22 de marzo de 2016

OLOR A TIERRA MOJADA

OLOR A TIERRA MOJADA
José Vicente Ortuño


Refugiados bajo un saliente rocoso, un padre y su hijo observaban la lluvia.
—¡Papá, cae agua del cielo! —dijo el joven.
—Sí, hijo, por fin llueve —respondió el adulto.
—Es muy raro, ¿verdad?
—Hace unos siglos era natural, formaba parte del ciclo climático.
—¿Por qué dejó de llover? —preguntó el joven, sin llegar de entender lo que decía su padre.
—Porque la humanidad creció de forma desmesurada, consumió los recursos del planeta, destruyó los bosques que generaban el oxígeno y contaminó la atmósfera con gases venenosos. Todo ello hizo que el clima se estropeara. Pero la naturaleza es sabia y, poco a poco, está volviendo a la normalidad.
—Ah, ¿y ya está arreglado?
—Sí. Verás hijo, cuando el clima cambió el noventa y nueve por ciento de los habitantes de la Tierra murieron y…
—Pero nosotros no morimos —interrumpió el joven.
—No, nuestros antepasados se adaptaron volviendo a sus raíces.
—Entonces ¿la Tierra volverá a ser tal como cuenta el abuelo?
—Sí, dentro de algunas generaciones volverá a ser como era antes de que la humanidad la devastase. Y las plantas y animales repoblarán el planeta por completo.
—¿Y si se estropea otra vez?
—No hijo, eso no volverá a pasar, porque nosotros no vamos a dejar que suceda de nuevo. ¡Mira, ya no llueve! Volvamos a casa.
—Sí, papá.
Los bosquimanos salieron de su escondite y caminaron por la sabana, disfrutando del exótico olor a tierra mojada.

24 de febrero de 2016

EL HAMBRE - Miguel Hernández


I

Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.

El hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres.

Los años de abundancia, la saciedad, la hartura,
eran sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para que venga el pan justo a la dentadura
del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.

Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,
los que entienden la vida por un botín sangriento:
como los tiburones, voracidad y diente,
panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.

Años del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban para el otro su cantidad los panes.
Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.

Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices y heridas, señales y recuerdos
del hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos con un origen peor que el de los cerdos.

Por haber engordado tan baja y brutalmente,
más abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis atravesados por esta gran corriente
de espigas que llamean, de puños que amenazan.

No habéis querido oír con orejas abiertas
el llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a pedir con la boca de los mismos luceros

En cada casa, un odio como una higuera fosca,
como un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe por los tejados, os cerca y os embosca,
y os destruye a cornadas, perros agonizantes.

II

El hambre es el primero de los conocimientos:
tener hambre es la cosa primera que se aprende.
Y la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá donde el estómago se origina, se enciende.

Uno no es tan humano que no estrangule un día
pájaros sin sentir herida en la conciencia:
que no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas que no saben si no es de la inocencia.

El animal influye sobre mí con extremo,
la fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para acallar en mí la voz de los leones.

Me enorgullece el título de animal en mi vida,
pero en el animal humano persevero.
Y busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo tanta maleza, con su valor primero.

Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura.

Entonces solo sabe del mal, del exterminio.
Inventa gases, lanza motivos destructores,
regresa a la pezuña, retrocede al dominio
del colmillo, y avanza sobre los comedores.

Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces sólo veo sobre el mundo una piara
de tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.

Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto chacal prohijado, que el vino que me toca,
el pan, el día, el hambre no tenga compartido
con otras hambres puestas noblemente en la boca.

Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.
Yo, animal familiar, con esta sangre obrera
os doy la humanidad que mi canción presiente.

18 de diciembre de 2015

TERROR A LA PÁGINA EN ROJO

TERROR A LA PÁGINA EN ROJO
José Vicente Ortuño

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en rojo, pero no porque fuese incapaz de llenarla con una buena historia. Al contrario, acababa de terminar su obra maestra, la mejor novela que había escrito en su vida, la que lo lanzaría definitivamente a la fama. No era terror a la página en blanco lo que sentía, sino agonía, porque alguien le había seccionado la yugular y la sangre le salía a borbotones, salpicándolo todo, empapando y emborronando los folios que contenían el culmen de su obra literaria.
Mientras moría pensó: “Es una lástima no poder disfrutar de la gloria de mi obra póstuma.”