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19 de marzo de 2014

LOS DIURNOS (Recordando El Bibliocafé)

LOS DIURNOS
Sainete jocoso-sádico en tres actos fantásticos
y un epílogo sorprendente

Por
José Vicente Ortuño
Autor de gran renombre a entrambos lados
de la mar Océana y allende el mar Negro.




ACTO PRIMERO
Donde los Diurnos se reúnen para una
clase práctica de crucifixión al estilo Pilatos.

Aquel sábado por la mañana, mientras que en el resto del mundo brillaba un sol que cocía las piedras, como un presagio de los hechos que estaban a punto de acontecer, un espeso dosel de nubes negras se cernía sobre el Bibliocafé, donde entre cervezas y otros licores espirituosos, se pergeñaban las grandes obras maestras de la literatura Valenciana. Poderosas ráfagas de viento barrían las solitarias calles, mientras que la tormenta descargaba potentes rayos, que impactaban en el cercano estadio de fútbol, arrancándole trozos de hormigón, que saltaban por los aires como metralla.
Los miembros más puntuales de la Kedada de los Diurnos, sentados alrededor de la mesa grande del Bibliocafé, esperaban expectantes la llegada del Maestro. El Custos Vini[1] José Luis, vestido con su toga ceremonial, en actitud circunspecta y expresión inescrutable, servía bebidas a los presentes tras la barra de libaciones. Todos esperaban impacientes la hora de probar la sangre palpitante del sacrificio de aquel día.
Cuando el Maestro hizo su entrada, embozado tras su capa de viaje y empuñando su báculo de madera de arciano de Invernalia, los asistentes corrieron a postrarse a sus pies con reverencia, repitiendo con devoción su nombre secreto:
—¡Grumm, Grumm, Grumm, Grumm, Grumm, Grumm, Grumm...!
—¡A tus ojos poner quiero, letras que en mi alma están…! —Declamó el Maestro.
—¡… y en los míos, como imán, sacan lágrimas de acero! —respondieron a coro los discípulos.
Con una majestuosa seña el Maestro indicó a sus seguidores que tomasen asiento alrededor de la mesa, situándose él en la cabecera. Un subacólito le ayudó a quitarse la capa, que se llevó junto con el báculo y el zurrón de cuero de zombi macho.
—¡Sochantre[2] Ortuño, levante acta de los hechos que acontecerán durante la sesión de hoy! —declamó con voz potente, que hizo erizar el vello púbico de las novicias.
El Sochantre carraspeó, extrajo un vetusto pergamino del bolsillo interior de su zamarra, lo desenrolló con estudiada lentitud y comenzó la lectura:
—Orden de día. Punto número uno. Su Señoría el Maestro dará una lección magistral de crucifixión según el método Pilatos.
El Sochantre levantó la vista del papiro de actas e interrogó al subacólito que le hacía las veces de asistente:
—¿Hermano Juanma, ha venido el sujeto crucificable?
—No su gracia, dicen que an visto a Javier Arnau uir corriendo por la Sierra Calderona. El Habad Garduño a salido hen su persecución hal frente de huna partida de esos zombis raros suyos.
El Maestro frunció el ceño con tanta fuerza que se oyó como crujía y apretó los dientes para contener la ira que le producía el nefasto uso de las haches del subacólito. Se preguntó cómo podía haberlo ascendido. Seguro de que hizo trampa en el examen, pensó.
—Tendremos que escoger otra vícti… es decir… ¿Algún voluntario? —dijo el Maestro rechinando los dientes.
Los presentes se encogieron intentando desaparecer. Aunque ser crucificado por el Maestro Grumm era un honor, nadie parecía entusiasmado por ser candidato.
—¿No? Bueno, esperemos que capturen con vida a Javier Arnau. Sochantre, prosiga con la lectura del orden del día.
El aludido volvió a carraspear, hizo una pausa dramática y prosiguió:
—Punto número dos: Nombramiento de Cargos Monásticos para los novicios y oblatos.[3]
Un rumor y algunas risas de satisfacción recorrieron las filas de los Diurnos, que se cortaron de raíz cuando un rayo impactó en la boca del metro, situada frente al Bibliocafé, estremeciendo el edificio hasta los cimientos y haciendo parpadear las luces.
—«Ja, ja, ja» —de debajo de la mesa salió una risa gallinácea—. «No me pillaréis» —añadió la voz ahogada, que sonaba como si alguien hablase con la cabeza metida en un cubo.
—Por el Gran Batracio Verde, ¿quién rayos ha dicho eso? —exclamó el Maestro echando vapor por los ollares.
—«Je, je, je» —volvió a sonar la ridícula risilla—. «¡Maestro! ¡Una mierda p’a ti! ¡Pringao!»
—Su Excelencia Reverendísima disculpará la interrupción, es la cabeza clónica de Javier Arnau —dijo el Sochantre.
—¡¿Cabeza clónica?! —preguntaron a coro todos los asistentes menos los hermanos Joe A. y Tom Z. que, en una mesa al fondo del local, degustaban con gesto circunspecto sendos vasos de Jack Daniel’s.
—Su Excelentísima Reverencia recordará que ordenó que clonásemos al sujeto para poder utilizar su cabeza como martillo —respondió el Sochentre.
—¿Y puede saberse qué ha pasado con el resto del cuerpo?
—Nuestros biólogos, los Cillereros[4] Mars y Sánchez, dedujeron que el Maestro no lo necesitaría y clonaron sólo la cabeza, con lo que se redujo el coste en un 60%, Su Grandísima Señoría —explicó el Sochantre Ortuño levantando la ceja izquierda con gesto de suficiencia.
—Es el epítome de la síntesis del compendio de la sustancia de Javier Arnau —añadió el Cillerero Mars con voz cavernosa—. Ítem más, queda empíricamente demostrado que el resto del sujeto es prescindible dado…
—«¡Grumm cretino, cabeza de pepino!» —interrumpió la cabeza clónica desde debajo de la mesa.
El iracundo Maestro echó fuego por los ojos y enseñó sus afilados colmillos. Los novicios se estremecieron y los oblatos lloriquearon presos del terror.
—¡Quiero ver esa cabeza burlona! —exclamó al tiempo que otro rayo caía sobre el estadio del fútbol y la cuarta parte de las gradas se colapsaban, cayendo en una confusa montaña de escombros, que hizo temblar el suelo de nuevo.
Cuando el temblor cesó el Cillerero Sánchez sacó de debajo de la mesa un recipiente del tamaño de un cubo de fregar el suelo. Estaba cubierto con un paño. Lo colocó sobre la mesa y lo descubrió. Los presentes se hicieron hacia atrás al unísono, como si un imán los hubiese repelido, al tiempo que emitían exclamaciones de repulsión y asco. Dentro del envase de vidrio había una cabeza, que parpadeaba para acostumbrarse a la luz tras haber estado sumida en la oscuridad.
—¡Eh, quiero una cerveza! —exclamó con voz chillona al verse rodeada por vasos y botellas de refresco—. ¿Nos vamos al Cien Montaditos a tomarnos unas birritas?
—¡Es repugnante! —exclamó la novicia Carmen, cubriéndose la boca con la mano intentando no vomitar.
—¿Por qué tiene esa voz tan estridente? —preguntó el Condestable[5] Víctor.
—Es que no tiene… ¡ejem! —respondió el Cillerero Sánchez haciendo un gesto hacia la entrepierna.
—Claro, es sólo una cabeza, ¿dónde iba a tenerlos? —puntualizó el Sochantre Ortuño sonriendo y, haciendo alarde de sus inmensos conocimientos de cosas absurdas, añadió—: ¡Eso quiere decir que es una Capita Castrati!
Todos los presentes rompieron a reír con gran algarabía y estrépito.
—¡Cabrones! —chilló la cabeza muy cabreada—. ¡Así os dé un cólico miserere[6] y fallezcáis revolcándoos en vuestras heces!
Otro rayo sacudió el estadio de fútbol, derribando la zona VIP, al tiempo que los tertulianos se estremecían al contemplar una silueta siniestra que se recortaba en la puerta.
El Abad Garduño, reputado creador de zombis rarunos, había llegado al fin. Entró con pasos lentos, que hacían sonar las espuelas de sus botas de montar. Se quitó el empapado sombrero negro de ala ancha y clavó su dura mirada en la cabeza que reposaba sobre la mesa.
—Y pese a todo… —dijo con voz ronca—…al fin he capturado al original.
Hizo una seña y dos Zombis Pálidos entraron arrastrando al Javier Arnau original, que se debatía intentando soltarse de las fuertes garras que lo atenazaban, al tiempo que pataleaba y gritaba tras la mordaza que le tapaba la boca. Todos los esfuerzos que hacía eran fútiles.
Los dos zombis lo empujaron contra una columna, aunque mantuvieron su presa uno a cada lado, como dos siniestras estatuas, camuflados con su entorno, lo que los volvía prácticamente invisibles. En el exterior un centenar de Zombis Pálidos y otros tantos Voladores, similares a espantosas gárgolas, permanecieron impertérritos bajo la intensa lluvia. Tras ellos, la montura del Abad Garduño, un esbelto caballo árabe zombi, piafaba inquieto cada vez que caía un rayo.


ACTO SEGUNDO
Crucificando, que es gerundio,
o si quieres que algo se haga bien, hazlo tú mismo.

—Si ya tenemos al sujeto crucificable procedamos con la clase práctica del día —dijo el Maestro Grumm arremangándose la túnica ceremonial—. Hermano Juanma, los clavos —añadió.
El aludido escarbó en los bolsillos de su túnica y sacó un objeto metálico, que tendió al Maestro.
—¡Por Thor! ¿Esto qué es? —exclamó éste con los ojos inyectados en sangre.
—Ve… ve… verá… Su Grandísima Enormidad… es que… es que… —balbuceó el hermano ayudante. Ante la inquisitiva mirada del Maestro, tragó saliva y continuó—: Es que no había clavos enormes en la ferretería de mi barrio y…
—¡Ah, eso lo explica todo! —dijo el Maestro con una sonrisa que habría congelado los testículos de Belcebú—. ¿Y qué nos traes a cambio?
—Pu… pu… pues eso… una grapadora.
—Una grapadora… ¡Sí, es una grapadora…! —por la mente del Maestro pasaron escenas de crucifixión, desollamiento, mutilación y lesbianismo. Una sonrisa afloró a sus labios.
El Hermano Juanma sonrió también. Su grapadora parecía satisfacer al Maestro. Pensó que ya tenía más cerca ese ascenso a Refitolero.[7]
—Hermano, déjame ver esa grapadora tan maravillosa que nos has traído…
Juanma tendió el instrumento, que el Maestro le arrebató de la mano de un zarpazo…

Nota del Narrador Omnisciente: Para la mejor comprensión de los hechos que acaecieron a continuación, pasaremos a narrar en “tiempo bala”:

…y lo blandió con intención de graparle las orejas, pero el joven se apartó con agilidad felina y falló por escasos centímetros, grapándose él mismo una rodilla. El Maestro aulló retorciéndose de dolor. Juanma gateó fuera de su alcance. El Maestro intentó darle alcance saltando sobre la pierna sana, pero pisó su propia túnica y cayó estrepitosamente contra la mesa. El golpe volcó el recipiente que contenía la cabeza clónica de Javier Arnau, que rodó por la mesa. Dos novicios, cual cancerberos en una final de la Copa del Mundo de fútbol, se lanzaron a interceptarla antes de que cayese al suelo… Pero tropezaron uno contra el otro… Sin embargo, uno de ellos consiguió patearla. La cabeza clónica, con gesto de disgusto y dolor, salió disparada en una amplia parábola, gritando como una rata asustada…
El Maestro recuperó el equilibrio y corrió en persecución del hermano Juanma, que gateaba por debajo de las mesas…
La cabeza giraba en el aire a la altura del techo…
El Abad Garduño gritaba: “¡Mía, mía… y pese a todo será mía!”, mientras corría mirando hacia arriba…
José Luis, el Custos Vini, viendo como su preciado local corría peligro, se arrepintió de llevar afeitada la cabeza. Era un momento magnífico para estirarse de los pelos.
El Maestro y el Abad tropezaron el uno contra el otro. La grapadora salió disparada en trayectoria de intercepción hacia la cabeza. Ambos objetos —admitimos cabeza clónica como objeto decorativo, aunque de escaso gusto— confluyeron sobre el prisionero Javier Arnau que, al ver venir su clónica cabeza apartó la suya propia y original. Entonces coincidieron en el mismo espacio y tiempo: cabezón clónico, grapadora y cuello de Javier Arnau. Y, en una secuencia de hechos que atentaba todavía más contra la lógica y las leyes de la física, la grapadora rebotó repetidas veces, grapando la cabeza clónica al cuello de Javier Arnau.

Dejamos el “tiempo bala” y regresamos a la velocidad normal.

El Maestro y el Abad yacían despatarrados en un revoltijo de miembros y túnicas, al igual que la mayoría de los hermanos, novicios y oblatos, que habían tropezado unos con otros y, cual fichas de dominó, habían ido cayendo al suelo enredados con sillas y mesas. El Custos Vini, pálido como un vampiro anémico, balbuceaba y echaba espuma por la boca. Javier Arnau y su cabeza clónica, nariz con nariz, se miraban con odio. Los únicos que no se habían movido eran los Zombis Pálidos y los Hermanos Joe A. y Tom Z., que continuaban en su rincón contemplando los vasos casi vacíos de Jack Daniel’s.
Tras la batahola precedente, durante unos instantes tensos, en los cuales la atmósfera, espesa y cargada de electricidad estática, parecía haber cristalizado, todos permanecieron expectantes.
Súbitamente una fría y húmeda corriente de aire barrió el local, sacándolos de su estupor. Todos se volvieron hacia la puerta, donde la figura de un hombre alto y fibroso, de pálido semblante y ojos aquejados de honda melancolía, se recortaba contra el cielo encapotado. Vestía de negro. Se cubría la cabeza con un gastado chambergo y su cuerpo con una capa larga. Calzaba unas deslucidas botas de montar con afiladas espuelas en forma de estrella de cinco puntas. En un ancho cinturón que le ceñía la cintura, colgaban una espada, una daga y dos pistolas de principios siglo XVI. Su la mano derecha empuñaba un bastón de madera negra extrañamente tallado. Tenía toda la pinta de ser un puritano[8] recién llegado de la Inglaterra del citado siglo.


ACTO TERCERO
La llegada de un visitante inesperado
causa más confusión y caos.

—¡Herejes! ¡Nigromantes! ¡Sectarios sacrílegos! ¡Cesad en vuestras prácticas blasfemas y arrepentíos de vuestros pecados! —clamó el misterioso personaje. Sus fríos ojos recorrieron a los presentes que, con lentitud, jadeos y crujir de articulaciones, comenzaron a ponerse en pie.
—Y pese a todo… ¿Quién sois vos, que osáis hablarnos de esa forma? —interrogó el Abad Garduño llevando la mano a la empuñadura de su espada de acero valyriano.
—¡Me llamo Kane, Solomon Kane! —dijo con voz engolada el desconocido, que en ese momento dejó de serlo—. ¡Soy el azote de los herejes, nigromantes y brujos!
—¡Por Crom! —exclamaron los Hermanos Carmen y Sergio.
—¡Cáspita! —dijeron los biólogos al unísono.
—¡Córcholis! —dijo una tímida novicia.
—¡Recollons! —dijo alguien no identificado desde debajo de una mesa.
—¡Que me condenen a barrer las cenizas del infierno con una escoba en el culo! —exclamó el Hermano Tom Z., alzando su mirada de pez de su vaso de Jack Daniel’s.
—¡Que un gran pene, negro y duro, se me introduzca bruscamente por el esfínter anal y me haga estallar las hemorroides estrepitosamente! —exclamó el Sochantre Ortuño.
—¡Que me traigan otro Jack Daniel’s! —exclamó el Hermano Joe A.
En aquel instante en el Bibliocafé se mascaba la tragedia. Y fue precisamente ese momento el elegido por un meteorito del tamaño de Texas para impactar contra las ruinas del estadio de fútbol. La onda expansiva dispersó la horda de Zombis Voladores. El caballo zombi relinchó, pero aguantó el embate del furioso vendaval. Los Zombis Pálidos desaparecieron, quizás arrastrados por el huracán o tal vez mimetizados con el ruinoso entorno. Los miembros de la Kedada volvieron a rodar por el suelo, perdiendo una vez más su mermada dignidad.
—¡El mismísimo Satanás acecha en este antro! ¡Pero, que me aspen si no mando de regreso al infierno a estos malditos herejes, que están provocando el Armagedón con sus lóbregas prácticas! —exclamó Solomon Kane agarrado al marco de la puerta.
El puritano levantó el bastón vudú que le había regalado su amigo el hechicero N'Longa, un largo báculo de extraña madera negra, tallado de manera singular y con uno de sus extremos acabado en afilada punta.
»—Esto ser vara vudú —había dicho N'Longa—. Cuando tu largo cuchillo y tu canuto del trueno fallar, esto salvarte.
Kane desconfiaba de la brujería y perseguía toda práctica satánica, sin embargo, confiaba en N’Longa, que jamás le había fallado, por lo que decidió quedarse el regalo, aunque quizás sólo le sirviese como arma contundente.
El puritano pasó su mirada por todos los presentes, quedando horrorizado al ver al bicéfalo Javier Arnau. Lo señaló con el bastón vudú y, por arte de magia negra, los dos zombis pálidos perdieron su camuflaje. Ambos se miraron contrariados y, soltando al prisionero, huyeron hacia la salida trasera del local. El monstruo de dos cabezas quedó libre y sin vigilancia.
—¡Qué les has hecho a mis pobres criaturitas! —exclamó el Abad Garduño desenvainando su espada de acero valyrio, que brilló cegadora cuando un rayo impactó sobre una antena parabólica cercana—. ¡Y pese a todo… te arrepentirás de haber cruzado el Mississipi, forastero!
Con un rápido movimiento el puritano cambió el bastón de mano y desenvainó su espada de acero toledano, que no brilló porque estaba manchada de sangre negra de las abominaciones infernales que había matado para abrirse paso hasta el Bibliocafé.
Javier Arnau y su cabeza clónica se miraron, asintieron y aprovecharon que todos estaban distraídos para tomar el mismo camino que los zombis pálidos.
—¡Mira lo que has hecho, has estropeado la fiesta malandrín! —exclamó el Maestro con el rostro congestionado por la ira y, blandiendo su báculo de madera de arciano de Invernalia, añadió—: ¡Te desafío a un duelo mágico!
—¡Acepto el reto, criatura del averno! —rugió Solomon Kane esgrimiendo su bastón.
—¡Estafermo derrengado, cobarde de la pradera! —atacó el Maestro con un hechizo sencillo, para tantear a su enemigo.
—¡Bastardo de una meretriz y un energúmeno cafre poseído por el mismísimo Belcebú! —respondió Kane pagado de sí mismo.
—¡Bellaco pisaverde, eres más tonto que Pichote, que echó una carrera solo y llegó el segundo! —contraatacó Grumm con un ensalmo más poderoso.
—¡Petimetre mal parido, eres más malo que Caín! —se defendió Kane.
—¡Bosta de vaca mediocre, eres más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudado! —aulló Grumm.
—¡Necio charlatán, como mago eres más flojo que un puñado de pelusa! —gritó el puritano.
—¡Chiquilicuatre, eres más bobo que Abundio, que se cayó de espaldas y se rompió la nariz! —dijo Grumm y lanzó una carcajada llena de ironía y mala baba.
—¡Canalla hijo de mil putas, eres más feo que mandar a tu abuela a por heroína! —conjuró Kane.
—¡Pelanas calandraco, eres tan necio que te vas a la vendimia y te llevas uvas de postre!
—¡Cenutrio don nadie, eres más idiota que el que asó la manteca!
—¡Mentecato zascandil, eres más inútil que la primera rebanada de pan Bimbo!
—¡Mastuerzo esperpéntico, eres más guarro que un bocadillo de pelos!
—¡Perillán mediamierda, que tienes menos futuro que el pretérito perfecto!
—¡Mamarracho bravucón, tienes menos futuro que un artificiero manco!
—¡Pelagatos guarripanda, eres más superfluo que el limpiaparabrisas de un submarino!
—¡Pajarraco fariseo, tienes menos futuro que un francotirador ciego!
—¡Pazguato botarate, te repites más que un yogur de ajo!
—¡Mentecato zarrapastroso, eres más tonto que tunear el camión de la basura!
—¡Zote esgarramantas, eres más necio que los pelos del culo, que ven la mierda pasar y no se apartan!
—¡Mameluco fanfarrón, eres más pesado que un yogur de morcilla!
—¡Gaznápiro malandrín, eres más feo que un tiro de mierda!
—¡Zoquete pimplón, tu madre era más puta que las gallinas que aprendieron a nadar para follarse a los patos!
Los contendientes cesaron de pronto en su intercambio de conjuros y hechizos, quizás por falta de aliento, quizás por falta de inspiración. Los espectadores continuaron expectantes. Esperaban un empate y que hubiese que dirimir el combate con un duelo de escupitajos, que siempre resultaba divertido.
A varios kilómetros de allí, justo bajo el inacabado nuevo estadio de fútbol, entró en erupción un volcán, que redujo las ruinosas obras a lava y cenizas en pocos segundos.
Mientras tanto, sobre el Bibliocafé la tormenta comenzó a disiparse. Tímidos rayos de sol atravesaron las nubes grises, tiñendo el paisaje urbano de pálidos colores.
—¡No hay sábado sin sol, ni doncella sin amor, ni vieja que no se pea! —dijo el Sochantre Ortuño rompiendo el silencio y la expectación. Todos lo miraron estupefactos, pensando que se había vuelto orate—. ¿Qué pasa? Es un dicho de mi abuela. ¿No lo habíais escuchado nunca? ¡Si es que sois una panda de indoctos iletrados poseídos por la estulticia! ¡Las prácticas onánicas han convertido vuestras menguadas neuronas en gelatina de fresa!
Pero el Maestro, que no había perdido la concentración, encaró de nuevo al puritano y atacó con renovados ímpetus y nueva inspiración:
—¡Acémila gilipollas, eres más tonto que Pichote, que vendió la moto para comprar gasolina!
—¡Perro lamecoños, eres más soso que un bocadillo de cemento! —respondió Kane precipitadamente.
—¡Gañán tontolaba, eres más ridículo que un ataúd con pegatinas!
—¡Zopenco mezquino, estas más perdido que un pato en un garaje!
—¡Bellaco soplagaitas, eres más simple que el mecanismo de un botijo!
—¡Zafio mendrugo, eres más feo que un seiscientos descapotable!
—…
En ese momento una ronca carcajada interrumpió el duelo una vez más.
En la puerta había dos nuevos visitantes. Un enorme y feroz guerrero bárbaro vestido de pieles, que blandía un hacha de doble filo de aspecto tan peligroso como su propietario, y un enano rubio, con un ojo negro y otro azul y una horrenda cicatriz que le cruzaba la cara sobre la nariz, la cual, reducida a un feo muñón, casi brillaba por su ausencia.
—¡Vaya, vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¿Me engañan mis bellos ojos o esto es un concurso para ver quién la tiene más larga? —dijo el enano y ordenó al corpulento bárbaro que lo acompañaba—: ¡Shagga, hijo de Dolf, córtales la virilidad y échasela de comer a las cabras!
—Aquí no haber cabras, Mediohombre —dijo el jefe de los Cuervos de Piedra con evidente desprecio.
—¡Qué se le va a hacer! —exclamó el enano resignado.
—¡Enano felón poseído por el demonio, largaos con esa criatura malévola que os acompaña! —exclamó Solomon Kane, echando a los recién llegados una mirada siniestra capaz de envenenar pozos y dejar estériles a las mujeres—. ¡Nadie os ha dado vela en este entierro!
—¡Eso, eso, eso! —gritaron los presentes, ávidos por ver cómo terminaba el duelo.
—¡Tyrion Lannister! —exclamó el Maestro Grumm, con los ojos grandes como huevos cocidos—. ¡Si vienes a buscar bronca la has encontrado! —añadió desafiante—. En cuanto acabe con este puritano estreñido te voy a…
—¡No, por favor, más bronca no! —gritó José Luís, harto de ver rodar por el suelo el mobiliario de su local—. ¡Vuestra vesania me va a llevar a la ruina!
Todos miraron sorprendidos al Custos Vini, que siempre había sido discreto y silencioso.
—Tranquilo tabernero —dijo el enano con una sonrisa de suficiencia que en su rostro deforme se convirtió en una mueca horrible que hubiese avinagrado el vinagre—, sólo vengo a cobrar el penique del enano, luego podréis proseguir vuestros juegos y fornicios.
—¡Esto no es un prostíbulo, ni una taberna, maldito enano chupasangre! ¡Esto es el famoso Bibliocafé, el Emporio de la Literatura! ¿Acaso no ves los libros? —dijo José Luís señalando las estanterías vacías. Todos los libros yacían desparramados por el suelo en confusa amalgama. Empalideció más todavía, con lo que comenzó a parecerse a uno de los zombis rarunos del Abad Garduño.
—¡Hermano Custos Vini tranquilizaos, por favor! —dijo el hermano Joe A., su acompañante Tom Z. asintió—. Y servidnos otro Jack Daniel’s, si os place.
—¡Pues no me place, hatajo de perturbados! —exclamó José Luis al tiempo que saltaba sobre el mostrador con sorprendente agilidad, luego elevó los brazos en un gesto histriónico y clamó con voz cavernosa—: ¡Invoco a Nyarlathotep, el Caos Reptante! ¡Invoco a Cthulhu y a Shub-Niggurath con sus Diez Mil Vástagos! ¡Invoco a Azathoth y a sus huestes! ¡Que el gran foso del Tártaro se abra bajo vuestros pies y os arrastre al flamígero río Piriflegetonte!
Dicho y hecho. La tierra tembló. El edificio se sacudió como un flan de hormigón. Cayeron cascotes y todos corrieron a ponerse a salvo bajo las mesas. En el suelo se abrió un abismo tenebroso, que partió por la mitad el Bibliocafé, del que emergieron ardientes vapores sulfúricos que brillaban como fuegos fatuos. La grieta fue avanzando hasta que alcanzó el mostrador, que se partió en dos. José Luis se tambaleó, perdió el equilibrio y cayó a la siniestra hendidura gritando:
—¡¡¡Nooooooooooooooooooooo…!!! —gritó, y gritó, y gritó durante una eternidad mientras se precipitaba por aquella interminable sima rodeado de fantasmales garras que intentaban desgarrar sus carnes.
—¡¡¡…nooooooooooooooooooooo…!!! —continuó su alarido, que reverberaba en las paredes de roca negra, que pasaban a una velocidad terroríficamente lenta a su alrededor.
—¡¡¡…nooooooooooooooooooooo…!!! ¡¡¡Uf!!! —aulló hasta que su cuerpo se estrelló contra el suelo.
Si no se hubiese quedado sin respiración por el golpe, habría soltado una maldición gitana, en cambio, permaneció inmóvil esperando ser devorado por las llamas del rio flamígero o descuartizado por las espantosas criaturas que lo habían acompañado en su caída.
Recuperó el resuello y jadeó sudoroso, con el corazón galopando en su pecho como una manada de mamuts en estampida. Como no pasó nada durante un tiempo razonable, abrió los ojos, desorientado. Se incorporó. Para su sorpresa y gran alivio, se hallaba en el salón de su casa. Todo indicaba que, tras quedarse dormido en el sofá, había tenido una pesadilla y se había caído al suelo.
—Una pesadilla —murmuró mientras se incorporaba—, sólo ha sido una pesadilla. Todo está bien. Nadie ha destruido el Bibliocafé —respiró hondo, muy aliviado—. Las siestas después de la paella del domingo son horrendas —se dijo.
Se puso en pie. Su mirada se posó sobre un estante donde estaban los libros que había leído durante las últimas semanas: Noches de sal, Tom Z Stone, Y pese a todo…,  Canción de Hielo y Fuego, Zombimaquia…
—¡Qué paella ni qué niño muerto! —exclamó airado señalando los volúmenes que parecían burlarse de él desde la librería—. ¡Ellos tienen la culpa! ¡No volveré a leer ninguno de los libros que me recomienden esa pandilla de locos desquiciados de la Kedada! —y se marchó a ver si el Bibliocafé todavía seguía en su sitio.


EPÍLOGO
En algún lugar situado entre la fantasía y la realidad…

Una figura con dos cabezas corría por el infinito mar de hierba dothraki. Un dragón negro sobre el que cabalgaba una mujer rubia vestida con unas escuetas ropas de cuero, volaba en trayectoria de intercepción.
—¡Te dije que por allí no se iba al Cien Montaditos! —le gritaba jadeante una cabeza a la otra.
—¡Oye, pues esa tía está muy buenorra! —chilló la otra.
—¡Calla y corre, que ese bicho nos quiere asar! —replicó la primera.
—¡Valar morghulis! —gritó la rubia blandiendo sobre su cabeza un arakh de aspecto terrorífico.
El dragón exhaló un chorro de fuego, que a punto estuvo de chamuscar al ser bicéfalo, que aceleró su carrera y batió, sin saberlo, tres récords olímpicos.


FIN (o quizá no)


Nota del autor:

Pido disculpas a José Luis, el propietario del Bibliocafé, por el destrozo que hicieron los personajes en su local. Por suerte los auténticos somos más respetuosos con la propiedad ajena.
En este relato ningún clon, zombi, caballo, dragón o futbolista recibió daño alguno.



[1] El custos vini, que depende del cillerero está encargado de guardar el vino.
[2] El sochantre es el gran maestro de ceremonias de la liturgia. Estaba al cuidado de los libros que contienen los textos: evangeliarios, epistolarios, leccionarios, salterios y en general de toda la biblioteca. También de lo que debe ser leído en cada oficio, y ejerce además de escribano y bibliotecario. Por su erudición solía ser elegido entre los nutriti, es decir, los monjes educados desde la infancia en el monasterio.
[3] En el escalón inferior de un monasterio encontramos a los novicios (por regla general mayores de dieciecisiete años) y los "oblatos", son niños que han sido enviados por sus padres al monasterio y que en teoría estaban formalmente comprometidos para la vida del monacato. Los padres del oblato, también aportaban una dote al monasterio.
[4] El cillerero tiene encomendado el abastecimiento de víveres al monasterio. Con sus ayudantes dirige el servicio durante la comida y se encarga de los huéspedes. En las cocina es ayudado por un subcillerero, cuya función consiste en dirigir el trabajo de los cuatro ó seis monjes que por turnos semanales deben realizar este quehacer.
[5] El monje condestable estaba encargado de los establos, y también dependía del cillerero. Otro monje se encargaba del jardín y huerto, que debían de abastecer al convento.
[6] Cólico Miserere: Oclusión intestinal aguda, por causas diferentes, que determina un estado gravísimo cuyo síntoma más característico es el vómito de los excrementos.
[7] El refitolero era el ayudante del cillerero que se encargaba del servicio del refectorio. Estaba asistido por tres monjes encargados de colocar los manteles sobre la mesa y poner los cuchillos y los panes en el lugar correspondiente.
[8] Puritano: Individuo de un grupo reformista, inicialmente religioso, formado en Inglaterra en el siglo XVI, que propugnaba purificar la Iglesia anglicana oficial de las adherencias recibidas del catolicismo.

25 de diciembre de 2013

UN COCODRILO CAMBIÓ MI VIDA

UN COCODRILO CAMBIÓ MI VIDA 

José Vicente Ortuño 


Cuando yo era niño no venía Papá Noel a traer regalos el día de Navidad, lo hacían los Reyes Magos de Oriente el 6 de enero. Así los niños pasábamos las vacaciones de Navidad esperando ansiosos para disfrutar de los regalos durante un día y regresar al colegio al siguiente. Pero para mí eso no era lo peor. Lo que odiaba de verdad era que, tras la larga espera, los Reyes Magos jamás me traían lo que les pedía en mis cartas: 
  
Queridos Reyes Magos, como este año me he portado bien, querría que me trajeseis un rifle Winchester como el que usan en la serie Bonanza. 

Y los muy cabrones me traían una triste escopeta de plástico que disparaba un tapón de corcho atado a un hilo. Al año siguiente repetía mi petición. Y me traían un camión de lata. Así año tras año. Hasta que un día se pasaron de la raya. 

Aquel año mi hermano mayor, que ni siquiera les escribía una carta, le trajeron una carabina de aire comprimido. No era un Winchester pero era un rifle “de verdad”. Al verlo busqué por todas partes uno igual para mí. Pero no lo encontré. 

—¡Mamá, ¿qué me han traído los Reyes? —pregunté excitado, pensando que quizás lo habían escondido para sorprenderme. 

Pero mi madre me señaló algo que no había visto, o no había querido ver. Allí, triste y solitario, se encontraba el juguete más feo que he visto en mi vida. ¡Un cocodrilo de cuerda! Sí, un puto cocodrilo. Mitad de lata, mitad de plástico, con una horrible cola plana de goma verde. Al darle cuerda renqueaba patético abriendo y cerrando la boca. 

Imágenes de un cocodrilo como el mío encontradas en http://www.todocoleccion.net

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Mi infantil inocencia no comprendía cómo había sido merecedor de semejante “regalo”. ¿Es que en vuestros almacenes no había otra cosa más cutre? ¿Es que no me había portado bien? ¡Si el maestro no me había pegado ni una sola vez en todo el curso! ¿Acaso había yo asesinado a alguien para merecer ese castigo? ¿Quizás con su magia habían visto que en el futuro yo iba a ser un dictador sangriento que comería niños? La cabeza me daba vueltas mientras miraba aquel espantoso juguete. 

Entonces un engranaje giró en mi mente, una pieza encajó con otra y comencé a escuchar una canción que jamás había oído, al tiempo que veía pasar ante mis ojos visiones de guillotinas cortando cabezas coronadas. Sí, ese fue el momento, allá por los tempranos años sesenta del siglo XX, cuando dejé de creer en los monarcas, magos o no, y me hice republicano. 

Imágenes de un cocodrilo como el mío encontradas en http://www.todocoleccion.net


15 de diciembre de 2013

La Kedada Valenciana celebra la Navidad 2013



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Estaremos todos, es decir, que si no vienes no existes. 

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Cartel  © Juan Miguel Aguilera