecillo diminuto —lo que suelen llamar un pepito—. Me hice un mini bocadillo que devoré a pequeños bocaditos, paladeando tan cutre manjar como su fuese néctar de los dioses. Cuando terminé estaba ahíto, como si me hubiese comido una pierna de cordero. Seguramente por que el estómago a esas alturas se me había encogido.
Al señor Afonso le trajeron albóndigas de carne, verduras y un panecillo grande. ¡Lo odié con todas mis fuerzas!
Víctor, mi hijo, se fue a cenar y se trajo un bocadillo de calamares a la romana con mayonesa. Olían como para cometer un crimen, pero se lo perdoné por ser él.

Hasta la hora del resopón —comida después de la cena para no irse a dormir con hambre—, soportamos la cháchara de Alfonso. Ya no recuerdo de qué habló, tal vez por que tenía la mente saturada de información inútil o por que mis oídos se habían desconectado en defensa propia. Al fin nos trajeron el resopón. Me pedí un flan que devoré con satisfacción.

23:30 horas.
Hora de dormir. Alfonso cayó como un saco y automáticamente se puso a roncar como un cerdo. Me entró tos. Toser con tantos puntos en la barriga es muy doloroso. Tras varios intentos de cambio de postura: con la cama arriba, casi sentado, o totalmente horizontal, al fin pasé la noche con los terribles ronquidos, gruñidos, aullidos de Alfonso.

Día 23. 06:00 horas.
Me desperté. Víctor dormía como un angelito en el sillón de los acompañantes. La juventud hizo que pudiese soportar tan terrible instrumento de tortura y durmió plácidamente. Tenía unas ganas tremendas de levantarme. Estaba seguro de que esta vez no me daría ninguna lipotimia; me sentía más fuerte.

07:00 horas.
Víctor se despertó. Le pedí que me ayudase a levantarme. No sin dolores lo conseguí. Al fin fui al baño. Me afeité y peiné. Luego me puse el pijama de ser humano, arrojando al suelo el estúpido camisón. El señor Alfonso se despertó y nos liberó de sus ronquidos. Al menos una cosa hay que reconocer de él, era muy aseado y se duchaba todas las mañanas. A mí me hubiese gustado hacerlo, pero todavía no me sentía con fuerzas, además, llevaba el apósito pegado al vientre.

Desayuno.
¡Albricias! ¡Al fin me tocaba desayunar! Sólo fue una taza de malta con leche y galletas, pero me supo bastante bien. Después me dediqué a pasear por la habitación y, cuando la limpiadora nos echó fuera, anduve por el pasillo hasta los ascensores. Me sentía muy débil y el dolor era bastante fuerte, pero ya estaba más animado.

Mi compañero de cuarto se fue a casa. Se hizo el silencio. Disfruté de estar sentado en una silla. ¡Qué placer después de haber pasado dos días acostado sin poder ponerme de lado siquiera!
Vinieron los enfermeros. No me cambiaron el apósito, dicen que está bien. Llegaron los cirujanos.
—¿Cómo se encuentra? —me preguntó uno.
—Estupendamente —respondí.
—¿Quiere usted irse a casa? —me interrogó de nuevo.
—Me encantaría —le dije.
—Pues nada, luego le traerán el alta —dijo y se marcharon.
Vino Víctor y me encontró preparando mis cosas para marcharme. Al rato vino la enfermera jefe con los papeles. Me explicó cómo y cuándo tienen que quitarme los puntos y me preguntó:
—¿Se va a quedar a comer?
—¡No me voy a comer a casa! —exclamé pensando en el pollo asado con patatas que había empezado a preparar mi mujer cuando le dije por teléfono que me daban el alta.

Después de bajar en un ascensor atestado salimos del hospital a buscar un taxi para ir a casa. Eso sí, despacito. En casa seguí jodido pero al menos estaba más a gusto y comía todo lo que quería.


5 comentarios:

Alfredo Álamo dijo...

Joe, JV, que sessy estás con el pijamita ;) A ver si en la próxima tertulia no lo cuentas todo de viva voz

Susana Sussmann dijo...

Ay, Hubiera sabido antes... ¡Qué mal que te han tratado! Que te mejores pronto, pronto, pronto... y no dejes a Paco Cthulhu que salte sobre tu herida.

Besos

Jose Vicente dijo...

Gracias Alfredo, es que uno tiene una percha... con cualquier cosa estoy elegante. jejeje.

No sé si contar algo o cenar como un energúmeno, después de pasar tanta hambre todavía estoy recuperándome.

Jose Vicente dijo...

Al Cthulu lo tengo asustado desde que amenacé con cocinarlo al ajillo y comermelo con patatas, jajaja.

Charlylou dijo...

Me encanto el relato, realmente, para los que anduvimos alguna vez por los hospitales, la comida y los vecinos son escenciales!
No te sacaron ninguna fotito con el camisolin?