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20 de mayo de 2013

TERROR A LAS PÁGINAS…

TERROR A LAS PÁGINAS…
 José Vicente Ortuño


EN BLANCO

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en blanco, sobre la que revoloteaban esas extrañas formas que vemos cuando miramos al infinito sin enfocar la vista. ¿Qué serán esas cosas globulares o las vermiformes, o los puntos negros y los destellos? —se preguntó—. ¿Seres de una dimensión apenas entrevista? ¿Habitantes de un universo paralelo?
Sus dedos siguieron inmóviles sobre el teclado de su vieja máquina de escribir.
Súbitamente sintió que caía. Intentó agarrarse, pero sus manos sólo encontraron vacío. Durante un instante eterno giró y giró, para luego quedar suspendido en la nada. Una nada de un blanco deslumbrante. Pero mirando al infinito sin enfocar la vista, observó su propia imagen mirándolo; mirando fijamente la página en blanco.


EN ROSA

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en rosa.
¿Quién le mandaba comprar ese puñetero papel tan cursi? Pero no podía culpar a nadie, había sido él mismo quien pensó que cambiar el color de sus folios podría inspirarle nuevas historias. Pero en la papelería sólo tenían papel rosa —seguro que porque nadie lo compraba—. Sin embargo, el cambio no le había servido de nada, porque el terror a la página en blanco se había convertido en la angustia a la página en rosa.


EN ROJO

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en rojo, pero no porque fuese incapaz de llenarla con una buena historia. Al contrario, acababa de terminar su obra maestra, la mejor novela que había escrito en su vida, la que lo lanzaría definitivamente a la fama. No era terror a la página en blanco lo que sentía, sino agonía, porque alguien le había seccionado la yugular y la sangre le salía a borbotones, salpicándolo todo, empapando y emborronando los folios que contenían el culmen de su obra literaria.
Mientras moría pensó: “Es una lástima no poder disfrutar de la gloria de mi obra póstuma.”


EN VERDE

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en verde. ¿Verde? ¿Por qué intentaba escribir en una página verde? ¿Y qué coño eran esas esferas de colores que giraban a su alrededor?
—¡Eh tú, borrachuzo! ¡Escritorzuelo de tres al cuarto! —dijo alguien sacudiéndolo con brusquedad—. ¡Si vomitas sobre la mesa de billar te corto los cojones y te los hago tragar! ¡Levanta y vete a dormir la mona a otra parte!


EN AZUL

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en azul. La viagra le había hecho efecto y este hecho le hizo recordar que estaba solo. Ella se había marchado, furiosa, cuando lo sorprendió tomándose las pastillas. Tal vez se sintió decepcionada por un hombre que necesitaba productos químicos para conseguir una erección. Pero, caramba, ella tampoco era una supermodelo.
Cerró el procesador de texto, abrió el explorador de Internet y escribió en la barra de direcciones la de su web porno favorita. Aunque esta noche estuviese solo, estaba dispuesto a darse un homenaje de todas formas.


EN SEPIA

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en sepia. Odiaba quedarse ante una página vacía durante horas, incapaz de hilvanar un relato o un artículo, pero lo odiaba más aún si se trataba de una hoja de papel reciclado. Le producía malas vibraciones no saber qué había contenido antes ese papel. ¿Tal vez las malas noticias de una página de sucesos? ¿Quizás esquelas mortuorias? ¿Un horóscopo más falso que un billete de seiscientos euros? En el peor de los casos podría tratarse de una novela mala, arrojada a la basura sin compasión por alguien que se sintió engañado al intentar leerla.
—¡Eh, tengo una idea! —exclamó y se puso a escribir: “Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en sepia…”


EN NEGRO

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en negro. Parpadeó, pero siguió sin ver nada, todo estaba a oscuras. Palpó la mesa, abrió un cajón y escarbó buscando al tacto. Encontró la linterna y la encendió. Pero, ¿de qué le iba a servir?, había cambiado su vieja máquina de escribir por un ordenador y, hasta que volviesen a conectar el fluido eléctrico, éste sólo era un enorme y caro pisapapeles. Apagó la linterna y esperó, resignado, en la oscuridad.


EN FUCSIA

Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en fucsia...
—¿Cómo que fucsia? —dijo el personaje—. ¿Qué mariconada es esa?
—Hombre Benito, si sólo es un microrrelato para Q.I.
—¡Me importa un carajo! A mi me pones en folios blancos satinados de 80 gramos o te pongo una demanda que te cagas.
—¡Pero si sólo son ciento treinta palabras de nada!
—¿Y mi reputación, eh? —interrumpió—. ¡No soy Priscilla la Reina de Desierto, sino Benito, el que cabalga en su camello Cirilo a través de las Arrugas Temporales!
—Lo sé Benito, yo te creé y escribí tus aventuras.
—¿Qué me creaste? ¡Déjame que me ría! —y dando media vuelta se marchó, dejándome la historia inacabada. ¿Por qué lo hice tan susceptible?


DESIERTA

—Oye Cirilo, quiero que seas el protagonista de una microficción —le dije al camello protagonista de mi cuento Dismnesia Temporal.
Me miró de esa forma que miran los artiodáctilos rumiantes oriundos del Asia central cuando desearían decirte: “¡Y a mí que coño me importa!”
—¡Hombre… digo camello! ¡Que van a leerlo miles de persona de todas partes del mundo! —insistí.
Me lanzó un gruñido en lenguaje camélido barriobajero, algo así como: “¡Vete al cuerno, gilipollas!”
—Vale que Benito se enfadara por lo de la página color fucsia, pero a ti te doy a elegir el color que más te guste.
Se dio media vuelta, levantó el rabo y soltó un pedo.
—¡Eres un guarro Cirilo! ¡A Benito y a ti se os ha subido la fama a la cabeza, pues ya no escribo nada de vosotros y dejo esta página desierta!

20 de abril de 2013

CINCO RELATOS APOCALÍTICOS

CINCO RELATOS APOCALÍTICOS
José Vicente Ortuño

REGÉNESIS

El Hacedor de Universos miró su obra. No le gustaba. Demasiado caos. Demasiadas cosas dejadas al azar. El azar no era bueno, generaba resultados inesperados. Incluso los pocos seres vivos que se habían desarrollado se creían imbuidos de libre albedrío, lo que provocaba un comportamiento desordenado y violento.
Tendría que rehacerlo. Tomó un armagenizador del número quince de su caja de herramientas, lo introdujo en la cubeta donde flotaba el universo. Accionó el interruptor y lo agitó hasta dejarlo batido, mezclado, homogeneizado y pasteurizado. Añadió nuevos componentes: un poco de esto, una pizca de eso otro y lo agitó un poco más.
Tomó entonces el compactador y lo hizo funcionar sobre la masa, que comenzaba a burbujear, hasta que todo quedó reducido a una esfera oscura. Sonrió satisfecho y le escupió al huevo primigenio, hubo un destello en la cubeta y todo volvió a empezar.


APOCALIPSIS MODERNO

No hubo granizo de sangre y fuego que quemasen la tercera parte de la vegetación, porque ya había ardido hacía tiempo.
La caída de la montaña en llamas no convirtió los océanos en sangre, porque estaban llenos de petróleo y basura.
La estrella que cayó no destruyó la tercera parte de los ríos, porque la contaminación y el cambio climático los habían secado.
No hizo falta que se abriese un abismo en la tierra y brotasen terroríficas langostas para rematar la masacre, porque las guerras habían eliminado todo vestigio de vida sobre la Tierra.
El Cordero degollado, con siete ojos y siete cuernos, lloró por el planeta asolado y la inutilidad de su propia existencia.


RECOMPENSA

Los ciento cuarenta y cuatro mil Elegidos caminaban tras el Cordero degollado, con siete cuernos y siete ojos.
—¿Qué va a pasar ahora, Señor? —preguntó un tipo con cara de listillo.
—Como Elegidos que sois —dijo el Cordero, intentando enfocar los siete ojos sobre el bienaventurado—, os corresponde la recompensa por haber sido buenos y fieles.
—¿Cuál será Señor? —preguntó otro—. ¿Recibiremos alas de ángel, nos sentaremos a tu diestra y cantaremos alabanzas durante toda la eternidad?
—No, hijos míos —respondió el Cordero, sujetándose la cornamenta, mareado por mirar con siete ojos a la vez—, recibiréis lo habitual en estos casos, un fin de semana en Benidorm con los gastos pagados.


EL BUNKER

Hipólito Hipocondrio había estudiado el libro de las Revelaciones durante toda su vida, lo que le permitió calcular el día del Armagedón.
Construyó un bunker hermético, capaz de resistir una deflagración nuclear de un millón de megatones. En el interior acumuló agua, provisiones y equipamiento que le permitirían sobrevivir durante años.
Antes del día previsto se encerró en su refugio. Horas después sintió los temblores de la hecatombe. El bunker resistió.
Pasados unos meses, cansado de la soledad y la incertidumbre, quiso salir al exterior. Sin embargo, algo había atascado la puerta y no consiguió abrirla. Su curiosidad quedó frustrada, pero se sintió satisfecho de haber construido la tumba perfecta.


RETRASADO

El día del Armagedón el Cordero degollado, con siete cuernos y siete ojos, rompió los siete sellos. Los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos fueron llamados y acudieron felices a tan esperada cita. Siete ángeles hicieron sonar sus trompetas celestiales a pleno pulmón hasta acabar exhaustos. Y la Ira Divina derramó sobre la Tierra miles de terribles plagas, que acabaron con todo bicho viviente.
Sin embargo, Benito Peláez, que siempre llegaba tarde a todas partes, para no variar también lo hizo al Apocalipsis. Así fue como, además de perderse el espectáculo, se quedó solo en sobre la Tierra. Pero lo peor fue que al día siguiente le tocó limpiar los desperdicios de la “fiesta”.

29 de marzo de 2013

VISITANTES DE DORMITORIO

VISITANTES DE DORMITORIO
José Vicente Ortuño

1

Abrió los ojos y allí, a los pies de la cama, una figura oscura con rostro inexpresivo y mirada tétrica, lo observaba inmóvil. Los ojos brillaban fríos en la penumbra.
Sintió pavor, pero su mente se hallaba en equilibrio entre la vigilia y el sueño, y se hundió en el abismo de las pesadillas, sabiendo que aquella figura misteriosa seguiría allí, acechándolo, mientras él estuviese dormido e indefenso.

2

Abrió de nuevo los ojos. Se sobresaltó al comprobar que aquella figura todavía se erguía frente a él, inmóvil, tal vez esperando a que despertase… o a que se volviese a dormir. Intentó moverse, pero no pudo. Pensó que soñaba, sin embargo, el aire que entraba por la ventana y el tacto de las sábanas le parecieron muy reales, y aquel ser no podía serlo; ¿o sí? Horrorizado se sumió de nuevo en el sueño repetitivo y agobiante que lo tenía atrapado aquella noche.

3

Abrió los ojos por tercera vez. El primer resplandor grisáceo del amanecer iluminaba el dormitorio, pero la terrorífica figura continuaba plantada a los pies de su cama, sumida en un halo de oscuridad. Entonces la figura se movió.

4

Abrió los ojos. A los pies de la cama había una mujer, tan pálida que parecía brillar en la oscuridad y vestida con una túnica vaporosa. Ella sonrió. La sonrisa lo aterrorizó. Quiso levantarse, pero no pudo.
La túnica de la misteriosa dama cayó sin que ella hiciese ningún movimiento. A pesar del miedo, él se excitó. Ella se le aproximó flotando sobre la cama. La noche era muy cálida, pero aquella mujer parecía emanar frío.
Ella le acarició alrededor del sexo erecto y él se estremeció. Se sentó a horcajadas sobre él. La penetración no fue cálida y suave, sino muy fría; gélida. Luego lo cabalgó con ferocidad, hasta que él eyaculó de forma salvaje. Cuando recuperó el aliento la mujer ya no estaba, pero él todavía tiritaba de frío cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana.

5

Abrió los ojos. Alrededor de su cama había varias figuras humanoides de color gris. Estaba harto de visitas nocturnas. Primero un fantasmón siniestro y luego un súcubo extremadamente libidinoso. Ahora les tocaba el turno a los alienígenas cabezones de color gris. ¡Era otra maldita pesadilla! Cerró los ojos.
Abrió los ojos de nuevo. No se encontraba en su cama ni en su dormitorio, sino en un quirófano que parecía diseñado por Calatrava. Al menos una docena de alienígenas manipulaban extraños artefactos de aspecto inquietante. No se dejó impresionar, pues estaba convencido de que era un sueño. Un hombrecillo le colocó un instrumento sobre la frente y se durmió.
Abrió los ojos. Había amanecido. Al levantarse notó una molestia en la nuca. Se miró utilizando dos espejos. Tenía una pequeña cicatriz. ¿Le habrían insertado un implante los alienígenas o era un grano?

6

Abrió los ojos. Una mujer vestida de sevillana con las manos en jarras lo miraba desde los pies de la cama.
—¿Quién eres tú? —preguntó irritado.
—¡Soy Lola Flores!
—¿Qué?
—¡Lola Flores! ¡Lola de España! ¡La Faraona, caramba!
—No si... quiero decir…
—¡¿Y cómo me las maravillaría yo?! —cantó la folclórica haciendo molinetes con los brazos, tocando las castañuelas y dando taconazos.
—Perdone doña Lola…
—¡No me interrumpas, chiquillo!
—Perdón, ¿qué hace usted en mi dormitorio a estas horas?
—Pregúntale a mi representante, él busca los bolos y yo actúo, ¿vale?
—¡Si usted lleva muerta muchos años!
—Quillo, la vida en el más p’allá está muy achuchá y hay que currar, que luego Hacienda… —la cantaora retomó su actuación—. ¡¡Achilipú, apú, apú!!
No cerró los ojos, sino que disfrutó del espectáculo, más que nada por respeto al fantasma de La Faraona.

7

Abrió los ojos. Un enano con una txapela tan grande como la tapa de una alcantarilla, lo observaba sentado a los pies de la cama.
—¿Y tú quién eres? —preguntó incorporándose.
—¿No se me nota, pues? —dijo el enano con acento de Bilbao.
—Déjame adivinar… ¡el fantoche que me va a incordiar esta noche!
—¡Adivinaste, pues! Me llamo Patxi.
—Nunca he oído hablar de ti, ¿eres un fantasma, un íncubo, un E.T…? —suspiró—. ¡No iras a hacerme un número folclórico!
—No… Es que… —dudó el enano—, soy nuevo visitando dormitorios y no traigo nada preparado.
—Entonces te largas y me dejas dormir, ¿vale?
—No puedo, me despedirían, pero tengo una idea…
Despertó con una horrible resaca. El enano no podía levantar piedras o cortar troncos, y como dantzari era un verdadero desastre, pero se conocía todas las tascas de Bilbao.

8

No abrió los ojos. Se negó a hacerlo porque estaba muy cansado. Había pasado las últimas noches en vela, pero esta vez no pensaba caer en la trampa de ningún fantasma, aparecido o espíritu estrafalario. Estaba dispuesto a resistir con los ojos cerrados hasta el amanecer o hasta que el fantoche de turno esa noche se cansase. Tenía que ser fuerte, al fin y al cabo ya se estaba acostumbrando esas visitas indeseadas en su dormitorio. Pero, ¿y si fuera alguien peligroso de veras? El fantasma de Jack el Destripador o el del Sacamantecas. Escuchó con atención, mientras contenía la respiración. Pudo sentir que había alguien junto a su cama. Aterrorizado abrió los ojos.
—¡Ay vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzooooo! —cantó el fantasma de El Fari a voz en grito.

9

No abrió los ojos. Esta vez se dijo que aguantaría hasta el amanecer, oyese lo que oyese, sintiese lo que sintiese. Algo frío le rozó la cara. Abrió lo ojos.
Junto a su cama había un individuo pálido, vestido con una túnica de seda.
—¡¿Eh, quién eres tú?! —graznó intentando incorporarse, pero volvía a estar paralizado.
—Soy un íncubo, ¿no se me nota? —dijo el extraño en tono ofendido, acariciándole la mejilla con una uña larga y afilada.
—¡Pe… pero los íncubos sólo visitan a las mujeres!
—¡Oh, qué enterado estás! —dijo el demonio.
—¡Entonces vete y déjame dormir!
—Pero estarás… tan solo… hum.
—Pu… pues entonces que venga tu compañera… la tía pálida de la otra noche.
—¿No serás homófobo, verdad? —dijo el diablo lamiéndose los labios con su lengua bífida—. Relájate, que esta noche vas a disfrutar nuevas sensaciones...

10

Abrió los ojos. El psiquiatra lo miraba desde su sillón.
—Doctor, desde hace algún tiempo me visitan por la noche personajes extraños, ¿puede ayudarme?
—¿Qué cree que son esas visiones? —dijo el psiquiatra con voz profunda.
—¡No son visiones, son reales!
—¿Cree que forman parte de la casuística de los visitantes de dormitorio?
—¡Qué sé yo! El caso es que esos fantasmones no me dejan dormir.
—¿Le ha visitado algún político?
—No, todavía no.
—¿Y algún eminente psiquiatra?
—Hasta esta noche no.
—Bien, en ese caso no le cobraré por ser la primera visita —dijo el doctor Jiménez del Oso—. Ahora puede volver a dormirse.
—¡Por favor, dígame cómo puedo acabar con esta maldición!
—Debe encontrar la fuente y origen de las visitas —respondió el doctor y desapareció.
Buscar la fuente y el origen... pensó mientras cerraba los ojos y se dormía.

11

Abrí los ojos. A los pies de mi cama había un tipo con el ceño fruncido.
—¿Quién coño eres? —le pregunté levantándome dispuesto a partirle la cara.
—¿No me reconoces? ¡Joder, qué morro tienes!
—Dime quien eres antes de que te parta la cara —dije con frialdad.
—O sea, yo tengo que aguantar que cada noche me envíes un personaje estrafalario a incordiarme, y a ti te molesta que venga en persona.
—¡Ah, cojones! —dije yo en un alarde de locuacidad nocturna—. Eres mi personaje, el de los “Visitantes de dormitorio”.
—¡Premio para el caballero! —exclamó irónico.
—¿Y qué quieres?
—Que te olvides de mi para siempre.
—De acuerdo —dije.
Lo olvidé y desapareció en la nada. Una lástima, porque le estaba tomando aprecio y pensaba darle un nombre en el siguiente relato.

12

Abrí los ojos. Junto a mi cama había un sindicalista.
—Represento al Sindicato de Personajes Literarios —dijo sin más.
—¿Eso le da derecho a entrar en mi dormitorio? —le increpé.
—Según el Convenio de Personajes Literarios, artículo…
—¡Vale, vale…! —interrumpí—. ¿Qué quiere?
—Ha trasgredido los derechos de un personaje, utilizándolo sin contrato previo y olvidándolo después.
—¡Pero si fui su creador!
—¡Los escritores se creen con derecho a todo!, pues no va a salirse con la suya, le va a caer una demanda que se va a cagar.
—Pero si yo no sabía…
—¡No se puede alegar ignorancia de las leyes!
—Lo lamento, ¿puedo remediarlo?
—Si firma este contrato…
Me tendió unos papeles, que leí a conciencia, firmé y devolví, quedándome una copia. Luego el sindicalista desapareció.
—Se va a enterar ese personajillo de mierda —mascullé volviendo a la cama.

13

Abrió los ojos. En su dormitorio no había nadie. Estaba solo.
—¡Oye autor! —gritó a la oscuridad.
—¿Y ahora qué quieres? —dijo una voz profunda.
—¿Esta noche no viene nadie?
—¿Para que luego me venga amenazando el sindicalista, eh?
—¡Pero has firmado un contrato!
—Que dice que saldrás en mis historias y tendrás un nombre.
—¿Y cómo me llamo?
—Nepomuceno.
—¡Es el nombre más feo que he oído nunca!
—¡Ah, se siente! —dijo el autor con retintín—. El contrato no estipula ese punto, por lo tanto te puedo llamar como quiera.
—¡No es justo!
—Sí, la vida es muy triste —la voz soltó una carcajada.
—Bueno, vale —dijo Nepomuceno resignado—. ¿Qué hago en esta historia?
—He sido muy duro contigo, así que hasta “Visitantes de dormitorio 500” dormirás a pierna suelta.
—¡Noooooo…! —gritó el personaje, pero poco después roncaba plácidamente.

¿FIN?