1/07/09

Grodo Pimpón 5 - José Vicente Ortuño

GRODO PIMPON
(El primer mediano que viajó al espacio)
José Vicente Ortuño

5. - Las amazonas

El mediano no daba crédito a sus ojos. Su perspectiva desde el suelo lo dejó perplejo, pero cuando le permitieron levantarse alucinó más todavía. Estaba rodeado de mujeres guerreras. Eran un poco más altas que él y parecían fuertes. Tenían la piel morena y llena de vello, cosa que hubiera agradado a cualquier mediano que no estuviese amenazando con ser ensartado por una docena de lanzas. Sobre unos vestidos cortos de piel y fibras vegetales, lucían petos de cuero endurecido a modo de armadura. En la cabeza llevaban cascos, también de cuero, adornados con plumas. La mayoría iban armadas de lanzas, pero algunas llevaban a la espalda un carcaj con flechas y un arco largo en la mano. Todas portaban dagas o machetes colgando de un cinturón de cuero trenzado.
A pesar de lo crítico de la situación había algo en ellas que excitó a Grodo, lo que resultó absurdo y embarazoso en ese momento. Se encontraba desnudo y rodeado de mujeres armadas de aspecto feroz, pero su cuerpo reaccionó sin pedirle permiso. Las amazonas murmuraron en su lengua, pero no se rieron como esperaba.
En ese momento le hubiera encantado recuperar al menos sus calzoncillos, pero las guerreras no habían descubierto el escondite de la su ropa y equipo, y pensó que sería mejor dejar las cosas a buen recaudo; por si acaso.
Lo empujaron para indicarle que caminara. Él se dejó conducir con la docilidad que infunden las lanzas afiladas. Lo llevaron corriente arriba hasta la laguna donde se encontraban Glennys y Shela. Éstas estaban vestidas con sus uniformes y empuñaban sus pistolas, mientras otro grupo de guerreras las amenazaban con lanzas y flechas.
—¡Bajad las armas! —les gritó Grodo.
—¡Una mierda! —dijo Glennys tan sutil como siempre.
—Nos matarán si lo hacemos —añadió Shela.
Una de las guerreras, que lucía en su gorro un gran penacho de plumas coloreadas, gritó una retahíla de órdenes en su idioma y las arqueras tensaron sus armas.
Grodo avanzó muy despacio hacia sus compañeras y apoyándose con gestos, les indicó que bajaran las armas.
—Escuchad —les dijo—, ¿cuántas podéis eliminar antes de que nos conviertan en un alfiletero? La única oportunidad de sobrevivir en este planeta es estar a bien con los nativos.
—¡Pero si son salvajes! —gruñó Glennys, sin dejar de vigilar a las amazonas.
—Dejad las armas —repitió—, por favor, no quiero que os pase nada. Además, esto comparado con el desastre de la Dama es pan comido.
—¡Pero si esas zorras lo mismo nos quieren comer! —gritó Glennys, sin dejar de apuntar a las amazonas con su arma.
—¡Es una orden, teniente! —gritó Grodo.
La mujer y la elfa dejaron caer sus armas.

A gritos y empujones, las amazonas los llevaron hacia el interior del bosque. Grodo iba flanqueado por dos guerreras, que no le amenazaban con sus armas, en cambio, a sus compañeras las empujaban y maltrataban golpeándolas con la contera de sus lanzas. Pensó que tal vez fuese por que ellas habían opuesto resistencia.
El poblado de las amazonas se encontraba en las copas de los árboles, cosa que agradó a Shela, ya que los elfos de los bosques vivían de forma similar.
—Me recuerda mi pueblo —susurró emocionada.
A Grodo subir a una plataforma en lo alto de un árbol no le hacía ninguna gracia, y mucho menos trepando por una escalera de cuerda que no parecía nada segura. Los encerraron en dos chozas separadas y retiraron las pasarelas que las comunicaban con el resto del poblado. Desde una plataforma superior dos arqueras vigilaban que no intentasen escapar.
—¡Teniente Grodo! —gritó Glennys furiosa—. ¡En menudo lío nos has metido! ¡Eres un inútil! Podríamos haber liquidado a todas estas lagartas peludas.
—¿Lagartas peludas? ¿Y tú qué eres, una mona afeitada? —replicó Grodo molesto—. A mi me parecen encantadoras —añadió para provocarla.
—¡Lo que tienes que hacer es taparte esa cosa asquerosa que te cuelga entre las piernas! —exclamó la mujer, molesta por la desnudez del mediano.
—¡Lo siento, no me dieron tiempo para vestirme! —respondió él irónico.
Salió de la choza y observó a la centinela más cercana. Sí, eran atractivas. No tanto como una mediana, pero podría hacerles un favor sin tener que cerrar los ojos. No eran tan altas como las humanas ni tan delgadas como las elfas. ¡Son deliciosas!, pensó y notó con embarazo que empezaba a tener otra erección. Sacudió la cabeza para quitarse los lujuriosos pensamientos de la mente, no era el momento apropiado. Pero su larga estancia en el espacio —y de las chicas de su pueblo—, lo tenían un poco “tenso” sexualmente hablando.

Al atardecer las amazonas comenzaron a preparar lo que Grodo pensó que debía de ser una especie de fiesta. Intentó no pensar en la posibilidad de que ellos fuesen la cena. En un claro circular amontonaron leña y repartieron cestas de fruta por todo el perímetro. Un grupo de hombres trajeron tambores y otros artilugios que parecían instrumentos musicales. Mientras la orquesta se dedicaba a ensayar y afinar los burdos instrumentos, otros hombres instalaron una plataforma y sobre ella colocaron un trono. Tras el estrado colocaron lanzas cruzadas y escudos pintados con motivos animales en vivos colores.
Poco a poco se fueron reuniendo en torno al claro todos los habitantes del poblado. Encendieron antorchas en el perímetro y prendieron la hoguera. Los músicos comenzaron a tocar un ritmo machacón que hacía que los pies de Grodo se movieran solos. Hombres y mujeres se mezclaban entre la multitud, pero sólo ellas iban vestidas como guerreras, ellos llevaban sencillos taparrabos y brazaletes, sin pinturas ni armas. Estaba claro que los hombres eran meros trabajadores y que eran las mujeres las que ostentaban la autoridad.
Varias guerreras obligaron a los prisioneros a bajar hasta un lugar próximo al claro, desde el que no podían ver qué sucedía en su interior. De nuevo reunidos los tres, Glennys aprovechó para descargar su ira sobre Grodo.
—¡Eres un enano incompetente! —le increpó—. ¡Por tu culpa estamos prisioneros de estas putas peludas!
—Pues a mi este poblado me recuerda el bosque donde nací —dijo Shela con la frialdad característica de los elfos.
—¡Mírala —gruñó Glennys de nuevo—, otra que tal! ¿No te has dado cuenta de que estás prisionera?
—Tranquilízate Glennys —dijo Grodo con suavidad—, y no soy enano, soy mediano.
—¡No me da la gana tranquilizarme! —gritó histérica abalanzándose contra Grodo—. ¡Y me importa una mierda lo que seas, estúpido!
El mediano dio un paso hacia ella y le gritó en el mismo tono:
—¡Te digo que te calles, histérica! ¡Si no hubieseis sacado vuestras armas podríamos haber parlamentado con ellas! ¡Y ahora deja de decir tonterías y cállate!
La mujer se volvió rabiosa pero no respondió. Un coro de rumores corrió entre las amazonas que los rodeaban. La que iba al mando, una mujer robusta de pelo muy negro, adornado con plumas de colores, miró a Grodo con lo que a él le pareció un profundo respeto. Luego le hizo una seña para que la siguiera. La comitiva se internó en el claro, el círculo se abrió para dejarlos pasar. Escuchó las protestas de Glennys que, al parecer, recibía algún que otro golpe de vez en cuando. Era curioso que a ellas les hubiesen puesto unas argollas en el cuello y a él no. Lo más probable era que su tamaño y sexo lo hiciesen parecer inofensivo a los ojos de sus captoras. Aunque lo que le molestaba en realidad era ir desnudo.
Rodearon la hoguera. Para tranquilidad de Grodo no tenía aspecto de que fueran a cocinar nada en ella. Los condujeron hasta el trono y los hicieron detenerse frente a él. Glennys volvió a quejarse cuando las hicieron arrodillarse. En el trono, flanqueada por lo que parecían guerreras de alto grado, estaba la reina. La amazona que los había conducido hasta allí se adelantó y habló un instante con ella y luego se retiró a un lado de forma respetuosa.
La reina se levantó del trono y se aproximó a Grodo, a este le pareció muy atractiva. Era al menos una cabeza más alta que él, tenía una cabellera larga y roja, trenzada con plumas y flores. Sus ojos eran verdes. Lucía pinturas faciales de varios colores, en delicados trazos, resaltando los rasgos sólidos de su cara. Por su busto generoso y sus miembros fuertes a Grodo le recordó una chica de su pueblo, con la que había tenido una maravillosa relación años atrás. El único defecto que le veía era que tenía los pies demasiado pequeños.
La cercanía de la amazona lo excitó de nuevo y un coro de risas salió del público reunido en el claro. Ella le tocó con curiosidad los rizos de su pelo, lo cual empeoró la situación. Oyó a Glennys llamarlo “enano salido”. La Reina se rió, mostrando una dentadura perfecta, e hizo un comentario al que el resto de la tribu respondió a carcajadas.
Lo que vino a continuación lo desconcertó todavía más. Con amabilidad lo invitaron a sentarse en el estrado, eso sí, en la parte más baja. A sus compañeras la reina las despidió con una orden seca y se las llevaron casi a rastras.
La fiesta resultó entretenida después de todo. Bailaron danzas guerreras, comieron frutas y verduras hasta hartarse y acabaron tomando un licor blancuzco y alcohólico, que a todos se les subió a la cabeza. A Grodo no le faltó comida y bebida, y agradeció que no lo hicieran danzar.
Pronto las amazonas comenzaron a elegir a los hombres y se los llevaban con evidentes propósitos eróticos. Cuando la hoguera ya sólo eran brasas, la reina se levantó, agarró a Grodo de la mano y se lo llevó a su choza. Por fortuna había ascensor para subir hasta los aposentos de reales, porque en el estado de embriaguez en que se encontraban no habrían podido hacerlo por una escalera.
“Bueno”, pensó el mediano desinhibido por el alcohol, “espero que no me coma después”. Había leído de algunas especies animales cuyas hembras devoraban al macho tras aparearse. Con una risa bobalicona entró tambaleándose en la choza de la reina. Una vez en el interior, la amazona se quitó su coraza dorada liberando sus generosos pechos. Grodo no puso los ojos en blanco, como sería de esperar, pues no quería perder de vista tan maravilloso espectáculo. [2]

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BIBLIOGRAFÍA [2]:
• Costumbres de apareamiento de los medianos: “Enciclopedia Sexual de la Tierra Mediana (Usos y costumbres)” de Merriadok Vergadura.
• Costumbres y ritos sexuales de las amazonas del planeta Parrack: “Mis revolcones con las amazonas” de Grodo Pimpón, colección La Sonrisa Vertical.
• Sexo interracial: “Promiscuidad en la Tierra Mediana” y “Copular con un Orco” de Samsagaz Follaoret.

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