1 de septiembre de 2005

Bitácora del paciente de la Seguridad Social:

Hoy 9:00 horas, he llegado a consultas externas del Hospital Universitario “La Fe”. Realmente, fe lo que se dice fe, no sé si hay que tener, pero paciencia mucha. Después de una hora en la sala de espera, afortunadamente amenizada por el libro “La dama número trece”, y tras varias peripecias tipo:
—Que tiene que ir a Admisión de Pacientes y que le hagan el historial.
—¿Historial, y dónde tengo que ir?
—Por allí recto.
Sigues el pasillo, doblando varias veces en ángulo recto y en distintos sentidos. Está claro que a los que estudian enfermería no les explican lo que es una línea recta.
Vuelvo con mi flamante historial, consiste en una bonita carpeta, un impreso con mis datos y tres metros de etiquetas con mi nombre y un código de barras. ¿Me habrán adjudicado ISBN como a los libros? Me siento y sigo la espera amenizada con la lectura. Al rato aparece una mujer menuda y delgada que va murmurando para sí misma. Pregunta, contesto, me cuenta su vida, sigo leyendo, insiste en hablarme, le doy la razón varias veces, sigo leyendo, sigue murmurando para sí misma, la ignoro, me habla de nuevo, cierro el libro y le contesto, me repite lo mismo de antes. ¿¡Cuándo se callará esta tía!? Decido pasar de ella y continúa mascullando para sí.

Ya son las 11:00 horas, me llaman. Entro animado, me siento ante el médico, que me pregunta lo clásico:
—¿Es usted alérgico a algo?
—Hasta ahora no.
—¿Lo han operado de algo?
—Sí, de vasectomía.
—¿De qué lado? ¿Del mismo?
¿Lado? Me pregunto si ese tío sabe lo que es una vasectomía. ¿No sabe que te hacen dos cortecitos, uno en cada lado…? ¿Será de verdad un médico?
—En los dos lados —le contesto sin saber si reír o echar a correr.
—Tiéndase en la camilla y bájese la ropa.
Dispuesto a perder la dignidad me bajo pantalones y calzoncillos, me tumbo en la camilla, el sujeto… el doctor, sin usar guantes, me incrusta un dedo justo en el agujero de la hernia. O sabe lo que hace o ha acertado a la primera.
—Sí, efectivamente, es una hernia inguinal —indica y sale corriendo a lavarse las manos.
De vuelta al escritorio y una vez con las vergüenzas a salvo me dice:
—Pues una hernia no es para morirse, no es como un tumor o un cáncer. Se puede operar o no. Con la hernia puede vivir perfectamente.
Vale, no hace falta meditarlo mucho, no me agrada llevar los intestinos saliéndose por un boquete en el vientre. Es molesto andar metiéndose las tripas a cualquier hora, haga lo que haga.
Que voy andando por la calle: “Espera que se me salen los mondongos, ¡no señora, no me estoy masturbando en medio de la calle, estoy recogiendo mi intestino que quiere huir por el camal de los pantalones!”
Que hace uno el salto del tigre: “¡Cuidado que se te ha enganchado el colon en la lámpara!”
Que voy en el metro, noto un tirón en el vientre, miro al suelo: “¡Oiga señora, que su niño me está pisando las entrañas! ¡Niño no te lleves eso a la boca que es mío!”
Al fin le contesto:
—Prefiero operarme, es molesto andar así.
En médico coge unos papeles y se pone a hacer tachoncitos y a escribir garabatos, cuando termina dice:
—Esto es una hernia y hay que operar.
Me quedo flipado, pero si le acabo de decir que quiero operarme, no debería decir: “Pues ya que usted quiere operarse…”
Me gustaría esperar a que inventen el salero con lucecitas de las películas de Star Trek y el “Holograma Médico de Emergencia”. Pero no, no puedo andar así. Me hacen salir por otra puerta a un pasillo y descubro que los pacientes que entraron antes que yo todavía están allí esperando.
En un cartel en la pared el hospital te sugiere que esperes leyendo. De momento soy el único en todo el hospital que lleva un libro. ¿Seré raro? Sigo con mi apasionante lectura. Tres capítulos después sale la enfermera y me da un montón de papeles: RX, E.C.G., Análisis de sangre. Muy competente, sólo son las 12:00, he estado tres horas para esto, ¡y sólo había cuatro pacientes antes que yo! Pero no he perdido la mañana, he leído medio libro.
Para las próximas pruebas y consultas creo que me llevaré algo más de lectura, ¿qué tal los doce tomos de las memorias de Winston Churchill?




1 comentario:

Anónimo dijo...

Aaaaay la Seguridad Social. Cuántas cosas podríamos contar de ella... y qué pocos árboles quedarían en el mundo si tratáramos de imprimirlas todas.

Te comprendo perfectamente. Viví algo parecido con mi estómago. Después de un mes y medio esperando a que me viera el especialista yo ya pensaba ¿pa qué? Si tengo algo que podría haber sido evitado, creo que ya no.

Enga, a ver si te pones buenecito.
Besotes
Felicidad

PD: Tú decías de mis "Recordando Viejos Tiempos", pero hijo, lo de tus peripecias con los intestinos casi hace que me echen a la calle, jeje.